Comunicación: qué, cómo, cuándo, dónde, por qué y quién – 2 parte

En esta segunda parte vamos a referirnos a las seis preguntas básicas que tiene que formularse un entrenador a la hora de comunicarse con su equipo. Ya sabemos que “comunicarse” implica que el entrenador tiene una idea en mente, que va a “traducir” esa idea en palabras para transmitirla a sus jugadores, que los jugadores tomarán esas palabras e intentarán decodificarlas en su mente para asimilar la idea del entrenador.

Lo primero que debe definir un entrenador es QUÉ quiere comunicar. Para eso, la mejor forma es clarificando sus propias ideas. La etapa de clarificación debe ser generosa en tiempos y trabajos; eso implica la planificación del qué se quiere, el análisis de si eso que se quiere y pretende puede llevarse efectivamente a cabo, la investigación de si se cuenta con recursos suficientes para su implementación, y una serie bastante amplia de factores que deben ser evaluados y merituados por el entrenador y su equipo de trabajo. Cuando una idea general de trabajo está bien evaluada, luego de la etapa de clarificación, puede traducirse en unas pocas “ideas fuerza” simples, sencillas y que puedan expresarse en forma clara, sin exceso de adjetivación y con palabras básicas que se presten lo menos posible a confusiones. 

Es preferible esperar a tener las propias ideas clarificadas y analizadas para transmitirlas al equipo. A su vez, el entrenador debe tener también en claro qué espera de cada uno de sus jugadores. Un jugador que tiene un campo de acción claramente delimitado y sabe qué se espera de él puede organizar mejor su juego y realizar mejor su trabajo.

Una vez que están definidas las ideas, el entrenador deberá preguntarse CÓMO hacer para que el mensaje sea entendido por su equipo. No podemos dar por sentado que todos nos entienden cuando hablamos, menos aún cuando lideramos un grupo, como es el caso del entrenador. Sobre él pesa la carga de determinar si está utilizando los mejores medios para que su mensaje llegue a la totalidad del cuerpo técnico y de los jugadores. Para poder salvar esta etapa, una de las opciones iniciales es realizar una tarea previa de definición de conceptos. Explicar qué es para el entrenador tal o cual cosa ayudará a que todos tomen conciencia sobre qué espera el entrenador cuando se refiere a dicho concepto. Aún en los casos que un término parezca universal y se suponga que “todos” deberíamos entender lo mismo cuando se menciona, muchas veces no es así. Ya vimos que si pensamos en la palabra “mesa” cada uno puede generar una imagen mental distinta; aunque todos estemos pensando en una mesa, no será la misma mesa. 

Siempre dará buenos resultados utilizar un lenguaje lo más sencillo y llano posible y recursos gráficos, como es usual en nuestro deporte, en especial para las cuestiones técnicas. Sin embargo, la mejor forma de asegurarse que el mensaje ha llegado correctamente es preguntando si fue entendido. Esta tarea de “confirmación” no debe limitarse a las charlas grupales, ya que algunos jugadores simplemente no admitirán públicamente que algo no lo entienden. Otros, incluso, pueden estar convencidos que captaron la idea, cuando en realidad no fue así. A veces la mejor forma de darse cuenta si el mensaje se entendió es proponerle a los propios jugadores que pongan un ejemplo o una propuesta sobre lo que se les acaba de transmitir.

El entrenador deberá tener en cuenta también diversos factores que tienen que ver con las herramientas comunicacionales de que disponen sus jugadores y adaptarse a las mismas para favorecer la comunicación. Muchas veces se verá en la necesidad de hacer docencia. No es lo mismo liderar un grupo de muchachos de quince años, que uno de ocho, o un plantel superior. Cada etapa de desarrollo implicará una adaptación a las posibilidades del grupo en función de su etapa evolutiva. Cada grupo en particular tendrá características propias en función de variables sociales, geográficas, culturales y educativas particulares. El entrenador debe conocer los códigos comunicacionales del grupo, en especial cuando proviene de un ámbito distinto al de sus jugadores.

Respecto a CUÁNDO es el momento ideal para llevar a cabo la comunicación, también requerirá un trabajo de evaluación por parte del entrenador. Como en todos los órdenes de la vida, cualquiera de nosotros que desee transmitir un mensaje debe evaluar cuál es el mejor momento para realizarlo. Y esta evaluación implica intentar llevar a cabo un juicio de valor sobre si las condiciones son las más propicias para que el mensaje sea escuchado, se intente traducirlo y si se decodifica correctamente, tenga un efecto favorable.

Esta valoración depende de muchos factores y es una de las más dificultosas para llevarse a cabo. Pero también es una de las menos tenidas en cuenta y de las que peores resultados puede causar en materia comunicacional cuando el momento no es elegido correctamente o, peor aún, cuando ni siquiera se evalúa si es el momento ideal para transmitir algo. Además, una evaluación puede arrojarnos como resultado que sea el momento de decir algo –por ejemplo, en el entretiempo de un partido- pero que el momento nos condicione el qué decir y el cómo decirlo. Una buena táctica para definir si decimos o no algo es preguntarnos qué beneficios traerá o si causará perjuicios. El mero hecho de frenar para preguntarnos si conviene o no decir algo en ese momento puede evitar transmitir un mensaje que tiene que ver más con la pasión de un momento, con un estado de enojo o con un arrebato. Cuando las emociones son fuertes no se puede pensar con toda la claridad necesaria y es mejor posponer las palabras hasta tener un dominio más efectivo sobre las mismas. Esto impide cometer muchos errores difíciles de reparar.

Hay entrenadores que tienen serios problemas con este aspecto. En especial, luego de un partido donde los resultados no fueron favorables. Cuando nos encontramos con personas predispuestas y con ganas de mejorar su estilo comunicacional, hay numerosas técnicas sencillas que pueden aplicarse para beneficio de todo el equipo.

El DÓNDE no es un detalle menor y muchas veces viene de la mano con el cuándo comunicar. Una charla grupal tal vez no sea el mejor lugar (ni momento) para poner en relieve los errores cometidos por un jugador en particular, en especial si los efectos sobre el jugador van a ser negativos. En otros casos puede resultar indispensable que la comunicación a un jugador se realice frente al resto del equipo. El “dónde” de algunos jugadores, en forma individual, pueden ser lugares diversos, como el lugar de entrenamiento, el micro, el vestuario, etc. ¿Es necesario que un entrenador tome en cuenta estas consideraciones? Definitivamente, sí. Desde el momento que tiene el control y el poder de decisión sobre los destinos del equipo, también tiene responsabilidades sobre el grupo en general y sobre sus integrantes en particular. Una de las primeras premisas es no causar daño, factor que debe estar en mente en especial a la hora de llevar adelante acciones en forma individual con sus jugadores o incluso con el resto del plantel técnico.

Cuando hablamos del POR QUÉ comunicar algo nos referimos a las razones que justifican la transmisión del mensaje, pero también las razones que avalan la falta de comunicación. Evaluar las causas que motivan comunicar algo no es una tarea difícil, y dependerá de la situación concreta, aunque siempre debe existir en la mente del entrenador la pregunta previa acerca de la justificación del mensaje, lo que le ayudará a analizar también sobre la oportunidad, el lugar, la forma, etc. Si se quiere, responder el “por qué?” es, en parte, responder a cada una de las preguntas anteriores y evaluar si se justifica transmitir un determinado mensaje.

En cambio, no es tan sencilla la respuesta cuando se trata de no comunicar. Un ejemplo bastante frecuente en los equipos es la decisión del entrenador de excluir a un jugador titular. La pérdida de la titularidad es uno de los miedos que figura en el “top five” de la lista de miedos de los jugadores de rugby, y esto lo hemos constatado en una encuesta realizada recientemente con jugadores de distintos puntos del país y de distintos equipos, todos de plantel superior. Por lo tanto, cuando un entrenador decide la exclusión de un jugador, debe, necesariamente, comunicarle las razones, el porqué, de tal decisión. El silencio es altamente dañino en este caso, porque deja al jugador en un mar de incertidumbres. Una decisión bien fundamentada puede ser, incluso, motivante o movilizadora para el jugador y llevarlo a querer esforzarse más para recuperar su puesto, o mejorar su disciplina, etc. Pero el silencio no es la mejor opción. En estas situaciones el entrenador puede llegar a confundir su potestad de excluir a un jugador, que es incuestionable, con la necesidad de transmitir al jugador las razones de su decisión. Ni siquiera se trata de someter la decisión a un debate; sólo se trata de darle la oportunidad al jugador de conocer porqué fue excluido y de elegir qué hacer en consecuencia. Si no sabe porqué, difícilmente sabrá qué caminos tomar en el futuro.

En cuanto a QUIÉN es el destinatario del mensaje, son variadas las opciones: el equipo en su totalidad, el cuerpo técnico, los forwards, los backs, los medios, los dirigentes del club, los padres o, incluso, alguien externo al equipo, como podría ser el caso de los periodistas. El entrenador deberá tratar de que la comunicación sea siempre directa, sin intermediarios, a fin de evitar la contaminación del mensaje. Definir a quién se le dirá algo también implicará definir la oportunidad (cuándo) y el lugar (dónde). A su vez, cuando la comunicación es a un jugador en particular, deberá tener en cuenta la forma (cómo) de transmitir el mensaje en virtud de las características del jugador.

En cada una de estas etapas el psicólogo del deporte puede realizar un aporte invaluable al entrenador. Tal vez una de las funciones principales del psicólogo en un equipo deportivo sea la observación de la situación comunicacional y la evaluación de cuales son las mejores estrategias para mejorarla.

En la próxima y última parte de esta nota vamos a referirnos al “ruido” en la comunicación, o sea, todas aquellas cosas que interfieren en la comunicación y que la dificultan, entorpecen o incluso la impiden.

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Lic. Inés Tornabene
Psicóloga


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