Cuando de golpe nos creemos con derecho a juzgar en ausencia… #juzgarenausencia

Esto no es un artículo jurídico, aunque me voy a valer de esta figura, el juicio en ausencia, para hacer referencia a algunas situaciones muy conflictivas que vivimos con frecuencia.

En nuestro sistema procesal penal existe una prohibición constitucional del juicio en ausencia, considerada como un mecanismo para garantizar el derecho al debido proceso y a la defensa del imputado en la causa penal.

¿Qué significa esto? Que la presencia del acusado es indispensable en el momento de ser juzgado para que así se respete su derecho al debido proceso y a la posibilidad de ejercer su derecho a la defensa.

Pero no siempre hacemos esto en la vida diaria. Alejándonos de los procesos penales y de las causas donde se ventilan delitos, en el día a día nos encontramos como actores principales de nuestras propias novelas, donde a veces somos el acusado, el procesado, el condenado y otras veces somos el fiscal. A veces somos el juez, a veces somos el perito oficial, el perito de parte y a veces simplemente somos espectadores.

La vida es tensión y lucha, la vida es toma permanente de decisiones en base a elegir. La vida será muy fácil para aquel que mira desde lejos y no interviene, para aquel que flota como un corcho o para aquel que delega las decisiones en otros (lo cual también es, en si mismo. una decisión, la decisión de no dirigir la propia vida). Pero a veces nos cagamos olímpicamente en los derechos de los demás de ser escuchados. Y juzgamos en ausencia. Y lo relato en tercera persona del plural porque seguramente en algún momento yo cometí exactamente la misma aberración. Algún acontecimiento llega a nuestro conocimiento, nos involucramos, con derecho o no a hacerlo, escuchamos a una sola de las partes, sacamos nuestras conclusiones, acusamos, y dictamos una sentencia. Y todo sin haber oído al acusado. Y todo sin haber siquiera dado la oportunidad de que del otro lado alguien se exprese.

¿Con qué derecho nos convertimos en fiscales, jueces y verdugos? ¿Con qué clase de soberbia maldita nos permitimos erigirnos en los dueños de la verdad y determinar que alguien se equivocó, tomó decisiones erradas, hizo mal tal o cual cosa y lo condenamos? ¿Cómo podemos condenar a alguien en ausencia, sin siquiera escuchar su defensa?

La vida es muy compleja. Las circunstancias por las que las personas vivimos muchas veces no dejan mucho margen de movimiento. Hay vidas color de rosa, hay vidas grises y hay vidas con muchas complicaciones. Y hay vidas que transitan por diversos períodos. Y a veces, tomar una decisión implica tener que elegir entre opciones que son todas disvaliosas. Y a veces es difícil elegir entre opciones donde no se vislumbra “lo mejor” sino simplemente “lo menos malo”. Y nunca sabemos por adelantado como va a ser el devenir de los acontecimientos. Son muchos los factores que influyen en un acontecimiento para ir evolucionando y produciendo consecuencias, son muchos y desconocidos, y sería bueno revisar la teoría del caos para recordar que el batir de alas de una mariposa en Japón puede terminar transformándose en un tsunami en Chile. O no.

Las sentencias de valor que pronunciamos contra alguien que no fue escuchado son injustas por la forma en que se llegó a la conclusión. El resultado puede ser el mismo si se lo escucha (o si estamos decididos a condenarlo a como de lugar), pero primero, antes de juzgar a alguien, hay que escucharlo. Y hay que conocer las circunstancias. Y hay que conocer lo que sintieron todos. Hay que tener todos los elementos de convicción necesarios para insistir en la creencia de que tenemos derecho a dictar sentencias. Si es así, que al menos se respete el debido proceso. Y más cuando hay una relación afectiva vinculante. Pero siempre hay que recordar que en la vida todo fluye, que nada es permanente, que el día sigue a la noche y que somos actores en una novela donde a veces nos creemos que podemos interpretar al juez de la historia simplemente por tener legitimación activa para hablar, porque entendemos que somos parte o porque tenemos derecho a opinar. Pero otras veces el director nos va a poner en el banquillo de los acusados. Y quizás así logremos entender que eligiendo, decidiendo y haciendo siempre corremos el riesgo de equivocarnos. Y que desde afuera las cosas se ven muy simples y fáciles, cuando para quienes las viven pueden ser complejas, dolorosas e ingratas.

Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos. Pero antes de condenar a alguien, escuchémoslo. Quizás llegamos a la misma conclusión, quizás que no lo entendemos y quizás no compartimos. Quizás pensamos que alguien actuó mal, que podría haber hecho algo distinto y que se equivocó. Pero escuchemos primero. No es tan difícil preguntar “¿por qué hiciste esto?”. Lo que es difícil es bajarse de la propia soberbia y de la propia creencia que tenemos derecho a juzgar a todos sin escucharlos, sin saber, y sin haber siquiera intervenido ni aportado nada en una situación concreta. Yo ni siquiera creo tener derecho a juzgar a nadie.

A vos, que te toca hoy estar del lado de los condenados en ausencia, no te quedes con las sentencias ajenas, revisá cómo actuaste, qué hiciste y tené en cuenta que no siempre es posible controlar todas las variables, ni predecir todas las consecuencias. Asumí tu responsabilidad y si sentís que además de injusta la sentencia es ingrata, ampliá tu cabeza y aceptá la diversidad que hay en la vía láctea, incluso a los que se creen con derecho a condenarte sin haberte escuchado.

A vos, que hoy te crees con derecho a juzgar a los demás, sin siquiera haber intervenido, olvidándote de escuchar, de preguntar y con soberbia le bajás el martillo a alguien, tené en cuenta que hay veces que se hace mucho daño con una sentencia injusta, cuando en realidad, si tanto te preocupa un tema, lo mejor que podés hacer es involucrarte, escuchar a todos los que puedas, y proponer soluciones para mejorar todo lo que estás condenando y que te parece tan equivocado. Podés considerarte con derecho a ser juez, pero si sos un buen juez, no vas a condenar en ausencia.


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