Divagues sobre la libertad, el amor y la #egosintonía

El tema de la libertad está siempre presente: que si somos libres, que no me siento libre, que estoy construyendo mi libertad, que tengo que conquistar mi libertad. Parecería que la libertad es “algo” que “descubrimos”, que “construimos”, que “nos permitimos”, o algo que podemos perder.

Sigo convencida que somos libres y que muchas veces hacemos todo lo posible para evitar darnos cuenta. Siempre por lo mismo. Darnos cuenta, tomar estado y noticia de nuestra libertad es dejar de hacernos los boludos y ponernos en situación de hacer algo, o nada, pero asumiendo que hagamos o no, es lo que REALMENTE QUEREMOS y, fundamentalmente, es NUESTRA ELECCIÓN.

Hoy me giraban varias ideas en la cabeza, no muy conectadas. Que la libertad, que el “amor imposible”, que la “posibilidad”, que el pasado, el presente, el futuro y los tiempos de verbo que utilizamos. Entre el tránsito insufrible de la mañana y los acordes de AC-DC, se formó un link entre la palabra “libertad” y la palabra “imposible”. Y venía a cuento a una construcción lingüística, dos signos, que leí ayer, vieja como el mundo a partir que los seres humanos decidieron complicar lo más natural y simple -el amor- (nota al pie: perdón, hay días que no coincido con Lacán). La construcción en cuestión era: “amor imposible”. (segunda nota al pie: amor imposible = ¿noamor?, me queda para pensarlo mucho más adelante).

Si dejo de lado toda la teoría acumulada me digo: cómo y cuánto seduce y tienta pensar en el “amor imposible”! Qué concepto más romántico! Y absurdo, porque a poco que me detengo a analizarlo se me ocurre que un “amor imposible” es sólo un disfraz. Vamos, que si algo nos deja el Psicoanálisis es este impedimento perpetuo y fastidioso de mentirnos (no es fácil dejar de lado la mochila teórica).

Una de las pocas -tal vez la única- intolerancia que tengo es creer que el amor siempre es posible casi por definición. Voy al caso de la construcción que traje a cuento, “amor imposible”, porque se dió dentro de un contexto, donde un hombre le declara a una mujer que ella es, precisamente, su “amor imposible”. Y el contexto es importante, siempre, ya que si pensamos una novela, enseguida podemos imaginar a un hombre enamorado de una mujer que no lo corresponde. Nada más alejado de la realidad: la víctima de la frase amó a ese hombre y estaba absolutamente dispuesta a construir un vínculo y una pareja con él.

Los hechos nos dicen que bajo una etiqueta romántica y declarativa (por más imposible que sea, no deja de ser amor), se disfraza la imposibilidad y se la deposita afuera. Una imposibilidad muy bien maquillada en falta de fuerza vital y desgano, pero que nos habla de una decisión personal debajo de todo ese maquillaje, que no se puede asumir rotundamente, que tal vez entristezca, pero decisión al fin, y personal, y rotunda.

Mientras esquivaba pozos y autos, los Stones me decían: Paint it black. Imposible, hoy es un día histórico por muchas razones. Y en el medio del recuento de varias situaciones felices se me filtró de nuevo el tema de la “conquista” de la libertad. Otro link, pensé, de la palabra libertad a la palabra “egosintonía”.

La egosintonía se entiende como la falta de malestar con las acciones que se realizan y con los pensamientos que se tienen, incluso con las emociones que se sienten. ¿Se entiende? Es una persona que está feliz consigo misma, que no se siente mal ni con lo que piensa ni con lo que hace y en muchos casos se siente muy bien con lo que siente. Es más: tiene una sensación de bienestar con sus propias características de personalidad.

Parece genial, ¿no? Voy a ampliar un poco el concepto: una persona egosintónica puede ser una persona que se siente muy a gusto con sí mismo, pero… su forma de actuar, sus conductas, lo que hace o lo que no hace, genera malestar en las otras personas. Y el egosintónico no sólo no se da cuenta sino que no asimila ni entiende ese malestar.

La egosintonía puede presentarse en formas muy leves, hasta casos patológicos y graves, que llegan a atentar contra la propia vida. Un ejemplo claro para entender el concepto es la anorexia: quien presenta un cuadro de anorexia tiene aspectos egosintónicos, se encuentra a gusto con la falta de ingesta y con la decisión de no comer.

La egosintonía también puede observarse en personalidades psicopáticas. Pero la egosintonía no es un cuadro sino un estado, y por lo tanto, modificable.

Por alguna razón, una persona que vive un período egosintónico, no abre en su vida un espacio para incluir no sólo a otros sino lo que esos otros sienten. No logran conectar con el otro. Detectan al otro como un objeto, pero falta la capacidad empática de detectar la subjetividad del otro, sus emociones y lo que las propias conductas generan en el otro.

En cierto sentido, pensar en alguien que está demasiado a gusto con si mismo, me recuerda esa etapa feliz de la infancia donde no había lugar ni para la espera, ni para el otro, ni para nada que no fuera la propia satisfacción. En el reino del egoísmo infantil (¿le sigue molestando todavía a alguien saber que los niños son perversos polimorfos?) la única ley válida es la del principio del placer. Y no por casualidad, algo de la ausencia de límites se adivina en los sujetos egosintónicos. Pero esto no es un jardín del Edén: los fantasmas que generan la falta de límites o los límites muy difusos pueden ser extremadamente aterradores. Y una de las consecuencias de la egosintonía puede ser la pérdida de los objetos de amor.

¿Por qué se generó este hipervínculo? Porque se me antoja que la libertad no es egosintónica. Ser libre y saberlo implica no sólo hacer lo que se quiere sino medir las consecuencias de los propios actos. Siempre somos libres, en cualquier aspecto de nuestras vidas. en una relación amorosa también. no hay rito ni contrato que ate in eternum a dos personas en el sentido de privarlos de su libertad de sentir, de hacer o de no hacer. La libertad es como el sonido: una experiencia absoluta y rotundamente subjetiva, algo que nos pasa internamente.

Acá es donde encuentro que la articulación de libertad, la imposibilidad y la egosintonía tienen una razón de ser, al menos en esta maraña de pensamientos que me ocupan mientras sigo varada en Lugones. Tanto en la postura de quien determina que algo es “imposible” como en la vivencia de una persona egosintónica, hay una ausencia, una huida, un escape de la asunción de la responsabilidad. A unos se les va a dar por la culpa (ay, Lacán, volvés con tu aguijón a recordarme que la culpa es señal de que el culposo tomó contacto y se le jugó algo de su deseo pero no está dispuesto a hacerse cargo y pagar) y a otros… bueno, con el egosintónico es un intríngulis, porque al vivir en bienestar con si mismo, las responsabilidades se perciben como ajenas, los hechos se despersonalizan, pasan a ser las circunstancias las protagonistas, no hay asunción de lo que los propios actos generan y mucho menos espacio para percibir la emoción, el sentir o el dolor ajeno. Hay una cierta escisión entre el mundo de los pensamientos y la posibilidad de relacionarse con el mundo real y vincular.

En los dos casos (al menos en los dos casos que tengo en mente, esto no es una generalización) el resultado parece ser el deseado (inconscientemente): no asumir los riesgos que implican seguir adelante con una relación amorosa o iniciarla. ¿Por qué digo “deseado”? Porque en los dos casos que me generaron estos divagues, se apuntó inconscientemente a destruir el surgimiento del deseo que llevaba a la constitución subjetiva. Si me pongo fastidiosa se me ocurre que al menos en uno de los casos se apuntó al objeto también, pero es una suposición salvaje. No es fácil hacerse cargo de uno mismo como sujeto. En especial por esta cuestión que nos queda como efecto secundario, o efecto indeseable, de que una vez que surge el sujeto va a ser muy difícil seguir con las mentiras. Me suena a “no quiero saber nada con eso”.

Puede ser que en el caso del caballero que le declaró su amor imposible a la princesa en la torre haya algo de la falta de recursos yoicos suficientes para afrontar el propio deseo. Así, es mejor no saber y creer que se vive en una novela donde las fichas cayeron de tal forma que nada es posible. En el caso de la egosintonía intuyo algo más del orden de la defensa, rígida y bastante tiránica, que anestesia al sujeto y lo mantiene distraído y concentrado en si mismo porque el contacto con el otro se le hace insostenible.

Como dijo Freud -hay que decirlo, Freud fue extremadamente antipático y se encargó de romperle el narcisismo a la mayoría- después de todo, en la pulsión, el objeto es reemplazable y siempre un sustituto. Las víctimas de los caballeros y de las princesas de las novelas y de los egosintónicos se reponen y encuentran siempre un nuevo objeto donde dirigir y depositar la libido. La vida fuera de esos mundos intrincados de las imposibilidades y de las complicaciones, continúa. Simple, finita, feliz y sin vueltas. Sin marcha atrás. Los minutos se consumen y el sol sigue saliendo. Y el amor, siempre, sigue siendo posible. Entre dos que tengan ganas y se la banquen.


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