¡Piú Avanti!

10370997_10204031979459348_520393506242046645_nCreo que cuando era muy chica mi papá se dio cuenta con claridad sobre alguna de mis vulnerabilidades. El amor que el me daba, incondicional, desmedido, único y grandioso, al mismo tiempo que me fortalecía y me daba seguridad, me confrontaba con el hecho de que la cota que establecía era muy alta. Mi viejo fue el primero en transmitirme eso de “Amor o nada”, de “amar es cuidar” y a dejar establecidas normas bien claras sobre lo que a lo largo de los años iba a ser mi propia construcción teórica y práctica sobre qué dar y qué esperar.

Mi viejo, un hombre que decidió claramente vivir cuando todo lo hubiera llevado a no hacerlo, me enseñó mucho sobre el amor, sobre la pasión y sobre la intensidad.

La vida sin ese contraste apasionado por vivirla es deslucida, opaca y desabrida.

No se si él se daba cuenta, pero era un gran apasionado. Apasionado fotógrafo, apasionado dibujante, apasionado lector, apasionado por los aviones, apasionado por la Historia. Pero, sobre todas las cosas, fue un padre apasionado por ser padre.

Si hay algo que me tatuó en el alma mi viejo fue la más rotunda y absoluta seguridad sobre su amor. Y si, fuí su “Her Majesty, the baby”… hasta el último día de su vida.

Nunca entendí cuando alguna vez me dijeron, como crítica, que soy apasionada, que soy intensa. Especialmente en los afectos, en mi forma de querer y de amar. Nunca, ni siquiera hoy, logro entender el aspecto negativo de vivir intensamente la vida. Me resulta trágico terminar un día dándome cuenta que fue un día desapasionado, desmotivado, que no fue intenso.

Pero algunas veces me pasa, como hoy. Y me doy cuenta que desperdicié un día. Un día sin pasión por vivir, es un día muerto. Al menos para mi.

Así, pensando en estas cosas, pensando en que detesto cuando no puedo ponerle mi propia esencia a mi propia vida, cuando no puedo desplegar mi intensidad y mi pasión en lo que hago, en lo que quiero, en lo que amo, me vino, así, de repente, como si me hiciera un llamado de atención, uno de los Siete Sonetos Medicinales de Almafuerte. Cuando tenía diez años mi viejo me hizo aprender de memoria ¡Piú Avanti!. No sólo aprenderlo de memoria, sino recitarlo, aprendiendo el significado, poniéndole garra a las palabras, poniendo la fuerza en la voz, en cada palabra.

La elección no fue azarosa, fue adecuada, fue rotunda, fue perpetua, porque está grabado e indeleble ahí, y hoy viene a recordarme que hay que seguir adelante, que hay que poner nuestra esencia en lo que queremos, que hay que seguir, que hay que vivir y que vivir es, sobre todas las cosas, amar. Y como para algunos -¡gracias viejo!- el amor es intenso, profundo, apasionado y único, no hay que darse por vencido nunca.

Hoy, como hace muchos muchos años, lo vuelvo a decir y a sentir, así

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora…

¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Almafuerte, 1907.

 


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