¿Somos como nos dibujan los ojos que nos miran?

La belleza es algo cultural y a la vez subjetivo. Desde los griegos, para quienes lo bello era lo bueno, pasando por los cultores de las proporciones, hasta los patrones de hoy que imponen qué es lo bello, todas las variables posibles del cuerpo humano han subido y bajado en el pedestal de lo que se considera el “deber ser” para ser bello, deseable y atractivo. Es tan cultural y subjetivo como relativo, así que no me voy a referir a ningún patrón de belleza en particular, ni pasado ni actual.
No importa entonces cuál sea el patrón de belleza, lo que parece que no es facil es escapar a querer sabernos bellos, deseables y atractivos. Pero: ¿para quién? Es decir: ¿quién nos dice si somos bellos?
Queremos ser bellos para un otro, reminiscencia de un Otro. Para un otro con ojos que nos mira y que en esa mirada nos captura, nos estructura y nos objetiva o nos subjetiva. ¿Cómo escapar, entonces, de la mirada de ese otro que parece dibujarnos y decirnos quienes somos?
No es simple escapar a la mirada del otro, o de los otros que dicen qué es la belleza. Y no es que se me ocurra a mi, que ya lo dijo Immanuel Kant: que si todas las moscas comen caca, la caca ha de estar buena, por aquello del principio de universalidad. En realidad, no creo que Kant haya pensado jamás y menos dicho el ejemplo de las moscas, pero en nuestro aquí y ahora, la universalidad nos va marcando qué fue la belleza ayer y qué es la belleza hoy. 
Que hoy sea esto y ayer haya sido aquello, poco importa. La cuestión es que las personas, en general, salvo un gran gran esfuerzo y trabajo personal, nos sentimos más lindos, o más feos, a partir de una mirada. Y esa mirada no suele ser la propia, ni la imagen que nos devuelve el espejo, sino la mirada de otro.
Entonces en esa mirada, ¿hay un otro que nos dibuja? ¿Hay algunos quienes nos dibujan lindos y otros no tanto? Hasta donde me animo a sostener, hay un otro, un otro cualquiera, un otro que ni siquiera importa quien sea, salvo en un nanosegundo en el que se destaca en nuestro fondo como figura de algo, ese otro que con su mirada nos mira y provoca algo, un otro relevante. Y habemus una mente que resuena con esa mirada y nos dispara emociones que nos dicen cómo sentirnos. Y nos dicen cómo sentirnos en base a toda la información que tenemos archivada en nuestra mente de todos esos Otros que nos han mirado y nos han estructurado. Freud llamó “Superyo” a ese reservorio (no porque indicara un espacio concreto del cerebro, sino como una figura simbólica a la cual recurrir para explicar su teoría del funcionamiento del aparato psíquico), a esa voz interna que, como pájaro carpintero nos sopla al oido, a partir de la mirada del otro: “sos gorda”, “sos fea”, “sos hermosa” o lo que sea.
Porque, para ser claros, la mirada nos mira, y no nos dice nada. Y a veces ni siquiera está, como ojos, físicamente. A veces es sólo una mirada figurada.
La que nos dice a partir de esa mirada, es nuestra mente.

Y a quien ponemos en lugar de ser un otro relevante, en realidad, tampoco importa mucho quien sea. Como objeto de la pulsión que es, da lo mismo que sea cualquiera. 

Las que dibujan, entonces, son nuestras emociones. A veces, a pesar nuestro. Y a veces, haciéndonos pesar.
Hay un ser portador de belleza y un ser que se siente bello. El primero depende de las moscas, de lo que aquí y ahora se defina como “belleza”. El segundo, el que se siente bello, depende de su mismidad. 
Y hay todavía un tercero, el que trasciende y suma la química del cuerpo con las cualidades de la mente y de las emociones. A ese lo miramos desde el Amor. Seamos nosotros mismos o miremos a otro. 
Desde un Amor genuino a nosotros mismos podemos trascender la tiranía del patrón de belleza, sea cual sea, impuesto por muchas moscas. Desde un Amor genuino a otros, podemos mirar a una persona y sumar cuerpo, mente y emociones, y trascenderlo como un mero hecho biológico y elevarlo a la condición de sujeto. Sujeto de deseo. Sujeto del inconsciente. Sujeto del uno a uno. Persona, y no una mosca mas comiendo caca.


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