Aprender a pensar mejor

stop waiting start creatingLa mayoría de las personas que llegan a la consulta vienen a hablarnos de sus problemas. En estas líneas no me voy a referir a los aspectos psicoanalíticos subyacentes; en su lugar voy a presentar otra idea de trabajo, que trato de poner en práctica en forma paralela al abordaje psicológico.

Hace bastante tiempo que relativizo el valor asignado a algunas palabras. La palabra “problema”, por ejemplo, tiene una connotación generalmente negativa para la mayoría de las personas. Pocas veces se observa el problema como un desafío.

Cuando una persona llega con uno o varios problemas en su vida en un primer momento no sabemos siquiera si quiere resolverlos. A veces los problemas son el engranaje y la esencia de la vida misma, destinados a hacer crecer el árbol que no nos deja ver el bosque. Pero otras veces hay una decisión ya tomada de resolver la situación problemática y hacer algo.

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Sigue al conejo blanco: resignación, aceptación, asunción y superación

matrix_rabbittatoo_02Seguir al conejo blanco es seguir el camino del inconsciente, como hizo Alicia en el País de las Maravillas, como hizo Neo en Matrix. Para seguir al conejo blanco hay que animarse, animarse a entrar en si mismo y encontrarse con el deseo propio, con lo que de verdad mueve nuestros hilos. Salir del “como si” no es sencillo, y a veces es desgarrador. Pero implica salir de la mentira, y eso, eso si que es el mejor alivio que podemos encontrar en nuestras vidas. 

Hace un tiempo participé de un panel sobre cuidados paliativos, en un congreso de psicología y psiquiatría. Por cuidados paliativos se entienden todos los recursos que se pueden ofrecer a una persona que padece una enfermedad terminal y en especial, en la o las última/s fase/s de su enfermedad.

El objetivo, desde la visión médica, es aliviar al máximo el sufrimiento en materia de dolor físico, brindando todos los tratamientos que cuente la Medicina para mejorar la calidad de vida del paciente en los momentos finales de la misma.

Desde la Psicología, al trabajar en cuidados paliativos se habla de dos conceptos: la resignación y la aceptación ante el hecho de la propia e inminente muerte. Se intenta que el paciente acepte que la muerte es una parte de un ciclo natural que comienza con la concepción y pueda, desde lo anímico, aprovechar de la forma más positiva, sus últimos momentos.

Que todos vamos a morir no es una novedad y es el destino por todos compartidos. Pero como no resulta posible ni sostenible la angustia que esta realidad genera en el día a día, las personas interponemos entre nuestro hoy y ese día que generalmente no sabemos cuando llegará, distintas soluciones que nos permiten dejar de pensar constantemente en el final. Los proyectos son uno de los grandes impulsores de nuestra vida, y se erigen como barreras dinámicas que nos permiten ocupar el aquí y ahora de forma productiva, ya sea para los momentos del desarrollo de un proyecto, o para el momento en que se concreta y se vive lo planificado. Puede tratarse de un viaje, de una actividad de fin de semana, del inicio de un curso o de un desarrollo laboral o de cualquier cosa que nos involucre, nos mueva hacia adelante, nos apasione.

Los proyectos no son lo único, pero eso es otro tema.

¿Por qué se hace una distinción entre “resignación” y “aceptación”? Porque la resignación implica una connotación negativa, en cualquiera de sus tres acepciones (siguiendo al Diccionario de la Real Academia Española). Tenemos una primera acepción, que nos habla de la entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona. En una segunda acepción se refiere a una renuncia de un beneficio eclesiástico. Y en la tercera, encontramos la conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades.

En la resignación siempre tenemos algo que entregamos, pero no en una actitud activa; es algo a lo cual renunciamos o con lo que nos conformamos y toleramos.

La resignación es bajar los brazos, es no oponer resistencia, es no luchar. Un paciente resignado es un paciente que se deja morir. Una persona resignada, aunque no sea un paciente terminal, también es una persona que se está dejando transcurrir.

En cambio, si se hace una distinción con el término “aceptación” es porque implican significados distintos. La aceptación es una acción positiva, no es un dejar ser sino un hacer. En su segunda acepción, es una aprobación o un aplauso. Incluso, el Diccionario de la RAE nos habla de la aceptación en el mundo del Derecho, refiriéndose a un acto o negocio mediante el que se asume la orden de pago contenida en una letra de cambio o en un cheque, o de la aceptación de la herencia, que se refiere al acto expreso o tácito por el que el heredero asume los bienes, derechos y cargas de la herencia.

No es lo mismo resignarse a algo, que aceptarlo. En el primer caso, la situación es pasiva, de entrega, pero no de una entrega pensada como del que da algo o que se da a si mismo con intención y participación, sino del que ya no tiene nada para dar. En la aceptación, hay un análisis de una situación que se presenta de una determinada manera y que se abraza como parte de algo que es parte de la vida.

Y ahí es donde entra a jugar la parte de la asunción.

La palabra asunción deriva del latín, assumptio. Da idea de algo que se eleva y se emparenta con cuestiones religiosas. Pero, curiosamente, en el Derecho y en la Psicología tiene significados claramente similares: jurídicamente, asumir es el acto de hacerse cargo de una deuda, en Psicología, asumir es hacerse cargo de lo que debamos hacernos cargo. Básicamente, igual que en el Derecho, hacerse cargo de una responsabilidad.

Cada vez que pienso en responsabilidad, la entiendo como la contracara de la culpa, de la culpa lacaniana. La culpa desplaza con sus aguijones la posibilidad que alguien asuma la responsabilidad por lo que es, quiere ser, hace, hizo o quiere hacer. La culpa paraliza y aleja la asunción de la vida.

Pero en el título aparece una última integrante: la superación. La superación es una acción positiva, aquella destinada precisamente a vencer los obstáculos o las dificultades.

De acuerdo al tipo de circunstancia que enfrentemos podremos llegar o no a la superación. Si entendemos que la muerte es el obstáculo a vencer, podremos ganar batallas, pero estamos condenados a no superarla. Pero ahí es donde importa si nos enfrentamos -no a la muerte sino a la vida- con una actitud de resignación, de aceptación o de asunción. En el caso del paciente terminal, la aceptación y la asunción de su estado le va a permitir la valoración de cada minuto como un verdadero tesoro, para poder utilizarlos en la mejor forma posible. La resignación en cambio es la entrega sin la resignificación necesaria para entender que todo comienza y todo termina.

¿Qué hubiera sido del mundo si los guerreros, los sometidos, los luchadores, los científicos, los artistas, si todos aquellos que cambiaron el mundo se hubieran resignado? ¿Si Einstein se hubiera quedado con la sentencia de su profesor de Matemática? ¿Si Stephen Hawking se hubiera resignado a su enfermedad? ¿Si Freud se hubiera resignado a lo que su padre le decía “nunca vas a ser nadie”? Se me ocurren una gran cantidad de ejemplos, en las ciencias, en el arte, en la política, en la lucha de todos los días, de personas que no bajaron los brazos y que su voluntad cambió la historia del mundo o de su propio mundo.

Si pensamos que las cosas no pueden cambiar, ya estamos derrotados antes de empezar. Eso es la resignación. Emanuel Ginobili fue retirado de la selección de cadetes a los 15 años por su baja estatura… nacido en una familia de basquetbolistas, si “Manu” se hubiera resignado, no hubiera llegado nunca a ser el mejor jugador argentino de basquet de todos los tiempos. En lugar de eso, se fue de Bahia Blanca a La Rioja y siguió construyéndose a si mismo.

Pero… Para poder aceptar, hace falta saber. Y saber es poder enfrentar las cosas como son. Con la verdad. La resignación me hace pensar en una actitud de “no quiero saber nada de esto”. ¿Qué puedo aceptar? Lo que se, lo que conozco. La “verdad”, siempre relativa y subjetiva.

Como en la película Matrix, muchas veces nos gusta vivir metidos en un “como si”… Si voy reduciendo las razones, casi siempre llego a la misma: por comodidad. Fuera de la Matrix las cosas no son tan lindas, hay que trabajar, mucho y con resultados inciertos. El “como si” es muy tentador.

Y no es cuestión de valorar, no es cuestión de hacer un juicio o decir si algo está bien o mal. Cada uno hace de su vida lo que quiere. La píldora azul no es mejor ni peor que la pildora roja. Es una simple cuestión de opciones.

Todos podemos optar y elegir ser Neo, Trinity, el Agente Smith o simplemente no despertar.

La resignación nos resuelve el problema de optar. El “como si”, también. Resignados, no hacemos nada. 

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Amistad, Eros y leyes #diadelamigo

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Linda forma de despertarme escuchando los mensajes de mis amigos! No me gusta la asignación de días especiales para conmemorar lo que deberíamos celebrar todos los días, pero el día del amigo es como un cumpleaños, hay que festejarlo por el hecho de estar vivos y de tener cerca (cerca espiritual, que no siempre es cerca físico) a quienes amamos.

Amistad y amor son especies del mismo género, con diferencias de grado. Ambos se originan en la libido. ¿Todavía quedan personas que se escandalizan cuando se dice que en la vida todo es de origen sexual? Y si, la vida es sexualidad, o mejor dicho, sin sexualidad no hay vida, porque Eros es precisamente la pulsión que nos empuja a mantenernos con vida, y si renunciamos a esa pulsión de vida, sexualidad en su más pura esencia, simplemente, morimos.

Morir no sólo es convertirse en cadáver. Hay muchos cadáveres caminando y respirando por la calle ¡qué desprecio por la vida, respirar estando muertos! Pero es una mera cuestión de tiempo. Donde no hay Eros, se termina muriendo también en el cuerpo.

Freud señalaba la amistad como una aspiración sexual de meta inhibida, una declinación de la satisfacción que permite construir y mantener un vínculo que puede ser fijo y duradero.

Mi versión pagana de los dichos del Maestro es que las parejas (fugaces, ocasionales, duraderas, clandestinas, legales o imaginarias) pasan, pero los amigos y los hijos quedan.

Por eso fue un gran avance llevar esa realidad al ordenamiento jurídico, ya que permitió no sólo establecer un vínculo contractual entre dos personas que se aman (matrimonio), sino también entre personas que se aman pero que no comparten su vida sexual. La unión convivencial le da la posibilidad no sólo a quienes son pareja a unir sus vidas en lo jurídico, con las consecuencias que eso implica, sino también a quienes comparten su vida desde la amistad.

No me puse a investigar si los legisladores tuvieron en cuenta esta alternativa al momento de discutir la ley, pero me parece una opción interesante. Al menos, con mucho acierto, el Título III del nuevo Código Civil no dice nada (del art. 509 al 528) respecto a la vida sexual de las partes. Y conozco a muchas personas que por valederas razones preferirían establecer una unión convivencial con un amigo o amiga, que contraer matrimonio.

Siguiendo con la celebración de la amistad, me alegra haber aprendido a decir “te quiero” a los que quiero, y hacerlo todos los días. Me alegra que hoy no sea un día especial en el cual le digo a mis amigos “te quiero”, porque se los digo cada vez que hablamos y nos vemos.

Y me siento orgullosa de los amigos que tengo y por tenerlos, pero también me siento orgullosa por los que ya no tengo. Me alegra haber dejado atrás a las personas que viven en la mentira, no me llevo bien con la mentira.

A todos, amigos y no amigos, amor y paz. A celebrar!

Del #Amor a los hijos @villacarinio

villacarinioTodos somos hijos. Podemos pasarnos la vida hablando de ser hijos, de ser padres, del buenamor y de las relaciones difíciles entre padres e hijos. Que si existe el “instinto” materno y paterno, que si no. El lugar del deseo, las expectativas familiares, los mandatos sociales. Un programa que habló del primer amor. Les dejo el programa del domingo 9 de noviembre de 2014 de los karatekas del Amor. Y como siempre, Amor o Nada!

“Hay algo de lo que no podemos escapar, y es que todos somos hijos de alguien. Algunos con hermanos, otros sin. Es diferente? A ser hijo también se aprende, no hay libros sobre eso. Del amor a los hijos, del deseo de tenerlos, o no. Debatimos sobre el instinto de tenerlos, existe? O es algo más de la construcción social? Se es más feliz teniéndolos? Salva una pareja? Te salva a vos mismo? De qué se trata esto de amar a los hijos? De eso hablamos esta vez, de un tipo amor que también se construye.

Un hermoso tomo de Amorpedia con la gran Ingrid Beck, periodísta, Directora de la revista Barcelona. Hablamos también con ella sobre el amor a los hijos, sus libros para madres primerizas y cómo fué para ella esta construcción de amor.

El Consultorio sentimental con nuestra Lic. de consulta, Inés Tornabene, atendiendo un caso de urgencia! Poquitas parafilias para dejarte con las ganas, y cada rato, rock del mejor! Y todo con amor!”

Del amor a los hijos

¿Por qué es “azul” el príncipe?

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Para Fabiana P. y Fernando C., gracias!

Hoy los poetas y los faunos nos agitamos alterados, entonces sin importar donde estemos, nos hablamos y nos consolamos este vivir en un mundo que reniega del Amor y de la Poesía.

Una amiga de varias vidas (si esto de las varias vidas existiera, seguramente lo seríamos desde Egipto hasta muchas vidas futuras) hoy hablaba de príncipes y princesas, de Bellas Durmientes, de Blancas Nieves, de Cenicientas y de historias de mujeres que esperan y esperan, durmiendo en el sueño del edipo eterno, que llegue el caballero en un caballo blanco y matando dragones y madrastras las rescate y se haga cargo de sus vidas.

Eso es lo mismo que hablar de caballeros que creen que la vida es hacerse cargo de las princesas.

Me acordé de Diotima, del Banquete de Platón, de Freud y de Lacan, de Edipo, de Persefone, de Eros y de Tánatos. Me acordé lo bien que sabe en los labios el alma humana. Pensé en varios ejemplos y lo vi, ahí sentado, mirándome fijo, al famoso Príncipe Azul, que supuestamente todas esperan para convertirse ellas mismas en Princesas.

Se que no soy una princesa, así que mirándolo a los ojos le pregunte: “¿por qué sos azul?”.

Obviamente el Príncipe, que será príncipe pero es hombre, no tiene ni la más remota idea de por qué es azul, ni que pasa tampoco después del “felices para siempre”, ni quien inventó esto de ser el valiente caballero.

Un poeta como pocos, desde una isla llena de sol, me regaló hoy la mejor respuesta a una pregunta que me molesta desde hace una eternidad:

“Sencillo mi querida Inés. El día que una mente estrecha decidió crear al príncipe, solo tenía tinta azul para el maleficio. Decidió así dibujar al príncipe exponiendo en el papel su alma monocromática. Lo que ese ser no sabía era que las diosas se revuelcan en infinitos óleos. Son los colores de la vida los que el príncipe es incapaz de ver, ya que sus azules ojos carecen de las partículas pigmentadas con los sabores que los locos y lunáticos disfrutan en la mañana. Por eso cuando aparece el príncipe, y en consecuencia la princesa, es importante preguntarle -¿A qué te saben los colores? Si su respuesta es monocromática, ya sabes que estás ante la nefasta presencia de un príncipe azul”.

El problema del príncipe azul es su monocromía. Una monocromía que le impide ver los colores del mundo. Una monocromía que lo resguarda y lo pone a salvo de tentarse con los sabores infinitos en los cuales las diosas se revuelcan, óleos de texturas y de formas, colores de vida, aromas de piel y de mar.

La monocromía lo preserva de asomarse al mundo de una mujer, de la diosa, y lo deja en el de la pobre princesa desvalida que lo necesita para subsistir.

Ya lo dijo Bettelheim en su “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”: “El padre real de la princesa cautiva se describe como una persona bondadosa pero incapaz de rescatar a su hija. En “Nabiza” es una promesa lo que se lo impide, mientras que en la “Cenicienta” y “Blancanieves” parece incapaz de tomar sus propias decisiones en contra de la todopoderosa madrastra”

Se que no soy una princesa, ya lo dije, y no me gustaron nunca los príncipes azules. Me quedo del lado de la luna. Me quedo con la policromía de sabores, de texturas, de colores, de Amor, de música y de vida. Sin torre, sin rejas y sin esperas. Bien despierta, colorida y con los pies en la cocina sólo para crear.

De las cartas de amor al chat #Freud

1057940357_2Todos los nacidos después de la existencia de internet y más concretamente, quienes siendo jóvenes han crecido viviendo sus romances, encuentros y desencuentros amorosos a través del ICQ, el MSN, el chat de las más variadas formas, las redes sociales, el facetime, Skype, WhatsApp, Facebook y el humilde mensaje de texto, difícilmente puedan imaginar una vida de relación y de encuentros sin el auxilio de la tecnología.

La tecnología es sólo una herramienta, un medio para facilitar que aún estando en las antípodas, dos personas se sientan cerca. Pero la tecnología no es la que genera los contenidos ni la que hace brotar las palabras, es sólo un soporte, tan válido como el papel y la tinta. Las personas se han relacionado entre los géneros por los siglos de los siglos, forma más que útil y agradable de perpetuar la especie humana. Y aún aquellos que sabemos científicos y serios, han dejado sus huellas en el camino del romance. Incluso en las épocas que no era tan fácil como ahora.

Sigmund Freud antes de ser el padre del Psicoanálisis fue un joven médico neurólogo recién recibido, pobre, muy pobre, que se enamoro a primera vista de Martha Bernays, hija de una familia de buena posición que residía en Viena. Cuando se conocieron el flechazo fue recíproco y comenzaron a verse, pese a que Sigmund no era un candidato a la altura de las circunstancias sociales de Martha. Su madre, al ver la determinación de su hija en continuar su relación con un joven médico, pobre y ateo a pesar de su origen judío, decidió llevársela de Viena e instalarse en Wandsbek, un pueblo en las afueras de Hamburgo, para ver si la distancia los disuadía.

Allí comenzó un intercambio epistolar frondoso y que podría formar parte de la literatura más romántica de la historia de los romances de la humanidad. Se escribían dos o tres veces al día recíprocamente, con textos que iban de lo tierno a lo apasionado. Luego de un noviazgo a la distancia que duró cerca de cuatro años, con pocos encuentros personales y siempre en presencia de familiares, contrajeron matrimonio en 1886. Para contraer nupcias Freud tuvo que renunciar a continuar con su carrera e investigaciones y poner un consultorio particular. En una de sus cartas, le había dicho a Martha: “Querida Martha, qué pobres somos. Cuando alguien nos pregunte qué bienes poseemos para vivir juntos, lo único que podremos decir es: nada más que este desmesurado amor mutuo”.

De ese matrimonio nacieron seis hijos. La religión y las prácticas religiosas fue un tema prohibido por Freud y respetado por Martha, quien sólo volvió a prender velas en su hogar el viernes siguiente de la muerte de Sigmund en 1939. Las investigaciones de Freud sobre la sexualidad humana no eran del agrado de Martha, quien lo consideraba como un “pornógrafo”, sin embargo las respetó también y supo disfrutar de ser la esposa de Her Professor el Dr. Freud, ya catedrático y no sólo judío ateo y pobre. El mismo Sigy que, en esos diálogos diarios y a la distancia, le escribía a su Marty:

Por mucho que te quieran, no renunciaré a ti por nadie, ni nadie te merece. No hay amor hacia ti que pueda compararse con el mío.

…estamos tan íntimamente unidos, me siento tan inefablemente feliz por el hecho de tenerte, y estoy tan seguro de tu interés hacia todo lo mío, que las cosas sólo son importantes para mi cuando tú las compartes.

Perdóname, amor mío, si a menudo no te escribo en el tono y con las palabras que tú te mereces, especialmente en respuesta a tus cariñosas cartas; pero pienso en ti con tan sosegada felicidad, que me es más fácil hablarte de cosas ajenas a nosotros que respecto a nosotros mismos.

(…) Estoy dispuesto a dejarme dominar completamente por mi princesa. Uno deja siempre con gusto que le subyugue la persona que ama; si hubiéramos llegado a eso, Marty…

Cuando recibo carta tuya, todo el ensueño se disipa y la vida real se introduce en mis células. Los problemas extraños quedan borrados en mi cerebro; se desvanecen las misteriosas concreciones pictóricas de las diversas enfermedades y desaparecen las teorías vacías. Hasta ahora habías compartido mi tristeza. Comparte hoy conmigo mi alegría, amada mía, y no creas que existe otra cosa sino tú en la médula de mis pensamientos

Sigmund Freud

Sigmund Freud

El 23 de septiembre de 1939 moría Sigmund Freud, en la Londres que lo recibió cuando debió huir de su Viena invadida por los nazis.

Quemaron sus libros, declararon su ciencia infalsable, lo expulsaron de la Sociedad Médica de Viena y muchos se sintieron molestos al conocer sus investigaciones a lo largo de su vida. A más de cien años de La interpretación de los sueños, de Tres Ensayos sobre teoría sexual, del sueño de la Gradiva y tantos otros, a cien años exactos de que escribiera Introducción al Narcisismo (más vigente que nunca) y con una obra fecunda, prolífica, perfeccionista, visionaria y fabulosa, Freud nos sigue asombrando a quienes nos dedicamos a seguir estudiando su legado y a quienes, desde diversas ramas de la ciencia y la cultura, acceden a su obra.

Incansable en su búsqueda de los por qué y de los como de la cura, se revisaba a si mismo y no tenía ningún problema en admitir errores en sus investigaciones. Atendió su consultorio y escribió hasta pocos días antes de morir.

Hoy Viena volverá a escuchar su voz. En el 75º aniversario de su muerte, se realizará una conmemoración especial en la ciudad que vivió desde los 17 hasta los 82 años.

Niño

Todos fuimos niño y a pesar de que algunos logramos crecer, seguimos conviviendo no sólo con ese niños sino con cada uno de nuestros “yo” en simultáneo.

Algunos lo llevan olvidado, tratando de no escucharlo, de taparlo todo el tiempo.

Algunos niños sufrieron tanto que sus adultos no quieren saber nada de ellos, y cuanto más se esfuerzan en olvidarlo, más surge.

Algunos usan a su niño para que viva el presente y así lo que ocultan es su dificultad para crecer.

Algunos se aferran a ese niño y no lo quieren soltar, fueron tan felices en su niñez que cualquier otra etapa los asusta.

Pero quien fuimos en nuestra niñez está ahí, vive con nosotros porque no hay forma de separarnos de quien somos.

Las etapas de la vida no son como la piel de las serpientes. Nuestro hoy es la conciencia sincrónica de nuestra vida diacrónica.

Lo que ser niño nos deja es la habilidad de poder jugar al “como si”, el disfrute sin búsqueda de justificación, la verdad del capricho, el querer aquí y ahora sin ninguna proyección, vivir con fantasía, con ilusión y con magia. A los niños la sexualidad no les asusta, somos los adultos quienes le enseñamos qué es el pudor y lo esperado socialmente.  Los niños juegan y a los adultos, cuanto más le dan la espalda a quien fueron cuando niños, más les cuesta volver a jugar.

El disfrute del adulto tiene mucho que ver con su niñez.

Hay adultos en paz con quien fueron de niños, felices, que lo dejan ir y venir sin miedo. Hay otros que rápidamente nos hacen saber qué tanto sufrieron cuando niños.

Los “día de…” son inventos para vender lo que sea. Pero eso no quita poder darse un momento para escuchar a ese niño que alguna vez fuimos, para abrazarlo, para entenderlo y para protegerlo.

Las heridas del pasado se pueden resignificar y se pueden curar.

Los niños que han sufrido pueden, de adultos, curar sus propias heridas curando a otros.

Hacer algo por otro es hacerlo por quien fuimos de niños.

Algunos lo necesitan más que otros.

Brindo por los niños que derrochan fantasía.

“Vos que sos psicóloga…”

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Hay personas que siempre saben “aprovechar” la circunstancia de cruzarse con un conocido o amigo que ejerce una profesión determinada para hacer una consulta inoportuna. Así, para los médicos es tedioso estar en una reunión, almuerzo, cena y que venga alguien a decirles: “vos que sos médico, sabés lo que me pasó? Resulta que el otro día…”. Claro, la pretensión es que ahí, en la reunión, almuerzo, cena o lo que sea, el discípulo de Galeno lo escuche como si tuviera su guardapolvo blanco puesto, lo diagnostique y lo cure. A veces la consulta es sobre traumatología, y el médico en cuestión es ginecólogo, así de desubicadas somos las personas.

A todos los profesionales o expertos en algo nos pasa eso. Pero a los psicólogos en particular nos pasa más seguido, porque ahí ya no importa qué tan amigo o conocido sea el interpelador, ahí cualquiera se larga y te espeta el famoso “vos que sos psicóloga….” o “te lo pregunto porque vos sos psicóloga”…

Los psicólogos muchas veces nos cuidamos bien en las reuniones de decir que somos psicólogos. Hace un tiempo adopté la costumbre de, al ser preguntada sobre qué hago (la gente generalmente te pregunta “qué sos?” para referirse a qué estudiaste, cosas bien distintas, pero esa es otra cuestión) tomé la costumbre de decir “cocinera”. Costumbre que voy a mantener, por cierto.

Pero, con los amigos, es difícil mantenerse al margen, porque te llaman a cualquier hora y pretenden que les des el diagnóstico profesional de la situación y además la opinión de amiga. Y es un planteo más complejo de lo que ellos mismos piensan, no por lo que vengan a contar, sino por los lugares que pretenden que ocupemos simultáneamente. (Por supuesto, hay excepciones, cuando la consulta es de una urgencia o una gravedad que amerita una conversación o una intervención de emergencia, si hay una vida involucrada. En todos estos años me pasó sólo una vez.)

Creo que esto pasa por responsabilidad de los propios psicólogos, que no hemos sabido explicar bien nuestro rol.

Más allá de las distintas psicoterapias que se puedan llevar adelante en un consultorio (tomando un consultorio como uno de los dispositivos posibles en la práctica terapéutica) una de las cosas que habría que dejar en claro es que los psicólogos no somos consejeros. Dar consejos no es una actividad principal del psicólogo, sino que únicamente se puede echar mano a ese recurso en situaciones muy particulares que la ameriten o en forma genérica al público sobre temas particulares. Obviamente si viene un paciente en una fase maníaca que pretende casarse con alguien que conoció hace tres días, vamos a aconsejar que no lo haga, porque sabemos cómo opera ese mecanismo en él, pero estos son casos excepcionales. O quizás no sean tan excepcionales, pero si debe tenerse en claro que no deben ser la regla general. Freud ha dado ejemplos concretos al respecto.

Los psicólogos no damos opiniones personales durante la consulta. En el momento de la consulta, nuestro ego no debe participar de la sesión, debe quedar afuera. Y esto debería ser así aún en el caso que el terapeuta siga una terapia cognitivo-conductual. El ego nuestro no es lo importante, sino siempre, sobre todas las cosas, es el sujeto que se esconde detrás del paciente a quien tratamos de convocar, para que él sepa qué quiere y dónde está puesto su deseo. Cuando un psicólogo da una opinión durante su consulta, generalmente se trata de una intervención, de la aplicación de un recurso en forma premeditada. La excepción es cuando debemos dar una opinión profesional sobre un tema, o cuando escribimos un artículo asumiendo una posición sobre un tema determinado, pero no es algo que hagamos para casos puntuales -salvo que estemos analizando una viñeta clínica- y siempre tratamos de llevar el caso puntual a lo genérico, al campo de las preguntas que podría hacerse quien nos hace una consulta. Siempre tratamos de llevar a la tierra de la reflexión, de que la persona que viene y nos dice “Qué te parece esto a vos, te lo pregunto porque sos psicóloga” pueda ella misma abrir un espacio donde interrogarse en lugar de interrogar a otro.

Los psicólogos no andamos por la vida interpretando a nadie. Sólo interpretamos a nuestros pacientes. Todo lo demás es un análisis salvaje e irresponsable. A veces, también es una fantasía, con un color un poco persecutorio, de quien se cree siempre el centro de atención de las interpretaciones de los demás. Siempre se presenta un “vos que sos psicóloga, cómo interpretas esto que soñé?” y aún pudiendo tener alguna percepción de qué se esconde detrás del sueño que nos relatan, debemos callar, porque la única persona con autoridad para hacer una interpretación de ese sueño es el terapeuta del paciente. Y por favor, en ese caso, que sea un terapeuta con formación psicoanalítica.

Eso no significa que internamente a veces las cosas se nos presenten fosforescentes en una situación dada. Es cierto que tenemos una escucha absolutamente preparada para detectar las manifestaciones del inconsciente (una escucha y una mirada) y que a veces no podemos evitarlo simplemente porque nos pasa. Nuestras herramientas son escuchar y mirar. Pero en esos casos, si actuamos responsablemente, debemos callar.

Por eso, si  me llama una amiga para pedirme una opinión con el título “vos que sos psicóloga” le tengo que aclarar que en este caso va a ser más útil para ella que le de mi opinión de amiga. Porque entonces ahí le puedo hablar de valoraciones, oportunidades, estrategias y le puedo dar mi opinión, algo que no debo hacer como psicóloga.

Los psicólogos debemos siempre cuidar nuestra profesión. Las profesiones relacionadas con la salud en general, pero en especial con la salud mental, tienen que ser ejercidas por personas conscientes de la responsabilidad que implica. Y a veces no está de más aclararles los tantos a los amigos, a los conocidos, o a ese desubicado o desubicada que sin conocerte viene y te dice “vos que sos psicóloga…” y pretende que le demos una opinión sobre un caso concreto, decir con claridad que eso no nos está permitido. Al amigo le vamos a decir lo que pensamos desde nuestro lugar de amigo. Al conocido, evaluaremos una respuesta adecuada. Al desconocido, le negaremos la respuesta de la forma más amable que nuestro estado de ánimo nos permita.

El acceso a la mente y a sus complejidades, el acceso al conocimiento de las emociones, de los sentimientos, de los dolores, de los pesares, de las angustias de las personas, entre otras muchas cuestiones, no es algo ni simple ni que se pueda hacer a la ligera, ni que se aprenda en un ratito. Es por eso que los psicólogos debemos exigir el respeto de nuestra profesión, debemos defenderla contra la proliferación de nuevas capacitaciones que tienden a confundir al público ofreciendo servicios que nada tienen que ver con la salud  mental y que se presentan como “profesiones” (servicios de counselor, de coaching, etc) y que deben ser bien delimitadas y especificadas sus incumbencias y sus responsabilidades. Y que, sobre todo, debemos honrarla, con una capacitación permanente, con nuestro análisis y autoanálisis y revisando día a día como venimos en eso del deseo del analista, sea desde el marco teórico que sea, pero siempre ejerciéndolo con responsabilidad y con honestidad.

BienEntenderse: La responsabilidad en los procesos de la #comunicación y los malosentendidos (si, todo junto)

“Digo como para no decir, siempre vuelvo a eso, que el inconsciente está estructurado por un lenguaje” Lacan, Encore.

Llego a casa y mientras me preparo para arrancar una tarde de consultorio, me siento un rato con mis hijas. A los dos segundos se presenta un breve conflicto en virtud de algo que dice una de mis hijas -la “emisora”-, la interpretación de mi otra hija -la “receptora 1” y mi propia interpretación -la “receptora 2”.

Mi hija emisora se ofendió porque entendimos algo distinto a lo que tenía en mente y se fue a su cuarto, las dos receptoras nos miramos y fuimos a buscarla inmediatamente.

Trato que los malosentendidos en casa se despejen rápidamente, ya bastante tengo con los off-doors que no son tan fáciles de solucionar. Las ganas de solucionar un malentendido a veces es inversamente proporcional a su complejidad, a veces la propia complejidad es un motivador eficaz, a veces es simplemente no tener ganas de solucionarlo porque el malentendido, también, al interrumpir el proceso comunicacional, protege… A veces el malentendido es, en realidad, un haber entendido muy bien el mensaje y que no haya nada distinto que bienentender.

La mayoría de los malosentendidos tienden a agravarse a medida que pasa el tiempo, crecen exponencialmente, hay que frenarlos muy rápido porque después cuesta mucho deshacer la madeja de lo que uno quiso decir y lo que el otro pudo interpretar. Hay malosentendidos dañinos, que lastiman y que dejan huellas. Hay algunos que no pueden terminar de solucionarse nunca. Hay otros que le ponen fin al proceso comunicacional.

De eso va la cosa parece, de lo que uno quiere decir y de lo que el otro puede interpretar.

La operación del ser hablante cuando quiere comunicar es mucho muy compleja. Se articulan aspectos neurológicos, fisiológicos y psicológicos. Partamos de la base que los pensamientos son química neuronal en nuestro cerebro y que esa química va a pasar por el lenguaje para transmitir lo que básicamente son imágenes -visuales, auditivas, kinestésicas, etc- transformadas en palabras. Cuanto más abstracta sea la idea que tenemos en mente, más difícil se hace generalmente su traducción en un código compartido entre emisor y receptor.

Cuanto más código compartamos -lenguaje oral, lenguaje corporal, conocimiento de las entonaciones y buena lectura de los estados de ánimo a través de señales diversas- la comunicación va a ser más fluida. Cuanta más intimidad compartimos entre emisor y receptor vamos a suponer que más código común poseemos.

Y aún así, podemos caer en interpretaciones erróneas, incluso en mensajes muy básicos.

Compliquemos más aún el panorama recordando que existen actos fallidos en los discursos que dicen lo que no queríamos decir. O sea, hay un inconsciente en el hablante, cuyo proceso el propio ser parlante desconoce, pero que siempre se las arregla por salir a la superficie y ponerse en evidencia.

Volviendo, el mini diálogo fue el siguiente:

– Hija 1: “Má, tenés que llevarme a comprar un regalo para Emi porque es su cumple”

– Madre que siempre se equivoca y nunca entiende nada: “¿Ahora? No puedo, tengo consultorio”

– Hija 2: “¿Por qué siempre le imponés las cosas así de una? Recién llega!!!”

– HIja 1: se va ofendida

A los dos segundos estábamos bajando los decibeles de la ofuscación de la hija 1 incomprendida por su madre y su hermana y preguntándole las 6 W que faltaban para conocer cualquier hecho: Qué -What-, Quién -Who-, Cuándo -When-, Dónde -Where-, Por qué -Why- y Cómo, que en realidad es una H y no una W -How-.

Lo que mi hija tenía en mente era que el día x era el cumpleaños de su amiga y quería ir a comprarle determinado regalo, quería que fuéramos juntas por varias razones y además, quería ir a un lugar determinado, al cual prefería ir en auto y no en colectivo. Claro que esto no era necesariamente hoy, sino que podía ser mañana, el sábado o incluso también, el domingo. Las varias razones eran varias realmente, con lo cual podemos ver que los pensamientos que tenía en mente eran, pese a lo básico de la situación, complejos. Y sobre todo, me resultaban absolutamente desconocidos.

Como buena defensora de su posición que es mi hija, me atribuyó la responsabilidad total por haberla malinterpretado. Al final de nuestro diálogo acordamos que la responsabilidad, si bien era conjunta, pesaba mayormente sobre ella, por ser la emisora de un mensaje nuevo, o sea, quien quería no sólo transmitir una información que yo desconocía, sino que además, quería motivarme a realizar algo. Más adelante me voy a referir a la parte de responsabilidad mía en el asunto.

La responsabilidad por la comprensión de la información que transmitimos pesa sobre el emisor. Quien tiene un pensamiento en su mente tiene que pasarlo a un código compartido con su interlocutor, lo cual será más simple o más arduo dependiendo de la cantidad de código que se comparta entre ambos (lo cual a su vez depende de muchos factores, pero fundamentalmente del grado de intimidad). Hay veces que podemos ser escuetos en detalles, pero otras veces, no. Si yo escribo la palabra “silla”, quien esté leyendo esto va a imaginar una silla en su mente, pero difícilmente sea la misma silla en la que yo estoy pensando. Si yo le digo a alguien que conoce mi casa “dejé el libro sobre la silla”, seguramente puede saber a qué silla me refiero y comprender el mensaje, y al menos la cantidad de sillas es un número concreto y limitado. Cualquiera va a entender que “silla” es lo que todos conocemos, pero no exactamente qué silla tenemos cada uno de nosotros como imagen en nuestra mente.

Si con un concepto básico se pueden generar diferentes imágenes mentales (incluso entre convivientes, es fácil que haya un malentendido sobre si se trataba de la silla del comedor, del consultorio o de tal dormitorio) con una idea un poco más elaborada los malentendidos son la regla, y no la excepción.

Cuando queremos transmitir una idea, como emisores tenemos que hacernos cargo de dar la suficiente información y de, incluso, tomarnos el trabajo de corroborar si nuestro interlocutor comprendió lo que estamos intentando transmitir. La comunicación humana está llena de ruido, ruido que puede provenir del código que estamos usando, de los usos y las costumbres, de diferencias generacionales al dar distinto significado a las mismas palabras, de diferencias culturales, e incluso de las propias emociones y estados de ánimo entre los hablantes.

La palabra involucra un porcentaje comunicacional muy bajo, calculado entre un 7% y un 10% como máximo. El resto del mensaje lo vamos a transmitir con nuestro lenguaje corporal, con nuestra entonación, con nuestros gestos y microgestos. Dejar librado a la palabra el mensaje, y más aún, dejarlo librado a la libre interpretación del receptor, puede tener resultados disvaliosos.

Esta es una de las mayores dificultades comunicacionales que aparejan -y aveces, desparejan- las conversaciones por medios digitales. Pero esas cuestiones merecen un análisis aparte que no tengo ganas de hacer hoy.

Andan circulando por el mundo frases trilladas como “soy responsable de lo que digo pero no de lo que vos entiendas”. No creo que sea así. Somos responsables de lo que decimos y también somos responsables de verificar si lo que decimos transmitió fielmente lo que tenemos en mente, lo cual no siempre ocurre. Quien escucha nuestro mensaje, va a interpretar el mismo en función de un plexo de elementos que son preexistentes al mensaje mismo. Y la responsabilidad se sustenta en la intención propia de querer ser bieninterpretados. Claro que si el ser bien o malinterpretados no es algo que nos interese, podemos desentendernos con absoluta tranquilidad del resultado de los  mensajes que lanzamos al mundo.

Los psicólogos deberíamos ser profesionales en el arte de simplificar lo complicado. Aunque esto no sea siempre una operación simple. Que lo incomprendido sea comprendido requiere no sólo la búsqueda de las razones y los orígenes, sino también contar con las herramientas adecuadas para que las personas puedan hablar más y mejor. Dejar el bla bla bla para poner alguna vez alguna palabra plena.

Las mejores herramientas comunicacionales que encontré para lidiar con los discursos son las desarrolladas por la escuela de Palo Alto, refiriéndome con ello a las investigaciones de Paul Watzlawick, Gregory Bateson, Richard Bandler y Joshn Grinder, por citar algunos.

Richard Bandler y John Grinder tienen una obra muy interesante -La estructura de la magia- que nos remite al metamodelo para el lenguaje, al mundo representacional, al mapa que es distinto a su territorio y a la estructura del lenguaje. Hay dos cuestiones fundamentales, más allá de las técnicas concretas que nos presentan (algunas las menciono más abajo), que debemos tener en cuenta en materia comunicacional, cuando realmente tenemos intención que nuestro mensaje llegue a buen puerto:

  1. siempre va a haber diferencias entre el mundo y la representación del mundo que cada uno de nosotros creamos en nuestro cerebro, y
  2. los modelos del mundo que cada uno de nosotros creamos van a ser diferentes.

Usamos un lenguaje para poder representarnos el mundo y para poder comunicarnos. En ese proceso de crear nuestro modelo del mundo a través de nuestro lenguaje estos autores hacen mención a tres formas en las cuales el modelo que creamos difiere de aquello que estamos modelando: la generalización, la distorsión y la eliminación.

De lo que se trata la buena comunicación es de desandar esas formas a través de las cuales “simplificamos” toda la estructura del pensamiento que se procesa en nuestra mente.

En el diálogo de mis hijas, una de ellas generalizó una situación puntual y la transformó en una regla: “siempre le imponés cosas”, lo cual, obviamente, movilizó la susceptibilidad de su hermana, ya que la frase era falsa. Las generalizaciones empobrecen la comunicación porque hacen perder la riqueza del detalle y de las experiencias originales, impidiendo hacer las distinciones indispensables para poder comprender un discurso. Son un mecanismo de defensa eficaz y también una forma de manipular. En el proceso de generalización vamos a encontrar indices referenciales tales como “la gente”, “nadie”, “todos”, “siempre”, “nunca”, “uno” –  “los demás”, “todo el mundo”. Ahí es donde debemos intervenir para preguntar quien es “la gente”, quiénes son “todos”, si verdaderamente se cumple el “siempre” o el “nunca”, etc.

Si digo “Los perros me dan miedo”, también es una generalización, ya que es muy probable que no sean todos los perros del planeta los que me causen miedo sino algunos en particular. Si un paciente me dice “nadie me presta atención a lo que digo” o “no le gusto a las mujeres”, tenemos que empezar a separar los términos de esas afirmaciones para llegar a saber quién o quiénes son los que no le prestan atención a nuestro paciente o quienes son las mujeres a las cuales no les gustó.

Cuando estas generalizaciones se afirman, terminan estableciendo normas de vida que son restrictivas, paralizantes y falsas. Y que crean la convicción de que son inmodificables.

En el caso de la distorsión, nos vamos a encontrar con sentencias donde una acción se transforma en un objeto. De esta manera, en el discurso, se nos está transmitiendo una acción finalizada, concluida, que presenta un aspecto de conclusión que no permite pensar en la posibilidad de cambio. “Sus ideas son erróneas” es una sentencia inapelable, bastante distinta a decir “está cometiendo errores”. Ambas frases están en presente, la primera nos da una conclusión y la segunda una acción, que, como tal, deja abierta la posibilidad de ser modificada. Además, podemos pensar en el efecto emocional de decirle a alguien “sos un tonto” o decirle “estás haciendo una tontería”.

En la eliminación se suprimen partes de la experiencia que tenemos en el mundo. Todo actualmente tiende a que nos expresemos en forma cada vez más concisa, y de esta manera, la interpretación se vuelve confusa y absolutamente antojadiza a la forma de querer entenderlo del receptor. Pensemos en un tuit, un mensaje de 140 caracteres, que puede ser interpretado de forma absolutamente arbitraria por cada una de las personas que lo lean ¿lo que entendemos es lo que quiso decir quien lo escribió?

La forma de abordar las eliminaciones en un discurso es preguntando por esos faltantes, detectando las ausencias, prestando atención a lo que se nos dice: “Siempre tengo miedo” será interpelado con un “en qué situaciones concretas” para atacar la generalización, y un “miedo a qué?”, “miedo a quién?”, “miedo en qué lugares?” y todas las preguntas que se nos ocurra para poder poner un poco de realidad a la frase acotada y genérica de nuestro interlocutor.

La comunicación humana no es fácil. Pero, recordando el primer y fundamental axioma de la comunicación, siempre estamos comunicándonos, ya que es imposible no comunicar. Aún en nuestro silencio. El silencio nos puede dar un gran discurso, puede decirnos tantas cosas como imaginemos. Por eso mismo, es muy riesgoso.

Acá es donde viene la explicación de mi parte de responsabilidad en el pequeño diálogo que reproduje. Yo respondí automáticamente, sobreentendiendo que mi hija me estaba pidiendo que fuéramos hoy, cuando debería haber preguntado “¿cuándo?”. En un diálogo, las ideas van y vienen, por lo tanto, cada uno debe responsabilizarse de una parte, de lo que dijo, de lo que quiso decir y también, de no haber indagado más cuando era necesario para poder entender. No podemos entender lo que queramos, en un diálogo tenemos que tratar de asegurarnos de ser comprendidos, pero también detectar en nosotros la asignación automática de significado y contrastarlo con nuestro interlocutor. Recién cuando preguntamos y llegamos al fondo podemos tomar la decisión de dar paso a nuestras emociones y a nuestras reacciones. Cuando verificamos que el mensaje llegó, también tenemos que hacernos responsables de lo que dijimos.

Las palabras no son inocuas. A veces, pueden lastimar y dejar heridas difíciles de cicatrizar.

Lo mejor de todo es que la comunicación es lo que permite el conocimiento de los otros y el crecimiento de los vínculos. Una comunicación eficaz elimina ruido y angustia, nos permite llegar a instancias de intimidad mayores y a conocer cómo son las representaciones del mundo de los demás. Y también nos da las herramientas para crear mundos compartidos, universos o pequeñas parcelas donde le pongamos un poco de coto a la insoportable levedad del ser. Claro que, para eso, hay que bienentenderse.