De las cartas de amor al chat #Freud

1057940357_2Todos los nacidos después de la existencia de internet y más concretamente, quienes siendo jóvenes han crecido viviendo sus romances, encuentros y desencuentros amorosos a través del ICQ, el MSN, el chat de las más variadas formas, las redes sociales, el facetime, Skype, WhatsApp, Facebook y el humilde mensaje de texto, difícilmente puedan imaginar una vida de relación y de encuentros sin el auxilio de la tecnología.

La tecnología es sólo una herramienta, un medio para facilitar que aún estando en las antípodas, dos personas se sientan cerca. Pero la tecnología no es la que genera los contenidos ni la que hace brotar las palabras, es sólo un soporte, tan válido como el papel y la tinta. Las personas se han relacionado entre los géneros por los siglos de los siglos, forma más que útil y agradable de perpetuar la especie humana. Y aún aquellos que sabemos científicos y serios, han dejado sus huellas en el camino del romance. Incluso en las épocas que no era tan fácil como ahora.

Sigmund Freud antes de ser el padre del Psicoanálisis fue un joven médico neurólogo recién recibido, pobre, muy pobre, que se enamoro a primera vista de Martha Bernays, hija de una familia de buena posición que residía en Viena. Cuando se conocieron el flechazo fue recíproco y comenzaron a verse, pese a que Sigmund no era un candidato a la altura de las circunstancias sociales de Martha. Su madre, al ver la determinación de su hija en continuar su relación con un joven médico, pobre y ateo a pesar de su origen judío, decidió llevársela de Viena e instalarse en Wandsbek, un pueblo en las afueras de Hamburgo, para ver si la distancia los disuadía.

Allí comenzó un intercambio epistolar frondoso y que podría formar parte de la literatura más romántica de la historia de los romances de la humanidad. Se escribían dos o tres veces al día recíprocamente, con textos que iban de lo tierno a lo apasionado. Luego de un noviazgo a la distancia que duró cerca de cuatro años, con pocos encuentros personales y siempre en presencia de familiares, contrajeron matrimonio en 1886. Para contraer nupcias Freud tuvo que renunciar a continuar con su carrera e investigaciones y poner un consultorio particular. En una de sus cartas, le había dicho a Martha: “Querida Martha, qué pobres somos. Cuando alguien nos pregunte qué bienes poseemos para vivir juntos, lo único que podremos decir es: nada más que este desmesurado amor mutuo”.

De ese matrimonio nacieron seis hijos. La religión y las prácticas religiosas fue un tema prohibido por Freud y respetado por Martha, quien sólo volvió a prender velas en su hogar el viernes siguiente de la muerte de Sigmund en 1939. Las investigaciones de Freud sobre la sexualidad humana no eran del agrado de Martha, quien lo consideraba como un “pornógrafo”, sin embargo las respetó también y supo disfrutar de ser la esposa de Her Professor el Dr. Freud, ya catedrático y no sólo judío ateo y pobre. El mismo Sigy que, en esos diálogos diarios y a la distancia, le escribía a su Marty:

Por mucho que te quieran, no renunciaré a ti por nadie, ni nadie te merece. No hay amor hacia ti que pueda compararse con el mío.

…estamos tan íntimamente unidos, me siento tan inefablemente feliz por el hecho de tenerte, y estoy tan seguro de tu interés hacia todo lo mío, que las cosas sólo son importantes para mi cuando tú las compartes.

Perdóname, amor mío, si a menudo no te escribo en el tono y con las palabras que tú te mereces, especialmente en respuesta a tus cariñosas cartas; pero pienso en ti con tan sosegada felicidad, que me es más fácil hablarte de cosas ajenas a nosotros que respecto a nosotros mismos.

(…) Estoy dispuesto a dejarme dominar completamente por mi princesa. Uno deja siempre con gusto que le subyugue la persona que ama; si hubiéramos llegado a eso, Marty…

Cuando recibo carta tuya, todo el ensueño se disipa y la vida real se introduce en mis células. Los problemas extraños quedan borrados en mi cerebro; se desvanecen las misteriosas concreciones pictóricas de las diversas enfermedades y desaparecen las teorías vacías. Hasta ahora habías compartido mi tristeza. Comparte hoy conmigo mi alegría, amada mía, y no creas que existe otra cosa sino tú en la médula de mis pensamientos

¡Piú Avanti!

10370997_10204031979459348_520393506242046645_nCreo que cuando era muy chica mi papá se dio cuenta con claridad sobre alguna de mis vulnerabilidades. El amor que el me daba, incondicional, desmedido, único y grandioso, al mismo tiempo que me fortalecía y me daba seguridad, me confrontaba con el hecho de que la cota que establecía era muy alta. Mi viejo fue el primero en transmitirme eso de “Amor o nada”, de “amar es cuidar” y a dejar establecidas normas bien claras sobre lo que a lo largo de los años iba a ser mi propia construcción teórica y práctica sobre qué dar y qué esperar.

Mi viejo, un hombre que decidió claramente vivir cuando todo lo hubiera llevado a no hacerlo, me enseñó mucho sobre el amor, sobre la pasión y sobre la intensidad.

La vida sin ese contraste apasionado por vivirla es deslucida, opaca y desabrida.

No se si él se daba cuenta, pero era un gran apasionado. Apasionado fotógrafo, apasionado dibujante, apasionado lector, apasionado por los aviones, apasionado por la Historia. Pero, sobre todas las cosas, fue un padre apasionado por ser padre.

Si hay algo que me tatuó en el alma mi viejo fue la más rotunda y absoluta seguridad sobre su amor. Y si, fuí su “Her Majesty, the baby”… hasta el último día de su vida.

Nunca entendí cuando alguna vez me dijeron, como crítica, que soy apasionada, que soy intensa. Especialmente en los afectos, en mi forma de querer y de amar. Nunca, ni siquiera hoy, logro entender el aspecto negativo de vivir intensamente la vida. Me resulta trágico terminar un día dándome cuenta que fue un día desapasionado, desmotivado, que no fue intenso.

Pero algunas veces me pasa, como hoy. Y me doy cuenta que desperdicié un día. Un día sin pasión por vivir, es un día muerto. Al menos para mi.

Así, pensando en estas cosas, pensando en que detesto cuando no puedo ponerle mi propia esencia a mi propia vida, cuando no puedo desplegar mi intensidad y mi pasión en lo que hago, en lo que quiero, en lo que amo, me vino, así, de repente, como si me hiciera un llamado de atención, uno de los Siete Sonetos Medicinales de Almafuerte. Cuando tenía diez años mi viejo me hizo aprender de memoria ¡Piú Avanti!. No sólo aprenderlo de memoria, sino recitarlo, aprendiendo el significado, poniéndole garra a las palabras, poniendo la fuerza en la voz, en cada palabra.

La elección no fue azarosa, fue adecuada, fue rotunda, fue perpetua, porque está grabado e indeleble ahí, y hoy viene a recordarme que hay que seguir adelante, que hay que poner nuestra esencia en lo que queremos, que hay que seguir, que hay que vivir y que vivir es, sobre todas las cosas, amar. Y como para algunos -¡gracias viejo!- el amor es intenso, profundo, apasionado y único, no hay que darse por vencido nunca.

Hoy, como hace muchos muchos años, lo vuelvo a decir y a sentir, así

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora…

¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Almafuerte, 1907.

 

Descorazonando

 

cuoreDesde que empecé Gastronomía, intento todos los meses comprar algún utensilio específico de esos indispensables para la práctica del arte de la cocina. Este mes le tocaba a los termómetros, así que me encaminé a uno de los dos o tres locales que ya tengo listados para hacer este tipo de compras bien específicas.

Me atendió el empleado de siempre, un señor mayor, atento y que siempre me pregunta como van los estudios y me aconseja sobre marcas y productos . Este fue más o menos el diálogo de hoy:

– ¿Qué va a practicar este fin de semana?

– Todo técnicas de trozado y deshuesado de pollos…

Hablamos un rato del aprovechamiento integral del pollo y otras cosas interesantes sólo para los que nos gusta cocinar y vender utensilios de cocina. Hasta que me dice:

– Me imagino que su marido debe estar feliz de poder disfrutar de estas comidas

– Espero que mi ex marido sea feliz, realmente, pero los únicos que van a disfrutar de mis comidas este fin de semana van a ser mis hijos

– ¿Estuvo mucho tiempo casada?

– Si, 20 años, hace tres que me separé

– ¿Le puedo contar algo que no le conté nunca a nadie?

Ya estoy acostumbrada a este tipo de preguntas. Mi interlocutor no sabía que soy psicóloga, sólo sabe que estudio cocina en el IAG. Algo en mi cara me delata siempre, y las personas después de hablar conmigo empiezan a contarme sus secretos. Ya ni me preocupa saber si es verdad o no que nunca se habían animado a contárselo a nadie. Sólo me sorprende la confianza de la gente de largar el peso de sus tristezas ante alguien que no conocen. Quizás así es más fácil…

– Claro – le contesté

– Yo tendría que haberme separado hace casi cuarenta años…

– ¿Se arrepintió de no haberse separado?

– Si- Hizo un silencio largo. Me miró y los ojos le empezaron a brillar. – Hace casi cuarenta años me dí cuenta que lo que sentía por mi mujer no era amor. Pero llegaron nuestros hijos y yo fui como un héroe para ellos. Era tanto el amor que me daban que no pude irme. Le dí la opción, le dije lo que me pasaba, le dije que eligiera ella. Nunca me pidió que me fuera. Siempre supo que yo no la amaba. La vida nos fue pasando. Hicimos nuestra casa, nuestros hijos crecieron. Después ella se enfermó, y ahí decidí que no podía dejarla…

– Pero me dijo que se arrepintió…

– Si, me arrepentí porque siempre me quedó la duda y las ganas de saber cómo será pasar al menos un mes con una mujer amándola realmente… cómo será que en algún momento del día piense “quiero llegar a casa y verla”, cómo será eso. Pero con casi setenta años se que eso quedó atrás y que nunca va a ser.

No supe que decirle. Lo rotundo de su pensamiento no daba para decir nada, sólo para haberle prestado el oído esos minutos y callar.

– Perdóneme – y ya enfilaba para buscarme el “sacasemillas”. En realidad, cuando terminé eligiendo mi termómetro, yo le había pedido el utensilio con un nombre que acá no se usa mucho. Le dije “necesito un descorazonador para las peras y las manzanas”. El se había reído y me había dicho que se llamaba “sacasemillas”. Después de eso comenzó el diálogo en cuestión.

– No tengo que perdonarlo -le contesté- tengo que agradecerle que haya confiado en mi para contarme esto. ¿Sabe? A veces intentamos que las personas que queremos o que nos interesan confíen en nosotros y no lo logramos…

Me quedé pensando en el “descorazonador” y en los dolores que la gente lleva a cuestas por la vida.

Cambié algunos detalles para que no haya posibilidad alguna de identificar a la persona que me contó su historia. No importan esos detalles, no importa si fue un hombre o una mujer, el diálogo es casi textual y parecía venir de un personaje del futuro que podría decirle a esas personas que dilapidan su vida negándose al amor que, al final, convivir con el arrepentimiento puede ser muy duro.

Creo que no queda otra más que andar descorazonándose por la vida, jugándose en cada intento, bancarse lo que pasa, y si falla, volver a intentarlo.

Espero que de lo único que me arrepienta cuando llegue a los setenta sea de los errores que cometo día a día por hacer, pero nunca, de los errores por no hacer, por no intentar, por no confiar y por no apostar.

 

 

Saltar del avión #drhouse #todosmienten

images-9Algunos diálogos de la serie “Dr. House” son brillantes. El protagonista no se caracteriza por ser diplomático, sino por expresar con la mayor crudeza posible lo que piensa y cree. Partiendo de la base que “todos mienten”, siempre se las ingenia para demostrar no sólo que todos mienten sino que, algo peor, se mienten a sí mismos.

Dr. House: Si eres infeliz en el avión, sólo salta

Paciente: Quiero hacerlo, pero no puedo

Dr. House: Es el problema con las metáforas, necesitan interpretación. Saltar del avión es estúpido

Paciente: ¿Y qué tal si no estoy en un avión? ¿Qué tal si estoy en un lugar donde no quiero estar?

Dr. House: Ese es el otro problema con las metáforas…. Siiiiiii!!!!!! ¿Y si en realidad estás en un camión de helados y afuera hay caramelos, flores y vírgenes? ESTÁS EN UN AVIÓN! Todos lo estamos. La vida es peligrosa y complicada y… es una larga caída.

Paciente: Así que tú temes cambiar

Dr. House: No, TÚ temes cambiar. PREFIERES IMAGINAR QUE PUEDES ESCAPAR EN LUGAR DE INTENTARLO. PORQUE SI FALLAS NO TENDRÁS NADA, Y RENUNCIAS A LA OPORTUNIDAD DE ALGO REAL PARA AFERRARTE A LA ESPERANZA. Pero la esperanza es para cobardes.

 

Pobreza

Hace un rato llegué de mi día preferido de mi escuela de cocina, que es el día de taller. Cuerpo cansado, de 21 a 23 trabajando como en un restaurant… hoy me levanté a las 6:45 y no paré hasta ahora. Charlé un rato con mis hijas. En especial con Candy. Hablamos de como nacemos y como morimos, desnudos, sin nada. Y de como con dinero podés comer en el lugar que quieras, pero no podés comer dinero, en como con dinero podés comprar la ropa que quieras, pero no podés vestir dinero, de que incluso podés pagar compañía, pero no podés abrazar dinero, besar dinero, acariciar dinero. Se me ocurrió decirle que si un día estás en una isla, sin nadie, sin abrigo, sin comida, con mucha sed, sin teléfono (dios mío! sin internet!) y tenés un container lleno de dinero, no te sirve de nada. Ya sabemos que hay muchos paliativos que podemos comprar con dinero, pero que la soledad no se calma con dinero.

No creo que le pueda dejar dinero a mis hijos como herencia, tal vez lo único de valor que puedo dejarles es que, para mí no hay nada que importe más que el amor, y que cuando no lo tenés, sos absoluta, rotunda y tristemente pobre. Aunque tengas mucho dinero guardado.

Y como le dijo Dumbledore a Harry Potter: no sientas pena de los muertos, sentí pena de los vivos que viven sin amor. Esos si que son dignos de lástima.

19

juanyyoHace 19 años me iba de la casa de mi amigo, y tu padrino, Claudio, rumbo a la clínica. Hoy, me siento a escribir, después de dejar tu torta en el horno, como cada 10 de marzo a esta hora.

19 tortas, todas distintas, todas especiales. Tortas para el jardín, tortas para el colegio, tortas para la familia. Me acuerdo de una especial, con el gato del álbum Guau de Arbol, de la época que empezaste a escuchar música. Me acuerdo de ese partido de fútbol festejando tu cumple, con tus amigos. Algunos siguen cerca, como Ivan -un hijo del corazón- Manu, Nico, Nico, Marian y los que se sumaron y otros que están por ahí y cada tanto aparecen, como Ale, Alex, Joaquín y tantos otros.

Tenés amigos que te acompañan desde muy muy muy chico. No es casualidad.

Hoy te preparo tu torta de cumple para tus compañeros de trabajo.

Es tanto lo que te amo que no encuentro nunca palabras suficientes ni efectivas. Y por eso sigo y sigo escribiendo, tratando de contarte siempre algo imposible de describir.

Pensé tu nombre cuando tenía 15 años, 13 años antes de que nacieras. Creo que desde ese momento te amo. Y no hay un sólo día de mi vida que no te ame un poquito más todavía.

Feliz cumpleaños Juan. Mamá.

Los días de los enamorados y de los enalmorados

मिलिओ ते अमो

Para amar hay que olvidarse un poquito, un ratito, de uno mismo. Hay que dejar caer todos esos ideales y esas “perfecciones” que le colgamos a ese otro, abrir los ojos del alma y mirarlo como lo que es: otro ser, imperfecto, humano, distinto a nosotros. Quererlo en eso, en el no saber por qué, en sus tonteras, en sus rutinas, en sus locuras, en todo eso que nos seduce, en sus virtudes, en su piel, en su mirada, en su voz, en sus palabras, en su silencio, en su esencia.

Bajar el espejo, dejar de verse reflejado uno mismo en el otro, dejar de proyectarse,  animarse a descubrir al otro.

Dificil amar desde el ego-ismo. El amor del narcisismo siempre es amor a si mismo y no al otro.

Amar tiene que ver con el soltar, con el dejar ser al otro lo que es y no lo que nos gustaría que fuera, es aceptación (que no tiene nada que ver con la resignación y la costumbre), es paz y está muy muy pero muy lejos del sufrimiento.

El amor no duele. Los que nos dolemos somos nosotros, buscando caprichos, no queriendo entender que la vida es un ciclo, que todo pasa, que todo empieza y todo termina, que la duración de las cosas no define la calidad de lo vivido, que en cuestiones de amor no se habla ni de éxitos ni de fracasos. Que el amor no dura “poco” o “mucho”; el amor es mientras es, y cuando pasa, hay que soltar y reconocer el fin de ese ciclo.

El estado ideal del ser humano es el estado del enamoramiento, la química que genera en el organismo es fabulosa, las endorfinas nos hacen sonreir y sentirnos poderosos, la piel nos cambia, exhalamos feromonas. Por eso tantos necesitan inicios permanentes en sus vidas que los mantenga en esa efervecencia, en esa euforia, en ese apasionamiento. Pero eso también es un ciclo que cae, y cuando afloja, aflora del otro lado un ser humano. Ahí es donde tantos inicios se terminan para dar paso a otros inicios nuevos. Ahí es donde hay que arremangarse y ponerse a trabajar en el amor. Para eso hace falta un cierto grado de madurez.

Enamorarse, en cierta forma, es la adolescencia del amor.

Enamorarse tiene mucho que ver con uno mismo. Amar tiene mucho que ver con el otro.

Me viene Lacan, como siempre que pienso en el amor, con su Amor y su Almor, con su Amar y con su Almar, con ese poner el alma en juego.

Por suerte, hay tanto y tanto por decir sobre el sentir del amor… Aún

Pruebas

estrella-de-belenLa Nochebuena celebra la “buena nueva”, una buena noticia que tuve que adaptar a mi propia forma de pensar para entenderla, ya que nunca me sedujo un dios que manda al muere a su propio hijo. Nunca me pareció entendible esa “prueba” del amor del Todopoderoso. Al ser madre, directamente me pareció algo perverso. Nunca mandaría a morir a mis hijos, iría yo misma a la batalla. Nunca entendí que mandar a morir a un hijo sea un acto de amor.

La forma que tengo de entender la Nochebuena es pensando en el nacimiento de ese ser tan excepcional que dejó un legado válido hasta hoy, más allá de las religiones y las creencias. Y el testimonio de su paso por este mundo nos habla del amor. Del amor que no necesita pruebas ni sacrificios. Del amor que da vida.

Nunca discuto sobre religión; es una cuestión de fe y de dogmas que debe respetarse. Lo que voy a decir es una mera observación: algunas religiones nos hablan de los sacrificios y de las ofrendas, de las pruebas que todo el tiempo hay que dar para demostrar nuestro amor y nuestra fe.

Nunca me pareció necesario que Jesús muriera en la cruz para creer en el amor que tenía por toda la Humanidad.

¿Podemos vivir dando y exigiendo pruebas del amor que sentimos todo el tiempo?

No me parece.

El amor es algo que se siente tan claramente en el alma que cualquiera dispuesto a no mentirse sabe cuando ama, y también sabe cuando es amado.

Y para eso no hace falta ninguna prueba.

El amor habla por sus propios efectos. Y es evidente que para sentirlo necesitamos algunas veces claras demostraciones. Pero eso no implica ser como bolsas rotas que nunca se llenan, con una demanda de amor voraz y despiadada, que permanentemente necesite una y otra y otra prueba más. No estoy tan segura que eso sea amor.

No es necesario que nadie muera en la cruz para que nos demuestre que nos ama.

No debería ser así.

El amor es cuidar. Y cuidar es poner el centro en el otro sin exigencias desmedidas.

Así entiendo la buena noticia de la Nochebuena. Una buena noticia que nos convoque a pensar en un amor sin tanta demostración, sacrificios ni crucifixiones y con menos egoísmo y más paz.

Una Nochebuena que nos invite a escuchar al corazón y a despojarnos un rato, bajando las defensas, las caretas, los disfraces y nuestra propia persistencia en el autoengaño. Y sin mentirnos poder decirnos sin angustia y sin ansiedades, a quien amamos y quien nos ama.

Una Nochebuena de amor y no de pruebas.

Feliz Nochebuena y mucho amor para todos!

Entendiendo…

A veces creo que voy entendiendo algunas cosas. Hay porciones de la vida que dependen de mi, en un alto porcentaje (no olvidemos la teoría del caos, el efecto mariposa y los mundos alternativos de la mecánica cuántica por favor). Pero hay otras porciones en las cuales un alto porcentaje no depende de mi. Generalmente son las que quiero cambiar.

En esas solo puedo pensar, imaginar, desear. Verlas, nítidas, en mi mente. Sentirlas. A veces, recordarlas y proyectarlas hacia adelante. Pero sin sentirme nunca directora de cine, sino protagonista. Hay un cierto poder en saber que aún imaginando cómo nos gustaría que fuera algo seguimos siendo protagonistas.

El tema es no perder el humor. Ni la alegría. Ver “el medio vaso lleno”, porque siempre lo está. ¿Sólo aire? ¿Hacemos el análisis químico? El aire no es un sinónimo de la nada. Nunca hay una parte “medio vacía”, las dos partes contienen algo. El vaso está siempre lleno: una mitad agua, la otra mitad aire. No hay vacío. Lo que hacemos es elegir qué ver. Y confundirnos, creyendo que lo que no vemos no existe.

El árbol, muchas veces, tapa al bosque. En realidad, nosotros elegimos si ver el árbol o el bosque.

Cuando entramos a una habitación oscura luego de estar al sol, tenemos que acostumbrar la vista de a poco. En esto es lo mismo. Hay que acostumbrar los sentidos, el corazón, a descubrir de a poco, que nunca, nada de lo que vemos, es totalmente algo. Nada es totalmente bueno ni totalmente malo. Incluso puede variar el concepto a lo largo del tiempo. El árbol se conoce por sus frutos (el bosque, también).

Una persona que se fractura un pie puede pensar que le pasó algo malísimo, sufrir, lamentarse, quejarse. De pronto, la imposición de estar inmovilizada, le permite empezar a ver cosas que antes no veía. Y después, terminar descubriendo que fue una de las mejores cosas que le pudo pasar cuando, como consecuencia de eso, conoció al amor de su vida. Incluso dándose cuenta muchos años después.

Por eso, no hay que perder la conciencia que siempre que vemos algo, solo estamos viendo una parte. ¿Ying o Yang? No podemos verlos separados, porque perdemos la esencia!

La hija de mi amiga Andrea, que tiene seis años, dice: “lo que venga, venga con alegría”. Esperamos que las personas, los acontecimientos, las cosas materiales “nos hagan” felices, cuando los únicos que podemos sentirnos felices somos nosotros, internamente. Y cuando nos paramos del lado de la amargura es porque estamos viendo sólo una parte de las cosas, eligiendo el lado negativo, amargo, triste, sin sentido. Eligiendo verlo así.

Y de esa porción que depende de nosotros mismos, de ese porcentaje, hagamos lo que tenemos que hacer, lo que creamos que es lo mejor que podemos hacer, para nuestra propia tranquilidad. A veces es solo cuestión de ir encontrándole la vuelta a las cosas. Mi amiga Andrea está en Barcelona, hoy “charlamos” un rato largo por WhatsApp, y yo tenía muchas ganas de verla, abrazarla, estar con ella, allá o acá. Yo podría lamentarme y decir, que lástima, ella está taaaan lejos… Ninguna de las dos estábamos lejos hoy. Las dos estuvimos un rato juntas, charlando, y el abrazo que le mandé le llegó, porque los sentimientos se mueven en un plano distinto. No puedo mentirme y decirme que lamento que esté lejos (en realidad ambas estamos a la misma distancia la una de la otra), porque estar lejos es sólo una actitud mental, no de la métrica. No puedo lamentarme porque lo que veo es cuánto la quiero. Y lo que me alegra el día es saber que vive en mi ese sentimiento.

Entonces, en esa otra porción que no podemos o creemos que no podemos modificar, tenemos que descubrirle el lado amable, el lado que tiene sentido para nosotros, porque lo tiene. Si te quiero y no estás conmigo, rescato el “querer” y no la ausencia. El querer depende de mi. Y la ausencia, en definitiva, no siempre es ausencia. Alguien que haya pasado por la muerte de alguien muy amado sabe que ni así la ausencia es tal. Los objetos de amor se introyectan, se incorporan a nosotros, son parte nuestra. Por eso el duelo puede hacernos superar la ausencia física, pero no siempre nos hace dejar de querer.

La resignación es una actitud pasiva, de derrota. La aceptación es una actitud activa, donde nos involucramos con las circunstancias más allá de lo que en el momento entendemos como bueno o malo, y trascendemos la valoración. La resignación deriva en tristeza y desgano, y es la excusa perfecta para no hacer nada (si nos resignamos creyendo que nada podemos hacer, ya no tenemos la “obligación” de hacer algo, ¿no?). La aceptación nos abre puertas y posibilidades. Y es la base para proyectar los cambios.

Gracias Andre, por la charla de hoy. Yo también me quedé con cara de feliz cumpleaños.