Por un ratito, primero yo

Mis pacientes conocen un ejemplo que suelo dar: cuando viajás en avión hay indicaciones de seguridad en el momento del despegue. Ahora suele ser un video, antes era siempre una azafata quien te explicaba que, en caso de viajar con niños o personas que requieran asistencia y de producirse una emergencia, al caer las máscaras de oxígeno primero debemos usarlas nosotros y luego colocarla al otro.

Cada vez que pregunto “a quién le colocarías primero la máscara, a vos o a tu hijo?”, invariablemente la respuesta es “a mi hijo”. Si fuera así, la consecuencia sería que te quedarías sin suficiente oxígeno y te desmayarías, y no podrías cuidar a nadie.

En la vida de todos los días es igual. Cuando no guardamos una reserva para nosotros mismos, no podemos seguir sosteniendo a los demás. Hay un narcisismo bueno, un egoísmo bueno que nos protege para seguir sanos y con energía.

No podemos querer a los demás si no nos queremos. No podemos cuidar a nadie si primero no nos aseguramos estar bien nosotros. Ahí donde comienza el sufrimiento, el dolor, el malestar es el momento de preguntarse por qué razón nos ofrecemos para el sacrificio.

Para muchas personas esto es natural y también están las que no registran las necesidades de su entorno. Pero para algunos es muy difícil ponerse como prioridad porque comienzan a sentirse culpables. Cambiemos la palabra “culpa” por “respondabilidad”. Miremos si estamos asumiendo responsabilidades ajenas, pensemos que si cargamos de más nuestra mochila no sólo no la vamos a poder llevar sino que el dueño real de la carga no va a aprender nada.

Dediquémosle tiempo a cuidarnos y a querernos. Tenemos una sola vida y pasa demasiado rápido. Nos merecemos ratos de descanso, de alegría y de disfrutar. El buen amor comienza por nosotros.

Psi

ImagenTengo una orgía de palabras

que se enroscan

y se funden

en mi mente.

Son, según Lacán,

mi síntoma.

Siguen, como en “Encore”,

dando lo que no tengo,

a alguien que no lo es.

Se pueden ir

todas mis palabras

al infierno.

Sólo necesito una

y es la única

que no puedo pronunciar.

Un nombre,

impronunciable,

es mi sinthome.

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Hay cosas (situaciones, circunstancias, sentimientos) que no podemos cambiar.

Hay cosas que no dependen de nosotros.

Hay cosas que no podemos superar.

Hay cosas que son una quimera.

Pero podemos aceptarlas.

Podemos aprender a vivir con ellas.

El camino de la menor resistencia es la no-resistencia.

Intentar olvidar es el camino de la máxima resistencia.

Hay que llevar con valentía los acontecimientos de la vida, sus desafíos.

Saberse no querido, dejado de lado, ignorado, no nos dice nada de nosotros, nos habla de preferencias de los demás.

Ahí quizás el desafío sea aprender a vivir sabiendo que, aunque no nos quieran, somos valiosos. Y que incluso así, tenemos que aprender a sostener lo que sentimos sin resistirnos, sólo abocándonos al duelo.

No se duelan solo a los muertos reales, a aquellas personas que dejaron de vivir. Los sentimientos, los sueños, las emociones, las ilusiones, los recuerdos, todo eso que alguna vez sentimos o que seguimos sintiendo, también deben ser duelados cuando llega el momento de confrontarnos con una verdad que nos dice que hicimos todo y que ya nada depende de nosotros.

Sólo así podemos reconciliarnos con nosotros mismos y curarnos.

Cuando nos engañamos, tendemos al fracaso, a repetir, sin recordar, sin elaborar.

No se trata de conformarmos. No se trata de dejar de luchar por nuestros sueños. Se trata de aceptar los límites que otras personas o que las circunstancias nos imponen, deponiendo así nuestra omnipotencia. A veces, cuando las cosas no dependen sólo de nosotros, tenemos que aceptar esos límites.

Duelar lo que fue es dificil. Duelar lo que sigue vivo en nuestro interior es más dificil todavía y doloroso, porque es una parte de nosotros mismos a lo que tenemos que renunciar, lo que tenemos que reconocer como algo que pereció o que necesita perecer. Cuesta desprenderse de alguien, pero más cuesta desprenderse y desapegarse de nuestros propios sentimientos, porque son parte de nosotros mismos, porque es algo de nosotros lo que está muriendo.

Pero sin un duelo las heridas que nosotros mismos nos causamos, no cierran.

Y es necesario cerrar heridas para seguir viviendo y creyendo.

Construir un futuro feliz, o un futuro mejor, no depende totalmente de nosotros, pero en gran parte sí. Evaluando nuestro presente podemos corregir el rumbo. Enfrentando el hoy e intentando que nuestro aquí y ahora sea lo mejor posible también construimos futuro. Y en realidad, lo único que tenemos es el hoy, el presente, ya que el futuro cuando llega es hoy.

Duelar lo que se muere, aunque sea doloroso, nos conduce a un presente mejor.

Aunque tengamos que gastar papel, tinta y palabras para convencernos…

El anuncio

Cuando se despertó todavía era de noche. Hacía frío. Sentía un placer inexplicable en levantarse de la cama en pleno invierno con apenas un short y una remerita de verano y buscar el saco colgado en su placard… Nunca lo dejaba cerca, porque nunca sabía si lo iba a usar o no.

Su vida estaba en las antípodas de lo que podía considerarse una vida rutinaria. Se levantaba casi siempre a la misma hora, pero nunca ponía el despertador a la misma hora. Aunque sea por llevarle la contra a la rutina, siempre había una modificación de más-menos cinco minutos. Era muy poco, pero era su lucha personalizada por no hacer todos los días lo mismo. Su situación laboral le permitía llegar a su trabajo sin un horario fijo, por lo tanto nunca nadie sabía a qué hora exacta llegaría. A veces abría el despacho ella misma, encendía las luces, y organizaba el día. Algunas pocas reuniones y entrevistas para tener mojones en la ruta era lo más estructurado que resistía.

Nunca pudo organizar un menú semanal, pero siempre se las había ingeniado para que su familia siguiera una dieta absolutamente equilibrada de proteínas, hidratos, fibras y grasas. Pero no existía un “día de pastas”, “día de pizza”, “día de carne”. Era una persona que salía a la calle a comprar un cuaderno para su hijo y podía volver con el cuaderno y dos latas de pintura, porque se le había ocurrido que quería cambiar el color de su dormitorio. Se alegraba de que, en definitiva, nunca sabía bien como iba a discurrir su día, salvo su vida laboral…

Pero cuando se levantó ese día sabía que todo estaba bastante armado. La planificación le gustaba, eran todas cosas que tenía muchas ganas de hacer. Pero algo en su interior había pasado, porque se levantó con una angustia terrible que le oprimía el pecho. Sentía ganas de hacer algo que hacía mucho tiempo había dejado de hacer: llorar. Se dió cuenta, incluso, que ya no tenía práctica y que las lágrimas, que la hubieran aliviado, no salían.

Fue al dormitorio de su hija y la vió dormir. Era sábado, podía dejarla un rato más hasta arrancar con las actividades proyectadas, muy poco usuales para un sábado, y que tanto las ilusionaron a ambas cuando las organizaron. Su hija necesitaba un padre, hacía mucho que lo venía pidiendo con sus actos, pero últimamente había comenzado a decirlo con palabras. Se preguntó si habría un lugar donde uno pudiera poner un anuncio y describir al tipo de persona que necesitaba: “busco hombre, fundamental que sea buena persona, que no sea mentiroso, que ame los chicos, los animales y las plantas, preferentemente deportista, que le guste el campo y la montaña, compañero, que no hable mucho pero que sea demostrativo en sus afectos, sensual, y sobre todo, libre de alma”.

Se rió de si misma, como hacía todo el tiempo. Su descripción no tenía ni requisitos físicos ni de cuestiones económicas y financieras… Por suerte ese lugar no existía, el solo hecho de entrevistar a los pocos tipos que cumplieran con esos requisitos y a los muchos mentirosos que se podían presentar, le sacaba las ganas.

La angustia crecía. Mientras tomaba un café negro, largo y demasiado fuerte para su estómago, recordó la conversación con una amiga, el día anterior. “Te exigís mucho, permitite equivocarte, tal vez te llegó la hora de admitir que todo eso fue un error”, le había dicho. Era cierto, hacía mucho que no se daba permiso para cambiar de opinión. Creía que luchar hasta las últimas consecuencias por todo era su destino inevitable y que la palabra “renunciar” no existía en su diccionario.

Sin darse cuenta las lágrimas empezaron a salir. Primero una. Era doloroso, sentía que se desarmaba, que una sutil desesperación comenzaba a invadirla. Después fue otra, y así empezaron a sucederse, como si una grieta hubiera comenzado a abrirse en su alma y todo eso que la desbordaba no cesaba de brotar.

La gran contradicción de su vida se había vuelto de agua y no paraba de arrastrarse por sus ojos, como si en eso se le escapara la vida. Tenía que dejar salir toda esa gran contradicción y liberarse también de eso. Era tremendamente agotador vivir como alguien fuerte, sosteniendo a todos a su alrededor, cuando en realidad, era ella quien, después de todo lo vivido, necesitaba un poco de sostén. ¿Por qué seguir insistiendo en ser una mujer con capacidad para entender al resto del mundo, cuando en realidad lo único que quería era que la entendieran un poco a ella y que le dieran exactamente lo que necesitaba? ¿Pedía mucho, era demasiado?

¿Y qué necesitaba? ¿Seguir creyendo en las libertades personales de los demás cuando la única libertad que nadie tenía en cuenta era la suya propia? ¿Seguir esperando de la vida definiciones que no iban a llegar nunca? Tal vez su amiga tenía razón: había puesto todo en un sentimiento que era una quimera, y esa mañana sentía que esos sentimientos habían entrado en terapia intensiva. Pensó que tal vez necesitaba un poco de cuidados, algo así como esos que ella vivía prodigando a quienes la rodeaban. Pensó que tal vez no era tan sano dejar que los demás hicieran lo que quisieran sin importarles nada, y que necesitaba exigirle un poco, al menos, a la vida. Pensó que tal vez tendría que reconocerse a si misma que no era tan fuerte como creía y que necesitaba que la cuidaran, que le dijeran que la querían, que le demostraran cuántas ganas tenían de estar con ella y que estuvieran.

Lo que estaba en terapia intensiva era una forma de comportarse ante el mundo. Había una fortaleza construida a lo largo de los años que se había agrietado. Se sintió triste por todo lo que iba a perder si intentaba cambiar algunas cosas. Pero tal vez existiera la posibilidad de encontrar algo mejor. Pensó en el anuncio y sonrió. Quizás no estuviera tan mal que existiera un lugar donde publicar un anuncio así. Seguramente en todo el mundo existiría alguien que también estuviera dispuesto a disfrutar la vida con intensidad, como merece ser disfrutada, y no viviendo en la mediocridad.

Podía poner en terapia intensiva todo, menos sus ganas de vivir.

 

Carta de Friedrich Nietzsche a Lou Salomé, diciembre de 1882

Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú:

ignorante pero con mucho ingenio
capaz de aprovechar al máximo lo que conoce
sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia
sincera y justa en minucias, por tozudez en general

En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida:
insincera
sin la menor sensibilidad para dar o recibir
carente de espíritu e incapaz de amar
en afectos, siempre enferma y al borde de la locura
sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…

en particular
nada fiable
de mal comportamiento
grosera en cuestiones de honor…
un cerebro con incipientes indicios de alma
el carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico
nobleza como reminiscencia, del trato con personas más nobles
fuerte voluntad, pero no un gran objeto
sin diligencia ni pureza
sensualidad cruelmente desplazada
egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual
sin amor por las personas pero enamorada de Dios con necesidad de expansión
astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina

Friedrich Nietzsche