No somos invisibles, a veces, somos ciegos

El otro día una paciente me decía que se sentía “invisible”: “nadie me mira”, “nadie me registra”, “no soy atractiva”, “no le gusto a los hombres”… Estas eran algunas de las sentencias que cargaba a sus espaldas. Y, sin ánimo de ser conductista, parecería que a tanto que se las fue repitiendo o que se las repitieron, se las creyó.

No siempre es la repetición lo que hace a la creencia… es que seguramente de algún lado esas frases vinieron, no de si misma, sino de algún mandato proveniente de algún significante. Sin embargo, esa mujer que tenía ante mi necesitaba, con cierta urgencia, poner en duda ese mandato.

Le pedí que me contara cómo caminaba por la calle… Nunca le había prestado atención a eso, no sabía. Le pedí que me mostrara lo que yo ya había visto cada vez que la observo llegar al consultorio: la cabeza ligeramente inclinada, la mirada esquiva, tímida, pese a que hablando se la ve desenvuelta y segura. Le pregunté por qué se fijaba en el suelo, y me respondió porque tenía miedo de meter el pie en algún agujero y caerse…

Eso me hizo acordar a que, generalmente cuando decimos que alguien se equivoca, usamos la frase “meter la pata”… Y esto sí tenía mucho que ver con su historia y con todo lo que sus padres le habían inculcado desde su infancia…

Hacía un tiempo que ella estaba preparada para escuchar algunas cosas que fueron surgiendo de su terapia, precisamente respecto a esos mandatos. No iba a adelantarme a decirle nada, pero tal vez con un pequeño empujón más pudiera reaccionar. Se sorprendió cuando le mandé una “tarea” para que hiciera hasta nuestra próxima sesión: que prestara atención, cuando estuviera en la calle, a su forma de caminar y que en vez de mirar las baldosas (cosa que, le dije, podía controlar con su visión periférica) tratara de mantener la vista perpendicular al piso, como si buscara el horizonte, y que intentara mirar a las personas.

A la semana siguiente lo primero que me dijo fue: -“no soy invisible!!!!!!”. Al levantar la vista y mirar a los demás, descubrió que también la miraban. Descubrió que, incluso, muchos hombres le sonreían, o le sostenían la mirada, o la esquivaban, o no se daban cuenta que estaba, o se daban vuelta para mirarla, o le decían algo, o intentaban hablarle…

No somos invisibles. Lo que a veces pasa es que somos ciegos y no miramos. Siempre alguien nos ve, pero si no tenemos los ojos del alma abiertos y atentos, no nos damos cuenta. Cuando solo miramos hacia nosotros mismos, o agachamos la cabeza porque cargamos en nuestra espalda la mochila de no ser dignos de amor, creemos que nadie nos ve. Cuando hubo otros significantes que no nos miraban lo suficiente, tenderemos a afrontar el mundo desde un lugar de insignificancia, tenderemos a generalizar y creer que nadie nos mira. Y esa pesada carga a veces es muy difícil de aligerarse. Pero no imposible.

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