Caroline, la luz y la oscuridad

monos-sabiosHace unos años tuve una paciente que voy a llamar Caroline, por Caroline Ingalls. Caroline había sido criada dentro mandatos sociales muy claros: la mujer debe casarse, tener hijos, cerrar los ojos, y poner cara de felicidad. Caroline había aprendido muy bien eso y tenía una familia Ingalls que, vista desde afuera, era la familia perfecta: un marido trabajador y proveedor, hijos estudiosos, hijas que no se ponían botas negras y minifalda porque creían que eso era para chicas “indecentes”, casa, auto, jardín, iglesia y vacaciones.

Pero algo la trajo a la consulta, la trajo todo lo que no podía decir y que costó mucho esfuerzo que pudiera siquiera animarse a enfrentarlo.

Caroline era la Sra Ingalls en la ideología, pero no tenía nada que ver con el aspecto de la actriz. Caroline, sin importar su descripción física en lo más mínimo (porque acá no es cuestión ni de gordura, ni de falta de cintura, ni de cabellos deslucidos, ni de joggineta como religión), impresionaba abandono. Borrados sus caracteres sexuales secundarios, parecía que había eliminado de su vida todo rastro de sensualidad. Caroline era puro “Demeter”, pura madre, The Big Mother, y una mujer que se pone en esa posición en forma exclusiva, amordaza a su Afrodita interior y nos transmite esa imagen desexualizada a años luz de todo lo que las mujeres hacemos para seducir, desde que nos miramos al espejo e intentamos seducirnos a nosotras mismas, hasta aquellas que van por la vida seduciendo hasta a las piedras. Tenga 5, 15, 30, 50 u 80 años.

La sexualidad nace y muere con nosotros. Somos seres sexuales y, como decían Freud y Dr. House, siempre se trata de sexo.

Caroline no podía poner en palabras muchas cosas. No tenía tampoco bien en claro por qué había decidido iniciar terapia, pero estaba sentada frente a mi en la primera entrevista con una gran sonrisa que no coincidía con la expresión de sus ojos. Años de lectura de las enseñanzas de Paul Ekman y de observar personas y lo que dicen sus cuerpos me dieron suficiente background para dividir mentalmente una cara y darme cuenta cuando la sonrisa camina para Marquez y la mirada va en tren rumbo a Tigre. Llevó mucho tiempo que Caroline se animara a contar sobre sus frustraciones, sobre lo que había detrás de las apariencias, sobre su paupérrima vida sexual con su marido, sobre el impacto de haber perdido a sus padres. Caroline era una estructura de apariencias con un gran sufrimiento interno.

Caroline hablaba y hablaba, pero no decía nada. Su tema de conversación preferido eran sus hijos. Pura palabra vacía, bla bla bla, tuve que medir con mucho cuidado mis intervenciones. Todo indicaba que ella internamente sospechaba que su marido tenía un affair con otra mujer, pero Caroline cerraba bien fuerte los ojos, la boca y los oidos. Y más fuerte cerraba todavía la nariz y la piel, porque si hay un lugar donde las personas perciben estas cosas son a través de la nariz y la piel. Y esto no es poesía, es química de hormonas, neurotransmisores y feromonas. Las feromonas se respiran, el mensaje llega al cerebro, y ahí se decodifica y se mandan las señales de alerta. Me da gracia cuando alguien dice que el último en enterarse es el o la “víctima” del engaño, porque siempre, en realidad, fueron los primeros en saberlo.

Una situación así en una pareja no es algo irremontable. Con la estructura familiar de contención (nota al pie: familia no es lo mismo que pareja, son sistemas superpuestos pero no son lo mismo), con un buen pasar económico y con alguien al lado dispuesto a perpetuar la mentira, Caroline tenía todo a su favor. Con mucho cuidado empezamos a sumergirnos un poco en esa relación. De a poco pude enterarme cuáles eran las cosas que Caroline quería de su marido: era buen padre (respuesta básica primaria si lo miramos desde la Psicología Evolutiva), buen proveedor, no era una persona violenta, se ocupaba de todo y sobre todo, era una persona honesta y sincera, dos características que siempre se encargaba de destacar sobre todas las cosas. Tenían algunas discusiones propias de la convivencia, tenía “quejas” como cualquier persona que convive con otra, y cada uno con sus caracteres que eran absolutamente irrelevantes a la hora de entender la dinámica de esa pareja. Pero eso era, básicamente, lo que Caroline quería de él.

Caroline se había enamorado en algún momento del ideal del Yo de su marido.

Una de las preguntas que algunos psicólogos nos hacemos -al menos los psicólogos que entendemos que siempre estamos hablando de Amor dentro del consultorio- es qué nos enamora de una persona. Buscamos en estudios como los de la antropóloga Helen Fisher, buscamos en el Psicoanálisis, buscamos en la Psicología Evolutiva, buscamos en los relatos de nuestros pacientes, buscamos en nuestras vidas, buscamos en la vida en general. Todo va conformando un mosaico para que podamos armar un plexo teórico que nos de herramientas para entender a ese dolor con forma de humano que tenemos delante.

Caroline amaba lo que seguramente era el ideal del Yo de su marido. Que coincidía con su propio ideal de Sra Ingalls criada bajo mandatos ancestrales y pétreos. Siempre el entrelíneas dejaba ver que Caroline sabía del engaño y la mentira con la que convivía. Pero no podía ponerlo en palabras. Eso le acarreaba un sufrimiento y un desgaste de energía psíquica puesta al servicio de mantener las apariencias, propiciado por algún rasgo masoquista. La pregunta era ¿por qué elegir vivir así?

Llevó más tiempo todavía que Caroline recordara que había habido un engaño confesado hacía muchos muchos años. Caroline, por las circunstancias, por la vida, por los mandatos, por el amor, por lo que fuera, había perdonado. O eso decía.

Pero Caroline se había armado una estructura tal donde podía obtener el beneficio secundario (entendido en el alcance que le da Freud cuando habla del síntoma) a diario: detrás de todo rasgo masoquista, hay uno sádico, son binomios, y Caroline se aseguraba de llevar adelante su castigo con una sonrisa fingida en los labios y con una habilidad increíble en el manejo de las culpas ajenas. Caroline castigaba duro ofreciendo una apariencia desexualizada y deserotizada, desganada totalmente a la hora del intercambio de fluidos, una pura convocatoria a la frustración, no ya propia sino a la frustración de su marido. Una invitación a la huida. ¿Su beneficio secundario de tener una vida sexual así? Castigar, castigar y castigar. Caracteres maternos exacerbados (que ahuyentan el erotismo de un hombre que ha llevado a pique a su complejo de Edipo), Caroline en privado y en público se ponía un cartelito de neon que decía “no quiero sexo con vos” y seguía acumulando abandono en su apariencia física. Pero no estaba dispuesta a soltar a la presa. Precisamente porque su libido estaba puesta al servicio del castigo de lo que nunca había podido perdonar ni superar. Ese era su premio.

A veces nos preguntamos en charlas entre psicólogos por qué la gente elige y decide tener vidas de mierda en una actualidad que nos da todo como para ser sinceros y felices.

Lo que Caroline no podía decir era lo que realmente saltaba a la vista respecto a su marido. De sus sueños (única forma a través de la cual pude entender algo) lo que surgía era siempre la presencia de un hombre hipócrita, insincero, mentiroso y egoista. Las sesiones terminaron abruptamente cuando intenté vincular al hombre de sus sueños (vaya frase) con el hombre de su realidad de todos los días.

Caroline simplemente no podía ver la oscuridad en su marido. Sólo quería ver la luz. Y no podía poner esto en palabras. Ella no quería al ser de luz y de sombras. Ella quería al ser de luz. Y las personas no somos sólo luz, somos luz, sombra, blanco, grises y con suerte, colores y música. Caroline cerraba los ojos, la nariz y su piel porque no podía darse el lujo de tener a su lado un ser humano normal, con aciertos y desaciertos, ni podía poner en palabras lo que sentía respecto a todo eso. No podía destronar a Charles Ingalls, sino a costa de denigrarlo de tal forma que se transformara en Jack el Destripador, destructor de la familia, mal padre, hipócrita que los había engañado a todos y condenarlo a los fuegos eternos. La lucha de Caroline estaba centrada en mantener la apariencia de lo que no era y a perpetuar a su familia en la mentira más rotunda. Para eso tenía un marido que le era absolutamente funcional y cedía siempre.

Así, su falta de herramientas para afrontar una vida real en vez de una vida de mandatos y novelas, no la hacía infeliz a ella sola, sino que hacía infelices a todos, ya que lo no dicho convive en el aire que respiramos y se filtra como el agua hasta los cimientos.

Aunque hice todo lo posible en aquellos tiempos por ser cauta en mis intervenciones, me equivoqué y eso terminó abruptamente con las sesiones. La excusa tonta que puso ya ni la recuerdo.

Esta semana me sorprendió que Caroline pidiera volver. Lo primero que me contó es que hacía unos días había tenido relaciones con su marido y eso la había dejado totalmente angustiada. Habiendo aprendido la lección, sólo callé. No pude dejar de fijarme en su pelo en toda la sesión: lo tenía peinado con raya al medio y con dos hebillitas a los costados, como si fuera una nena de siete años. Su sonrisa le hacía juego. Tenía tanta angustia contenida encima y que no podía expresar que la pude sentir en mi propio cuerpo. Preferí no preguntarle nada. Ella tampoco me dijo si quería volver.

Cuando amamos sólo una parte de una persona, corremos estos riesgos. Cuando no podemos aceptar que delante nuestro tenemos un ser humano integral, cuando no entendemos que todos tenemos luz y sombra, que todos podemos mentir, que todos podemos ser “buenos” y “malos”, que todos tenemos cosas de nosotros mismos que no nos gustan, que todos cometemos aciertos y errores, que no somos perfectos y que simplemente somos -tal vez- el escalón superior de la pirámide biológica, mezcla de animal y cultura, llenos de hormonas y neurotransmisores que nos gobiernan, no podemos ser felices.

Y la vida es muy corta para no intentar ser felices.

Caroline es feliz a su manera, por eso no se si le interesa estar en un proceso terapéutico. Perpetuar el engaño en el que vive le da el poder de castigar y de ahí saca su felicidad. Me pregunto si ella estará dispuesta también a ver su propio lado oscuro.

We are like quarks. Quarks, the adorably named building blocks of protons and neutrons, come only in groups, never alone. Apparently, the force that binds quarks together increases with distance, so the farther one tries to pry a lone quark away, the harder it will pull back. Therefore, free quarks never exist in nature. So, the farther any force tries to keep us apart, even me, even you, the harder we will be together. This is what Stephen Hawking basically says in The Grand Design, and, as he said too, we don’t need a gook to explain this. 

“Vos que sos psicóloga…”

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Hay personas que siempre saben “aprovechar” la circunstancia de cruzarse con un conocido o amigo que ejerce una profesión determinada para hacer una consulta inoportuna. Así, para los médicos es tedioso estar en una reunión, almuerzo, cena y que venga alguien a decirles: “vos que sos médico, sabés lo que me pasó? Resulta que el otro día…”. Claro, la pretensión es que ahí, en la reunión, almuerzo, cena o lo que sea, el discípulo de Galeno lo escuche como si tuviera su guardapolvo blanco puesto, lo diagnostique y lo cure. A veces la consulta es sobre traumatología, y el médico en cuestión es ginecólogo, así de desubicadas somos las personas.

A todos los profesionales o expertos en algo nos pasa eso. Pero a los psicólogos en particular nos pasa más seguido, porque ahí ya no importa qué tan amigo o conocido sea el interpelador, ahí cualquiera se larga y te espeta el famoso “vos que sos psicóloga….” o “te lo pregunto porque vos sos psicóloga”…

Los psicólogos muchas veces nos cuidamos bien en las reuniones de decir que somos psicólogos. Hace un tiempo adopté la costumbre de, al ser preguntada sobre qué hago (la gente generalmente te pregunta “qué sos?” para referirse a qué estudiaste, cosas bien distintas, pero esa es otra cuestión) tomé la costumbre de decir “cocinera”. Costumbre que voy a mantener, por cierto.

Pero, con los amigos, es difícil mantenerse al margen, porque te llaman a cualquier hora y pretenden que les des el diagnóstico profesional de la situación y además la opinión de amiga. Y es un planteo más complejo de lo que ellos mismos piensan, no por lo que vengan a contar, sino por los lugares que pretenden que ocupemos simultáneamente. (Por supuesto, hay excepciones, cuando la consulta es de una urgencia o una gravedad que amerita una conversación o una intervención de emergencia, si hay una vida involucrada. En todos estos años me pasó sólo una vez.)

Creo que esto pasa por responsabilidad de los propios psicólogos, que no hemos sabido explicar bien nuestro rol.

Más allá de las distintas psicoterapias que se puedan llevar adelante en un consultorio (tomando un consultorio como uno de los dispositivos posibles en la práctica terapéutica) una de las cosas que habría que dejar en claro es que los psicólogos no somos consejeros. Dar consejos no es una actividad principal del psicólogo, sino que únicamente se puede echar mano a ese recurso en situaciones muy particulares que la ameriten o en forma genérica al público sobre temas particulares. Obviamente si viene un paciente en una fase maníaca que pretende casarse con alguien que conoció hace tres días, vamos a aconsejar que no lo haga, porque sabemos cómo opera ese mecanismo en él, pero estos son casos excepcionales. O quizás no sean tan excepcionales, pero si debe tenerse en claro que no deben ser la regla general. Freud ha dado ejemplos concretos al respecto.

Los psicólogos no damos opiniones personales durante la consulta. En el momento de la consulta, nuestro ego no debe participar de la sesión, debe quedar afuera. Y esto debería ser así aún en el caso que el terapeuta siga una terapia cognitivo-conductual. El ego nuestro no es lo importante, sino siempre, sobre todas las cosas, es el sujeto que se esconde detrás del paciente a quien tratamos de convocar, para que él sepa qué quiere y dónde está puesto su deseo. Cuando un psicólogo da una opinión durante su consulta, generalmente se trata de una intervención, de la aplicación de un recurso en forma premeditada. La excepción es cuando debemos dar una opinión profesional sobre un tema, o cuando escribimos un artículo asumiendo una posición sobre un tema determinado, pero no es algo que hagamos para casos puntuales -salvo que estemos analizando una viñeta clínica- y siempre tratamos de llevar el caso puntual a lo genérico, al campo de las preguntas que podría hacerse quien nos hace una consulta. Siempre tratamos de llevar a la tierra de la reflexión, de que la persona que viene y nos dice “Qué te parece esto a vos, te lo pregunto porque sos psicóloga” pueda ella misma abrir un espacio donde interrogarse en lugar de interrogar a otro.

Los psicólogos no andamos por la vida interpretando a nadie. Sólo interpretamos a nuestros pacientes. Todo lo demás es un análisis salvaje e irresponsable. A veces, también es una fantasía, con un color un poco persecutorio, de quien se cree siempre el centro de atención de las interpretaciones de los demás. Siempre se presenta un “vos que sos psicóloga, cómo interpretas esto que soñé?” y aún pudiendo tener alguna percepción de qué se esconde detrás del sueño que nos relatan, debemos callar, porque la única persona con autoridad para hacer una interpretación de ese sueño es el terapeuta del paciente. Y por favor, en ese caso, que sea un terapeuta con formación psicoanalítica.

Eso no significa que internamente a veces las cosas se nos presenten fosforescentes en una situación dada. Es cierto que tenemos una escucha absolutamente preparada para detectar las manifestaciones del inconsciente (una escucha y una mirada) y que a veces no podemos evitarlo simplemente porque nos pasa. Nuestras herramientas son escuchar y mirar. Pero en esos casos, si actuamos responsablemente, debemos callar.

Por eso, si  me llama una amiga para pedirme una opinión con el título “vos que sos psicóloga” le tengo que aclarar que en este caso va a ser más útil para ella que le de mi opinión de amiga. Porque entonces ahí le puedo hablar de valoraciones, oportunidades, estrategias y le puedo dar mi opinión, algo que no debo hacer como psicóloga.

Los psicólogos debemos siempre cuidar nuestra profesión. Las profesiones relacionadas con la salud en general, pero en especial con la salud mental, tienen que ser ejercidas por personas conscientes de la responsabilidad que implica. Y a veces no está de más aclararles los tantos a los amigos, a los conocidos, o a ese desubicado o desubicada que sin conocerte viene y te dice “vos que sos psicóloga…” y pretende que le demos una opinión sobre un caso concreto, decir con claridad que eso no nos está permitido. Al amigo le vamos a decir lo que pensamos desde nuestro lugar de amigo. Al conocido, evaluaremos una respuesta adecuada. Al desconocido, le negaremos la respuesta de la forma más amable que nuestro estado de ánimo nos permita.

El acceso a la mente y a sus complejidades, el acceso al conocimiento de las emociones, de los sentimientos, de los dolores, de los pesares, de las angustias de las personas, entre otras muchas cuestiones, no es algo ni simple ni que se pueda hacer a la ligera, ni que se aprenda en un ratito. Es por eso que los psicólogos debemos exigir el respeto de nuestra profesión, debemos defenderla contra la proliferación de nuevas capacitaciones que tienden a confundir al público ofreciendo servicios que nada tienen que ver con la salud  mental y que se presentan como “profesiones” (servicios de counselor, de coaching, etc) y que deben ser bien delimitadas y especificadas sus incumbencias y sus responsabilidades. Y que, sobre todo, debemos honrarla, con una capacitación permanente, con nuestro análisis y autoanálisis y revisando día a día como venimos en eso del deseo del analista, sea desde el marco teórico que sea, pero siempre ejerciéndolo con responsabilidad y con honestidad.

BienEntenderse: La responsabilidad en los procesos de la #comunicación y los malosentendidos (si, todo junto)

“Digo como para no decir, siempre vuelvo a eso, que el inconsciente está estructurado por un lenguaje” Lacan, Encore.

Llego a casa y mientras me preparo para arrancar una tarde de consultorio, me siento un rato con mis hijas. A los dos segundos se presenta un breve conflicto en virtud de algo que dice una de mis hijas -la “emisora”-, la interpretación de mi otra hija -la “receptora 1” y mi propia interpretación -la “receptora 2”.

Mi hija emisora se ofendió porque entendimos algo distinto a lo que tenía en mente y se fue a su cuarto, las dos receptoras nos miramos y fuimos a buscarla inmediatamente.

Trato que los malosentendidos en casa se despejen rápidamente, ya bastante tengo con los off-doors que no son tan fáciles de solucionar. Las ganas de solucionar un malentendido a veces es inversamente proporcional a su complejidad, a veces la propia complejidad es un motivador eficaz, a veces es simplemente no tener ganas de solucionarlo porque el malentendido, también, al interrumpir el proceso comunicacional, protege… A veces el malentendido es, en realidad, un haber entendido muy bien el mensaje y que no haya nada distinto que bienentender.

La mayoría de los malosentendidos tienden a agravarse a medida que pasa el tiempo, crecen exponencialmente, hay que frenarlos muy rápido porque después cuesta mucho deshacer la madeja de lo que uno quiso decir y lo que el otro pudo interpretar. Hay malosentendidos dañinos, que lastiman y que dejan huellas. Hay algunos que no pueden terminar de solucionarse nunca. Hay otros que le ponen fin al proceso comunicacional.

De eso va la cosa parece, de lo que uno quiere decir y de lo que el otro puede interpretar.

La operación del ser hablante cuando quiere comunicar es mucho muy compleja. Se articulan aspectos neurológicos, fisiológicos y psicológicos. Partamos de la base que los pensamientos son química neuronal en nuestro cerebro y que esa química va a pasar por el lenguaje para transmitir lo que básicamente son imágenes -visuales, auditivas, kinestésicas, etc- transformadas en palabras. Cuanto más abstracta sea la idea que tenemos en mente, más difícil se hace generalmente su traducción en un código compartido entre emisor y receptor.

Cuanto más código compartamos -lenguaje oral, lenguaje corporal, conocimiento de las entonaciones y buena lectura de los estados de ánimo a través de señales diversas- la comunicación va a ser más fluida. Cuanta más intimidad compartimos entre emisor y receptor vamos a suponer que más código común poseemos.

Y aún así, podemos caer en interpretaciones erróneas, incluso en mensajes muy básicos.

Compliquemos más aún el panorama recordando que existen actos fallidos en los discursos que dicen lo que no queríamos decir. O sea, hay un inconsciente en el hablante, cuyo proceso el propio ser parlante desconoce, pero que siempre se las arregla por salir a la superficie y ponerse en evidencia.

Volviendo, el mini diálogo fue el siguiente:

– Hija 1: “Má, tenés que llevarme a comprar un regalo para Emi porque es su cumple”

– Madre que siempre se equivoca y nunca entiende nada: “¿Ahora? No puedo, tengo consultorio”

– Hija 2: “¿Por qué siempre le imponés las cosas así de una? Recién llega!!!”

– HIja 1: se va ofendida

A los dos segundos estábamos bajando los decibeles de la ofuscación de la hija 1 incomprendida por su madre y su hermana y preguntándole las 6 W que faltaban para conocer cualquier hecho: Qué -What-, Quién -Who-, Cuándo -When-, Dónde -Where-, Por qué -Why- y Cómo, que en realidad es una H y no una W -How-.

Lo que mi hija tenía en mente era que el día x era el cumpleaños de su amiga y quería ir a comprarle determinado regalo, quería que fuéramos juntas por varias razones y además, quería ir a un lugar determinado, al cual prefería ir en auto y no en colectivo. Claro que esto no era necesariamente hoy, sino que podía ser mañana, el sábado o incluso también, el domingo. Las varias razones eran varias realmente, con lo cual podemos ver que los pensamientos que tenía en mente eran, pese a lo básico de la situación, complejos. Y sobre todo, me resultaban absolutamente desconocidos.

Como buena defensora de su posición que es mi hija, me atribuyó la responsabilidad total por haberla malinterpretado. Al final de nuestro diálogo acordamos que la responsabilidad, si bien era conjunta, pesaba mayormente sobre ella, por ser la emisora de un mensaje nuevo, o sea, quien quería no sólo transmitir una información que yo desconocía, sino que además, quería motivarme a realizar algo. Más adelante me voy a referir a la parte de responsabilidad mía en el asunto.

La responsabilidad por la comprensión de la información que transmitimos pesa sobre el emisor. Quien tiene un pensamiento en su mente tiene que pasarlo a un código compartido con su interlocutor, lo cual será más simple o más arduo dependiendo de la cantidad de código que se comparta entre ambos (lo cual a su vez depende de muchos factores, pero fundamentalmente del grado de intimidad). Hay veces que podemos ser escuetos en detalles, pero otras veces, no. Si yo escribo la palabra “silla”, quien esté leyendo esto va a imaginar una silla en su mente, pero difícilmente sea la misma silla en la que yo estoy pensando. Si yo le digo a alguien que conoce mi casa “dejé el libro sobre la silla”, seguramente puede saber a qué silla me refiero y comprender el mensaje, y al menos la cantidad de sillas es un número concreto y limitado. Cualquiera va a entender que “silla” es lo que todos conocemos, pero no exactamente qué silla tenemos cada uno de nosotros como imagen en nuestra mente.

Si con un concepto básico se pueden generar diferentes imágenes mentales (incluso entre convivientes, es fácil que haya un malentendido sobre si se trataba de la silla del comedor, del consultorio o de tal dormitorio) con una idea un poco más elaborada los malentendidos son la regla, y no la excepción.

Cuando queremos transmitir una idea, como emisores tenemos que hacernos cargo de dar la suficiente información y de, incluso, tomarnos el trabajo de corroborar si nuestro interlocutor comprendió lo que estamos intentando transmitir. La comunicación humana está llena de ruido, ruido que puede provenir del código que estamos usando, de los usos y las costumbres, de diferencias generacionales al dar distinto significado a las mismas palabras, de diferencias culturales, e incluso de las propias emociones y estados de ánimo entre los hablantes.

La palabra involucra un porcentaje comunicacional muy bajo, calculado entre un 7% y un 10% como máximo. El resto del mensaje lo vamos a transmitir con nuestro lenguaje corporal, con nuestra entonación, con nuestros gestos y microgestos. Dejar librado a la palabra el mensaje, y más aún, dejarlo librado a la libre interpretación del receptor, puede tener resultados disvaliosos.

Esta es una de las mayores dificultades comunicacionales que aparejan -y aveces, desparejan- las conversaciones por medios digitales. Pero esas cuestiones merecen un análisis aparte que no tengo ganas de hacer hoy.

Andan circulando por el mundo frases trilladas como “soy responsable de lo que digo pero no de lo que vos entiendas”. No creo que sea así. Somos responsables de lo que decimos y también somos responsables de verificar si lo que decimos transmitió fielmente lo que tenemos en mente, lo cual no siempre ocurre. Quien escucha nuestro mensaje, va a interpretar el mismo en función de un plexo de elementos que son preexistentes al mensaje mismo. Y la responsabilidad se sustenta en la intención propia de querer ser bieninterpretados. Claro que si el ser bien o malinterpretados no es algo que nos interese, podemos desentendernos con absoluta tranquilidad del resultado de los  mensajes que lanzamos al mundo.

Los psicólogos deberíamos ser profesionales en el arte de simplificar lo complicado. Aunque esto no sea siempre una operación simple. Que lo incomprendido sea comprendido requiere no sólo la búsqueda de las razones y los orígenes, sino también contar con las herramientas adecuadas para que las personas puedan hablar más y mejor. Dejar el bla bla bla para poner alguna vez alguna palabra plena.

Las mejores herramientas comunicacionales que encontré para lidiar con los discursos son las desarrolladas por la escuela de Palo Alto, refiriéndome con ello a las investigaciones de Paul Watzlawick, Gregory Bateson, Richard Bandler y Joshn Grinder, por citar algunos.

Richard Bandler y John Grinder tienen una obra muy interesante -La estructura de la magia- que nos remite al metamodelo para el lenguaje, al mundo representacional, al mapa que es distinto a su territorio y a la estructura del lenguaje. Hay dos cuestiones fundamentales, más allá de las técnicas concretas que nos presentan (algunas las menciono más abajo), que debemos tener en cuenta en materia comunicacional, cuando realmente tenemos intención que nuestro mensaje llegue a buen puerto:

  1. siempre va a haber diferencias entre el mundo y la representación del mundo que cada uno de nosotros creamos en nuestro cerebro, y
  2. los modelos del mundo que cada uno de nosotros creamos van a ser diferentes.

Usamos un lenguaje para poder representarnos el mundo y para poder comunicarnos. En ese proceso de crear nuestro modelo del mundo a través de nuestro lenguaje estos autores hacen mención a tres formas en las cuales el modelo que creamos difiere de aquello que estamos modelando: la generalización, la distorsión y la eliminación.

De lo que se trata la buena comunicación es de desandar esas formas a través de las cuales “simplificamos” toda la estructura del pensamiento que se procesa en nuestra mente.

En el diálogo de mis hijas, una de ellas generalizó una situación puntual y la transformó en una regla: “siempre le imponés cosas”, lo cual, obviamente, movilizó la susceptibilidad de su hermana, ya que la frase era falsa. Las generalizaciones empobrecen la comunicación porque hacen perder la riqueza del detalle y de las experiencias originales, impidiendo hacer las distinciones indispensables para poder comprender un discurso. Son un mecanismo de defensa eficaz y también una forma de manipular. En el proceso de generalización vamos a encontrar indices referenciales tales como “la gente”, “nadie”, “todos”, “siempre”, “nunca”, “uno” –  “los demás”, “todo el mundo”. Ahí es donde debemos intervenir para preguntar quien es “la gente”, quiénes son “todos”, si verdaderamente se cumple el “siempre” o el “nunca”, etc.

Si digo “Los perros me dan miedo”, también es una generalización, ya que es muy probable que no sean todos los perros del planeta los que me causen miedo sino algunos en particular. Si un paciente me dice “nadie me presta atención a lo que digo” o “no le gusto a las mujeres”, tenemos que empezar a separar los términos de esas afirmaciones para llegar a saber quién o quiénes son los que no le prestan atención a nuestro paciente o quienes son las mujeres a las cuales no les gustó.

Cuando estas generalizaciones se afirman, terminan estableciendo normas de vida que son restrictivas, paralizantes y falsas. Y que crean la convicción de que son inmodificables.

En el caso de la distorsión, nos vamos a encontrar con sentencias donde una acción se transforma en un objeto. De esta manera, en el discurso, se nos está transmitiendo una acción finalizada, concluida, que presenta un aspecto de conclusión que no permite pensar en la posibilidad de cambio. “Sus ideas son erróneas” es una sentencia inapelable, bastante distinta a decir “está cometiendo errores”. Ambas frases están en presente, la primera nos da una conclusión y la segunda una acción, que, como tal, deja abierta la posibilidad de ser modificada. Además, podemos pensar en el efecto emocional de decirle a alguien “sos un tonto” o decirle “estás haciendo una tontería”.

En la eliminación se suprimen partes de la experiencia que tenemos en el mundo. Todo actualmente tiende a que nos expresemos en forma cada vez más concisa, y de esta manera, la interpretación se vuelve confusa y absolutamente antojadiza a la forma de querer entenderlo del receptor. Pensemos en un tuit, un mensaje de 140 caracteres, que puede ser interpretado de forma absolutamente arbitraria por cada una de las personas que lo lean ¿lo que entendemos es lo que quiso decir quien lo escribió?

La forma de abordar las eliminaciones en un discurso es preguntando por esos faltantes, detectando las ausencias, prestando atención a lo que se nos dice: “Siempre tengo miedo” será interpelado con un “en qué situaciones concretas” para atacar la generalización, y un “miedo a qué?”, “miedo a quién?”, “miedo en qué lugares?” y todas las preguntas que se nos ocurra para poder poner un poco de realidad a la frase acotada y genérica de nuestro interlocutor.

La comunicación humana no es fácil. Pero, recordando el primer y fundamental axioma de la comunicación, siempre estamos comunicándonos, ya que es imposible no comunicar. Aún en nuestro silencio. El silencio nos puede dar un gran discurso, puede decirnos tantas cosas como imaginemos. Por eso mismo, es muy riesgoso.

Acá es donde viene la explicación de mi parte de responsabilidad en el pequeño diálogo que reproduje. Yo respondí automáticamente, sobreentendiendo que mi hija me estaba pidiendo que fuéramos hoy, cuando debería haber preguntado “¿cuándo?”. En un diálogo, las ideas van y vienen, por lo tanto, cada uno debe responsabilizarse de una parte, de lo que dijo, de lo que quiso decir y también, de no haber indagado más cuando era necesario para poder entender. No podemos entender lo que queramos, en un diálogo tenemos que tratar de asegurarnos de ser comprendidos, pero también detectar en nosotros la asignación automática de significado y contrastarlo con nuestro interlocutor. Recién cuando preguntamos y llegamos al fondo podemos tomar la decisión de dar paso a nuestras emociones y a nuestras reacciones. Cuando verificamos que el mensaje llegó, también tenemos que hacernos responsables de lo que dijimos.

Las palabras no son inocuas. A veces, pueden lastimar y dejar heridas difíciles de cicatrizar.

Lo mejor de todo es que la comunicación es lo que permite el conocimiento de los otros y el crecimiento de los vínculos. Una comunicación eficaz elimina ruido y angustia, nos permite llegar a instancias de intimidad mayores y a conocer cómo son las representaciones del mundo de los demás. Y también nos da las herramientas para crear mundos compartidos, universos o pequeñas parcelas donde le pongamos un poco de coto a la insoportable levedad del ser. Claro que, para eso, hay que bienentenderse.

 

#Lacan. Hacen bien en saber que van a morir

Los días de los enamorados y de los enalmorados

मिलिओ ते अमो

Para amar hay que olvidarse un poquito, un ratito, de uno mismo. Hay que dejar caer todos esos ideales y esas “perfecciones” que le colgamos a ese otro, abrir los ojos del alma y mirarlo como lo que es: otro ser, imperfecto, humano, distinto a nosotros. Quererlo en eso, en el no saber por qué, en sus tonteras, en sus rutinas, en sus locuras, en todo eso que nos seduce, en sus virtudes, en su piel, en su mirada, en su voz, en sus palabras, en su silencio, en su esencia.

Bajar el espejo, dejar de verse reflejado uno mismo en el otro, dejar de proyectarse,  animarse a descubrir al otro.

Dificil amar desde el ego-ismo. El amor del narcisismo siempre es amor a si mismo y no al otro.

Amar tiene que ver con el soltar, con el dejar ser al otro lo que es y no lo que nos gustaría que fuera, es aceptación (que no tiene nada que ver con la resignación y la costumbre), es paz y está muy muy pero muy lejos del sufrimiento.

El amor no duele. Los que nos dolemos somos nosotros, buscando caprichos, no queriendo entender que la vida es un ciclo, que todo pasa, que todo empieza y todo termina, que la duración de las cosas no define la calidad de lo vivido, que en cuestiones de amor no se habla ni de éxitos ni de fracasos. Que el amor no dura “poco” o “mucho”; el amor es mientras es, y cuando pasa, hay que soltar y reconocer el fin de ese ciclo.

El estado ideal del ser humano es el estado del enamoramiento, la química que genera en el organismo es fabulosa, las endorfinas nos hacen sonreir y sentirnos poderosos, la piel nos cambia, exhalamos feromonas. Por eso tantos necesitan inicios permanentes en sus vidas que los mantenga en esa efervecencia, en esa euforia, en ese apasionamiento. Pero eso también es un ciclo que cae, y cuando afloja, aflora del otro lado un ser humano. Ahí es donde tantos inicios se terminan para dar paso a otros inicios nuevos. Ahí es donde hay que arremangarse y ponerse a trabajar en el amor. Para eso hace falta un cierto grado de madurez.

Enamorarse, en cierta forma, es la adolescencia del amor.

Enamorarse tiene mucho que ver con uno mismo. Amar tiene mucho que ver con el otro.

Me viene Lacan, como siempre que pienso en el amor, con su Amor y su Almor, con su Amar y con su Almar, con ese poner el alma en juego.

Por suerte, hay tanto y tanto por decir sobre el sentir del amor… Aún

Divagues sobre la libertad, el amor y la #egosintonía

El tema de la libertad está siempre presente: que si somos libres, que no me siento libre, que estoy construyendo mi libertad, que tengo que conquistar mi libertad. Parecería que la libertad es “algo” que “descubrimos”, que “construimos”, que “nos permitimos”, o algo que podemos perder.

Sigo convencida que somos libres y que muchas veces hacemos todo lo posible para evitar darnos cuenta. Siempre por lo mismo. Darnos cuenta, tomar estado y noticia de nuestra libertad es dejar de hacernos los boludos y ponernos en situación de hacer algo, o nada, pero asumiendo que hagamos o no, es lo que REALMENTE QUEREMOS y, fundamentalmente, es NUESTRA ELECCIÓN.

Hoy me giraban varias ideas en la cabeza, no muy conectadas. Que la libertad, que el “amor imposible”, que la “posibilidad”, que el pasado, el presente, el futuro y los tiempos de verbo que utilizamos. Entre el tránsito insufrible de la mañana y los acordes de AC-DC, se formó un link entre la palabra “libertad” y la palabra “imposible”. Y venía a cuento a una construcción lingüística, dos signos, que leí ayer, vieja como el mundo a partir que los seres humanos decidieron complicar lo más natural y simple -el amor- (nota al pie: perdón, hay días que no coincido con Lacán). La construcción en cuestión era: “amor imposible”. (segunda nota al pie: amor imposible = ¿noamor?, me queda para pensarlo mucho más adelante).

Si dejo de lado toda la teoría acumulada me digo: cómo y cuánto seduce y tienta pensar en el “amor imposible”! Qué concepto más romántico! Y absurdo, porque a poco que me detengo a analizarlo se me ocurre que un “amor imposible” es sólo un disfraz. Vamos, que si algo nos deja el Psicoanálisis es este impedimento perpetuo y fastidioso de mentirnos (no es fácil dejar de lado la mochila teórica).

Una de las pocas -tal vez la única- intolerancia que tengo es creer que el amor siempre es posible casi por definición. Voy al caso de la construcción que traje a cuento, “amor imposible”, porque se dió dentro de un contexto, donde un hombre le declara a una mujer que ella es, precisamente, su “amor imposible”. Y el contexto es importante, siempre, ya que si pensamos una novela, enseguida podemos imaginar a un hombre enamorado de una mujer que no lo corresponde. Nada más alejado de la realidad: la víctima de la frase amó a ese hombre y estaba absolutamente dispuesta a construir un vínculo y una pareja con él.

Los hechos nos dicen que bajo una etiqueta romántica y declarativa (por más imposible que sea, no deja de ser amor), se disfraza la imposibilidad y se la deposita afuera. Una imposibilidad muy bien maquillada en falta de fuerza vital y desgano, pero que nos habla de una decisión personal debajo de todo ese maquillaje, que no se puede asumir rotundamente, que tal vez entristezca, pero decisión al fin, y personal, y rotunda.

Mientras esquivaba pozos y autos, los Stones me decían: Paint it black. Imposible, hoy es un día histórico por muchas razones. Y en el medio del recuento de varias situaciones felices se me filtró de nuevo el tema de la “conquista” de la libertad. Otro link, pensé, de la palabra libertad a la palabra “egosintonía”.

La egosintonía se entiende como la falta de malestar con las acciones que se realizan y con los pensamientos que se tienen, incluso con las emociones que se sienten. ¿Se entiende? Es una persona que está feliz consigo misma, que no se siente mal ni con lo que piensa ni con lo que hace y en muchos casos se siente muy bien con lo que siente. Es más: tiene una sensación de bienestar con sus propias características de personalidad.

Parece genial, ¿no? Voy a ampliar un poco el concepto: una persona egosintónica puede ser una persona que se siente muy a gusto con sí mismo, pero… su forma de actuar, sus conductas, lo que hace o lo que no hace, genera malestar en las otras personas. Y el egosintónico no sólo no se da cuenta sino que no asimila ni entiende ese malestar.

La egosintonía puede presentarse en formas muy leves, hasta casos patológicos y graves, que llegan a atentar contra la propia vida. Un ejemplo claro para entender el concepto es la anorexia: quien presenta un cuadro de anorexia tiene aspectos egosintónicos, se encuentra a gusto con la falta de ingesta y con la decisión de no comer.

La egosintonía también puede observarse en personalidades psicopáticas. Pero la egosintonía no es un cuadro sino un estado, y por lo tanto, modificable.

Por alguna razón, una persona que vive un período egosintónico, no abre en su vida un espacio para incluir no sólo a otros sino lo que esos otros sienten. No logran conectar con el otro. Detectan al otro como un objeto, pero falta la capacidad empática de detectar la subjetividad del otro, sus emociones y lo que las propias conductas generan en el otro.

En cierto sentido, pensar en alguien que está demasiado a gusto con si mismo, me recuerda esa etapa feliz de la infancia donde no había lugar ni para la espera, ni para el otro, ni para nada que no fuera la propia satisfacción. En el reino del egoísmo infantil (¿le sigue molestando todavía a alguien saber que los niños son perversos polimorfos?) la única ley válida es la del principio del placer. Y no por casualidad, algo de la ausencia de límites se adivina en los sujetos egosintónicos. Pero esto no es un jardín del Edén: los fantasmas que generan la falta de límites o los límites muy difusos pueden ser extremadamente aterradores. Y una de las consecuencias de la egosintonía puede ser la pérdida de los objetos de amor.

¿Por qué se generó este hipervínculo? Porque se me antoja que la libertad no es egosintónica. Ser libre y saberlo implica no sólo hacer lo que se quiere sino medir las consecuencias de los propios actos. Siempre somos libres, en cualquier aspecto de nuestras vidas. en una relación amorosa también. no hay rito ni contrato que ate in eternum a dos personas en el sentido de privarlos de su libertad de sentir, de hacer o de no hacer. La libertad es como el sonido: una experiencia absoluta y rotundamente subjetiva, algo que nos pasa internamente.

Acá es donde encuentro que la articulación de libertad, la imposibilidad y la egosintonía tienen una razón de ser, al menos en esta maraña de pensamientos que me ocupan mientras sigo varada en Lugones. Tanto en la postura de quien determina que algo es “imposible” como en la vivencia de una persona egosintónica, hay una ausencia, una huida, un escape de la asunción de la responsabilidad. A unos se les va a dar por la culpa (ay, Lacán, volvés con tu aguijón a recordarme que la culpa es señal de que el culposo tomó contacto y se le jugó algo de su deseo pero no está dispuesto a hacerse cargo y pagar) y a otros… bueno, con el egosintónico es un intríngulis, porque al vivir en bienestar con si mismo, las responsabilidades se perciben como ajenas, los hechos se despersonalizan, pasan a ser las circunstancias las protagonistas, no hay asunción de lo que los propios actos generan y mucho menos espacio para percibir la emoción, el sentir o el dolor ajeno. Hay una cierta escisión entre el mundo de los pensamientos y la posibilidad de relacionarse con el mundo real y vincular.

En los dos casos (al menos en los dos casos que tengo en mente, esto no es una generalización) el resultado parece ser el deseado (inconscientemente): no asumir los riesgos que implican seguir adelante con una relación amorosa o iniciarla. ¿Por qué digo “deseado”? Porque en los dos casos que me generaron estos divagues, se apuntó inconscientemente a destruir el surgimiento del deseo que llevaba a la constitución subjetiva. Si me pongo fastidiosa se me ocurre que al menos en uno de los casos se apuntó al objeto también, pero es una suposición salvaje. No es fácil hacerse cargo de uno mismo como sujeto. En especial por esta cuestión que nos queda como efecto secundario, o efecto indeseable, de que una vez que surge el sujeto va a ser muy difícil seguir con las mentiras. Me suena a “no quiero saber nada con eso”.

Puede ser que en el caso del caballero que le declaró su amor imposible a la princesa en la torre haya algo de la falta de recursos yoicos suficientes para afrontar el propio deseo. Así, es mejor no saber y creer que se vive en una novela donde las fichas cayeron de tal forma que nada es posible. En el caso de la egosintonía intuyo algo más del orden de la defensa, rígida y bastante tiránica, que anestesia al sujeto y lo mantiene distraído y concentrado en si mismo porque el contacto con el otro se le hace insostenible.

Como dijo Freud -hay que decirlo, Freud fue extremadamente antipático y se encargó de romperle el narcisismo a la mayoría- después de todo, en la pulsión, el objeto es reemplazable y siempre un sustituto. Las víctimas de los caballeros y de las princesas de las novelas y de los egosintónicos se reponen y encuentran siempre un nuevo objeto donde dirigir y depositar la libido. La vida fuera de esos mundos intrincados de las imposibilidades y de las complicaciones, continúa. Simple, finita, feliz y sin vueltas. Sin marcha atrás. Los minutos se consumen y el sol sigue saliendo. Y el amor, siempre, sigue siendo posible. Entre dos que tengan ganas y se la banquen.

BlaBlaBla

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En un reino de palabras vacías, de metonimia insufrible, de un perpetuo bla bla bla, a veces un “nada” cae con todo su peso, como la palabra mas plena y llena de significados posible.

Que contradictorio: si tuviera que traducirlo en un código binario, a veces un “nada” es un 1 y no un 0, a pesar que esa nada es el cero más absoluto.

Un “nada” que pasa a ser un todo repleto de vacío.

 

Psi

ImagenTengo una orgía de palabras

que se enroscan

y se funden

en mi mente.

Son, según Lacán,

mi síntoma.

Siguen, como en “Encore”,

dando lo que no tengo,

a alguien que no lo es.

Se pueden ir

todas mis palabras

al infierno.

Sólo necesito una

y es la única

que no puedo pronunciar.

Un nombre,

impronunciable,

es mi sinthome.

Del aburrimiento y otras yerbas

Si señores, hasta Brad Pitt se aburrió alguna vez en su vida: “Empecé a hartarme de mí, sentado en un sillón, escondido. Comencé a sentirme patético. Me quedó claro que estaba tratando de encontrar una película acerca de una vida interesante…”

Desde hace un tiempo escucho repetidamente en el consultorio la frase “estoy aburrida/o”. El aburrimiento es la forma habitual que tiene una persona de decirnos que lo que tiene/hace/vive no lo llena, que quiere otra cosa. El aburrimiento puede tener que ver con el trabajo, con la vida social, con la vida en pareja o con varias cosas al mismo tiempo. En la mayoría de los casos, el aburrido ni siquiera sabe lo que quiere. Peor aún: ni siquiera se anima a preguntarse qué quiere.

Aburrimiento y esperanza, aunque parezca una contradicción, van de la mano. El aburrimiento habla de la esperanza y la esperanza es el seguro del aburrimiento. La esperanza de que algo cambie. Como función, el aburrimiento rompe con la armonía, la monotonía y la rutina: es una señal de alarma de que algo no funciona bien. Como destino, el aburrimiento llega para transformarse en algo mejor.

Algunos sujetos prefieren sumergirse en el aburrimiento antes que cambiar algo. Ahí es cuando el aburrimiento como señal, falla.

El aburrimiento también se presenta cuando un sujeto siente que ya no puede sorprenderse, cuando ya no se considera valioso ni siquiera para detentar la aptitud de la sorpresa ni del asombro. Cuando cree que ya no merece sorprenderse. En esos casos, pensamos que se enfrenta con la percepción dolorosa de lo repetido, de lo monótono, de lo metonímico. El aburrimiento, entonces, implica una exigencia y una esperanza, exigencia y esperanza de romper con una rutina absolutamente mortal. Aburrimiento como fórmula contra lo tanático.

Pero en los casos patológicos también podemos descubrir algunos aspectos narcisistas detrás del supuestamente inocente e ingenuo aburrido: hay alguien que se cree tan espectacular que nada de la vida le resulta lo suficientemente entretenido o conmovedor como para sacarlo de su letargo (R. Rodulfo, 1995). El narcisista es demasiado interesante para si mismo como para perder tiempo en el mundo que lo rodea.

Algunos sujetos están aburridos porque les ha faltado un objeto que sostenga el interés para descubrir al mundo. Sanmartino propone que estas personas suelen despegar rápidamente hacia el mundo externo cuando encuentran un objeto que los libidinice, que ponga interés en ellos y que los rescate del estado de carencia, que rememoraría al hospitalismo descripto por Spitz. Pero me parece una propuesta demasiado optimista en algunos casos.

¿Por qué el aburrido se enamora de su aburrimiento?

El sujeto que relata su aburrimiento crónico casi nos describe una relación de compromiso con su estado. Está aburrido, pero no quiere hacer nada para salir al mundo a sorprenderse. Hace todos los días lo mismo, y cree que haciendo todos los días lo mismo algo va a cambiar. Se queja de la rutina, pero la cumple estrictamente. No hace falta ser analista para darse cuenta que detrás de esa resistencia al cambio hay miedo. Así lo pueden expresar algunos: tengo miedo, pero no se a qué le temo. O en el peor de los casos, están los que le tienen miedo a todo.

¿Tienen “miedo”? ¿Qué es el miedo? El miedo es una reacción natural y fisiológica frente a la percepción de que se va a sufrir un daño cierto e inminente. El miedo tiene un objeto: caminamos solos a la noche, por una calle oscura, vemos algo que se mueve en la sombra y experimentamos todas las reacciones físicas que produce el miedo con su descarga de epinefrina (adrenalina): tenemos miedo a que nos asalten, es algo concreto, el cuerpo se prepara para la huida o para defenderse.

El miedo del aburrido no es miedo, sino que parecería vincularse más con la angustia y con la ansiedad. La angustia del aburrido tiene una connotación de parálisis y de inmovilidad.

No podemos perder de vista nunca que todo síntoma implica un beneficio secundario: que el neurótico se enamora de su síntoma porque es lo que lo aleja de la oportunidad de salir al mundo a resolver cosas y hacer algo con su vida, a involucrarse. La queja, la inmobilidad, el aburrimiento, el miedo eterno, son cosas de las cuales el sujeto se enamora y a las cuales les dedica un monto de energía que no destina precisamente al cumplimiento del deseo que se esconde detrás de toda su sintomatología.

No perdamos de vista, entonces, que sólo va a poderse trabajar con aquel que llegue a manifestar que su aburrimiento le molesta. Hasta que no lleguemos a ese punto, va a ser todo blablabla, palabra vacía.

Volviendo a la sensación de miedo, que en realidad se encuentra más emparentada con la angustia y la ansiedad, encontramos en la mayoría de los casos, una ambivalencia, o una divalencia o hasta una trivalencia: por lo general el sujeto busca algo, pero al mismo tiempo teme que eso no pueda concretarlo (falta de confianza en si mismo), teme sentirse frustrado de nuevo en su deseo (falta de confianza en el objeto) y teme que el deseo se concrete (temor al cumplimiento del propio deseo). La presencia de uno, dos o los tres sentimientos descriptos en forma simultánea lo hacen sucumbir en un estado de permanente ansiedad y agobio que con el tiempo se transforma en un estado de ansiedad crónica o en un sentimiento insoportable de nada, de la nada misma, de vacío.

También está el sujeto que comienza a hacer síntomas como puede, en algunos casos, a través de enfermedades en el cuerpo. Y también tenemos aquellos sujetos que pertenecen a un sistema (de pareja, familiar, etc), al cual terminan enfermando, y en el cual el sujeto aburrido hace o no síntoma, pero lo que sí es seguro que comienzan a enfermarse quienes están a su alrededor.

El “aburrido-ansioso” muchas veces pierde su capacidad de decidir. En los casos graves, la imposibilidad de tomar una decisión en un estado de ansiedad se origina en la incapacidad del sujeto de establecer qué es lo mejor. Al no permitirse acercarse a su propio deseo (porque seguramente los niveles de angustia crecen en esa aproximación), el objeto se torna difuso, lo cual impide establecer decisiones. Nuevamente, el estado de parálisis es un beneficio secundario: si no puede decidir, nada tiene que hacer, ningún riesgo tiene que tomar.

Hay un deseo que moviliza la ansiedad (Begehren), o dicho de otra forma, para que haya ansiedad tiene que haber un deseo. El miedo que se esboza en la ansiedad no es un miedo amenazante en la realidad, sino que es el miedo a que el deseo se cumpla o no se cumpla, es un temor a la frustración, ya sea por temor a la falta de satisfacción, o por temor a que el objeto no se pueda alcanzar.

Este es un relato real, le pasó a una paciente mía que fue a comprar un par de zapatos. Esto es lo que pensaba mientras estaba en la vidriera: “yo quería esos zapatos, pero tenía miedo a que fueran tan caros que no pudiera comprármelos… y también pensaba que si los compraba cuando estuviera en mi casa ya no me iban a gustar, me pasa seguido eso… pero también me preocupaba mucho que si me los probaba, me gustaban y me los compraba me iba a sentir culpable de haber gastado tanto dinero en un par de zapatos… En todo esto pensaba mientras estaba mirando la vidriera… Cuando me decidí y entré ya no había de mi talle, se los habían llevado recién…”

Por lo general, el aburrido-ansioso es altamente autoexigente y se somete a las más absurdas presiones, y simultáneamente, espera mucho de los demás. Espera incluso lo que él mismo no está dispuesto a hacer ni a decir. Las presiones de las que se carga inútilmente, su nivel de perfeccionismo y sus necesidades insatisfechas lo llevan a vivir en un estado de perpetua ansiedad: no puede desconectarse (abschalten) y tampoco puede entrar en acción (auftanken).

La mayoría de los autores del psicoanálisis sostienen que la ambivalencia del sentimiento de ansiedad esconde que aquello que más se desea es aquello que más miedo da. El miedo que genera el deseo tiene que ver con el temor a recibir un castigo por haber sucumbido al deseo (en el caso que el deseo se cumpla) o el temor por la frustración o el desengaño (en caso que el deseo no se cumpla).

Esto muchas veces lleva al sujeto a no poder decidirse pese a desear salir de su estado de aburrimiento crónico. Viven posponiendo continuamente las decisiones, y mientras perciban que el deseo está irrealizado mantienen también la sensación de que alguna vez pueden conseguirlo. Cuando se animan a pensar que podrían llegar a hacer algo, los vuelve a asaltar el “miedo” con la pregunta: “¿y si hago esto y resulta que no era lo que yo quería hacer?”. En el interín, en el intervalo entre el presente y un futuro imaginario, hay una parálisis constante que los mantiene en el mismo sillón, con el control remoto de la televisión en la mano, pasando por canales que muestran imágenes que no llegan a ver nunca. La vida, afuera, sigue su curso. El aburrido hace un zaping permanente con su propia vida.

Entonces podemos esbozar una respuesta a la pregunta que dejamos planteada: el aburrido se enamora de su aburrimiento porque es más fácil estar aburrido que hacer algo. Es una solución a sus problemas, es una forma muy elegante de tirar su vida a la basura.

No voy a “aburrirlos” con los términos alemanes del proceso de la ansiedad. Pero no hace falta ser Einstein para darse cuenta que un sujeto en este estado presenta una neurosis de angustia que requiere tratamiento. Mientras estos síntomas sean funcionales a sus rutinas, la queja residirá sólo en su estado de aburrimiento, en el querer y no querer simultáneo, en la imposibilidad de producir efectos materiales en el mundo que lo rodea. Pero seguirá regodeándose con su lenta agonía.

Si en algún momento el síntoma comienza a molestar, si en algún momento el sujeto se da cuenta que los años pasan, la vida sigue su curso, las células de su cuerpo envejecen, las personas siguen su ruta y todos compartimos el mismo e inevitable destino, en una de esas se decide y busca un analista.

Fuente imagen: International Business Times – Enlace

 

Algunos apuntes sobre la falsa dicotomía “mente-cuerpo”

La formulación cartesiana “pienso, luego existo”, con su noción de una mente incorpórea, que piensa, razona y emite juicios en forma independiente del cuerpo, ha dado lugar a muchos análisis y debates. A poco que pensemos que todos los pensamientos se originan en un cerebro que los pre-existe, la idea parecería remitirnos a una visión del ser como un organismo fragmentado, dividido, propio de algunas patologías y típico en algunos mecanismos de defensa, donde parece el organismo ir por un lado y la psique por otra, donde lo que se espera es un ser íntegro, biológicamente complejo, con relaciones que van y vienen interdeterminándose. Feedback permanente entre la mente y el cuerpo. No hay pensamiento sin un ser pensante. No hay sonido en el bosque, por más que se caigan todos los árboles, sin un receptor que pueda decodificar las ondas.

La esencia del ser humano, del sujeto, no debería ser la escisión, sino la unidad. “Somos y después pensamos, y pensamos sólo en la medida que somos, porque las estructuras y operaciones del ser causan el pensamiento“, sostenía Antonio Damasio en “El error de Descartes. La razón de las emociones”. Lo contrario trae aparejadas muchas consecuencias, algunas de las cuales son complejas.

Algunos ejemplos los podemos ver en la clínica de la discapacidad, donde, a poco de ¿andar? la realidad sale a interrogarnos en primer plano sobre lo singular de un cuerpo y un organismo. “Si la singularidad es puesta en escena por el sujeto, es que ésta ha advenido por operatorias que subvierten el orden puramente biológico. Las dimensiones, las del cuerpo que no coinciden con el ordenamiento anátomo-fisiológico“, y siguiendo con Alicia Fainblum: “Marcas en el cuerpo, marcas significantes que hacen a la estructuración subjetiva a la par que al armado del cuerpo, que en tanto repersentado adquiere estatuto subjetivo“. ¿Donde se aloja el “pienso”? ¿En el cuerpo? ¿En el organismo? No son lo mismo, y la consecuencia es que donde hay sólo organismo y no cuerpo, no hay sujeto, hay un objeto, objeto de Otro, otro u otros, “objetitos”, “paquetitos” amaestrados al servicio del deseo de los demás, y no de los suyos propios.

Para pensar, tengo que existir. Y para existir, no ya en la acepción biológica, sino en el sentido de ser un ser humano y no una cosa, tengo que surgir como sujeto. Y donde más pienso y racionalizo, donde más murallas intelectuales levanto, por lo general, más logro esconderme.

Cuando nacemos, inacabados, inmaduros, no tenemos noción del ser-no ser, del yo-no yo, del dentro-fuera. Será con el juego del contacto con el cuerpo de aquel que cumpla el rol materno que el bebé empezará a percibir sus propias sensaciones. Ese manojo de pulsiones es un puro organismo, no un “cuerpo”. Será el deseo de ese Otro que lo contiene lo que posibilitará, fundacionalmente, que ese organismo se transforme en un niño con un cuerpo. Y deberá luego ese niño apropiarse de ese cuerpo, sostenido por la mirada de otro que lo acepte como es. Completo y no fragmentado.  Lacán, en 1975, dice “el cuerpo adquiere peso por vía de la mirada“.

Pienso, luego existo, me remite a que la mente va por un lado, y el cuerpo por el otro. Y cuando la mente sufre, las marcas en el cuerpo no tardan en aparecer. Y cuando el cuerpo sufre, la mente también se altera. Lacán trabajó sobre la fórmula cartesiana y donde Descartes dijo “pienso, luego existo”, Lacan propuso “Soy donde no pienso, y pienso donde no soy”, aludiendo al sujeto del inconsciente, donde lo más verdadero del sujeto surge, precisamente, de las manifestaciones de su inconsciente.

Pienso… luego existo. Pienso, luego soy, pero ¿qué soy? ¿sólo una mente que piensa? Me sigo quedando con el anudamiento de lo real, lo simbólico y lo imaginario.. nudo borromeo que le dicen.

“Ahí donde no estoy

sigo siendo

en el reflejo

de tu mirada

que sin saberlo

todavía me busca…”