Admitir lo que sentimos, nos libera

Podemos silenciar lo que sentimos. Pero por mayor que sea el gasto psíquico, la verdad siempre empuja. La pulsión es verdad, viene del inconsciente, y es lo mas genuino que tenemos. La podemos disfrazar de culpa si se nos juega algo del deseo, la podemos disfrazar de odio si se nos dió vuelta la moneda, puede hacerse síntoma (o chiste, o acto fallido, o sueño u olvido), puede hacerse enfermedad, puede brotar en lágrimas o en arte, cuando las palabras no alcanzan, o en ternura y amor, si nos dejan. Pero en indiferencia, nunca.

Podemos fingir indiferencia, sabiendo que fingimos. La indiferencia genuina solo brota naturalmente cuando no hay nada. Es el sin-sentir, el sin-sentido. La indiferencia por alguien, la genuina, no angustia, no arremete, no llora, no sufre, no piensa, no recuerda, no siente. Es la nada misma, es cuando ese otro ya no existe.

Admitir, al menos ante nosotros mismos, lo que sentimos, nos libera.
La indiferencia no nos libera porque ya no hay nada que nos ate.