Ni bueno ni malo

Solemos apresurarnos en calificar los hechos de nuestra vida como «buenos» o «malos». Y al visualizarlos como «buenos» o «malos», nuestros estados de ánimo cambian. Si pensamos que algo es «malo» vamos a tender a sentirnos «mal» y lo mismo pasa cuando miramos algo como «bueno». Y sin embargo hay que tomarse un tiempo, poner una pausa, y dejar que las cosas vayan evolucionando hasta observar sus efectos. Algunos hechos «malos» pueden terminar siendo disparadores de grandes procesos de cambio que traen cosas «buenas». Podemos elegir sentirnos mal o podemos elegir aceptar el desafío de ser actores protagonistas de nuestra vida y transformadores de cualquier situación en algo mejor.

buenomalo

Radio

radioLa radio me acompaña desde antes de nacer. Mi viejo me legó esa costumbre de tener la radio encendida todo el día y toda la noche. La radio es compañía. A la noche nos gustaba escuchar a Dolina, es uno de los recuerdos que me viene así, de golpe.

Y mi abuela escuchaba a Larrea. Era una ceremonia, poner la pava para el mate a la mañana, prender una radio roja que todavía conservo, compartir ese momento, y después seguir.

En la adolescencia escuchar al Loco de la Colina con la cortina de Los Redondos, a la noche música a full, después Mario Pergolini y tantos.

La radio encendida estudiando. Nunca pude estudiar sin la radio, sin música.

La radio encendida antes que el motor del auto. La radio en la ruta. La radio siempre.

La radio es magia, te permite volar con la imaginación, te acompaña, te convoca al diálogo, a no sentirte solo nunca.

Hace pocos años, unos tres, se convino en celebrar todos los 13 de febrero el día internacional de la radio. La fecha se fijó en el día que comenzó sus transmisiones la Radio de las Naciones Unidas en 1946.

Hoy, sigue igual de vigente como medio de comunicación, profundizado en el hecho que con las nuevas tecnologías hay una verdadera interacción, un feedback, un idea y vuelta. Pero la radio sigue su esencia.

La radio tiene esa magia de la intriga de preguntarnos si del otro lado hay alguien que nos escucha. Como siempre, ya que aún en el cara a cara, nos preguntamos si ese otro delante nuestro, nos escucha. Si le llegamos.

La radio tiene esa magia de la generosidad del compartir, de comunicar y correr el riesgo, aún sin saber quien nos va a escuchar.

Como la vida.

En la búsqueda…

… de la paz interior, cada uno tiene que hacer su propio camino, su propio recorrido. A algunos les gusta el camino de montaña, las cuestas, las dificultades, porque no se permiten llegar al momento de sentir que se merecen paz y felicidad.
Otros prefieren la llanura, la playa tranquila, la brisa suave.
No podemos ayudar a nadie a encontrar ni el camino ni la paz interior sin empezar a reconocer qué camino elegimos nosotros mismos y sin haber empezado a encontrar nuestra paz y nuestra verdad.
Los «maestros» son sólo guías. Pero hasta que no ponemos realmente voluntad para ir a fondo, tampoco pueden ayudar de mucho. Porque muchas veces estamos dispuestos a no escucharlos.
La peor lucha es cuando no queremos escuchar a nuestro propio corazón.
Cada uno de nosotros tiene que trabajar en su propio camino, verlo, reconocerlo, y en su propia búsqueda. Con la verdad propia asumida, recién podemos tender una mano.

Happy Birthday, Steve

NeXT founder Steve Jobs.

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Algunas de las imágenes de este post fueron tomadas de la siguiente publicación, y del sitio

Entendiendo…

A veces creo que voy entendiendo algunas cosas. Hay porciones de la vida que dependen de mi, en un alto porcentaje (no olvidemos la teoría del caos, el efecto mariposa y los mundos alternativos de la mecánica cuántica por favor). Pero hay otras porciones en las cuales un alto porcentaje no depende de mi. Generalmente son las que quiero cambiar.

En esas solo puedo pensar, imaginar, desear. Verlas, nítidas, en mi mente. Sentirlas. A veces, recordarlas y proyectarlas hacia adelante. Pero sin sentirme nunca directora de cine, sino protagonista. Hay un cierto poder en saber que aún imaginando cómo nos gustaría que fuera algo seguimos siendo protagonistas.

El tema es no perder el humor. Ni la alegría. Ver «el medio vaso lleno», porque siempre lo está. ¿Sólo aire? ¿Hacemos el análisis químico? El aire no es un sinónimo de la nada. Nunca hay una parte «medio vacía», las dos partes contienen algo. El vaso está siempre lleno: una mitad agua, la otra mitad aire. No hay vacío. Lo que hacemos es elegir qué ver. Y confundirnos, creyendo que lo que no vemos no existe.

El árbol, muchas veces, tapa al bosque. En realidad, nosotros elegimos si ver el árbol o el bosque.

Cuando entramos a una habitación oscura luego de estar al sol, tenemos que acostumbrar la vista de a poco. En esto es lo mismo. Hay que acostumbrar los sentidos, el corazón, a descubrir de a poco, que nunca, nada de lo que vemos, es totalmente algo. Nada es totalmente bueno ni totalmente malo. Incluso puede variar el concepto a lo largo del tiempo. El árbol se conoce por sus frutos (el bosque, también).

Una persona que se fractura un pie puede pensar que le pasó algo malísimo, sufrir, lamentarse, quejarse. De pronto, la imposición de estar inmovilizada, le permite empezar a ver cosas que antes no veía. Y después, terminar descubriendo que fue una de las mejores cosas que le pudo pasar cuando, como consecuencia de eso, conoció al amor de su vida. Incluso dándose cuenta muchos años después.

Por eso, no hay que perder la conciencia que siempre que vemos algo, solo estamos viendo una parte. ¿Ying o Yang? No podemos verlos separados, porque perdemos la esencia!

La hija de mi amiga Andrea, que tiene seis años, dice: «lo que venga, venga con alegría». Esperamos que las personas, los acontecimientos, las cosas materiales «nos hagan» felices, cuando los únicos que podemos sentirnos felices somos nosotros, internamente. Y cuando nos paramos del lado de la amargura es porque estamos viendo sólo una parte de las cosas, eligiendo el lado negativo, amargo, triste, sin sentido. Eligiendo verlo así.

Y de esa porción que depende de nosotros mismos, de ese porcentaje, hagamos lo que tenemos que hacer, lo que creamos que es lo mejor que podemos hacer, para nuestra propia tranquilidad. A veces es solo cuestión de ir encontrándole la vuelta a las cosas. Mi amiga Andrea está en Barcelona, hoy «charlamos» un rato largo por WhatsApp, y yo tenía muchas ganas de verla, abrazarla, estar con ella, allá o acá. Yo podría lamentarme y decir, que lástima, ella está taaaan lejos… Ninguna de las dos estábamos lejos hoy. Las dos estuvimos un rato juntas, charlando, y el abrazo que le mandé le llegó, porque los sentimientos se mueven en un plano distinto. No puedo mentirme y decirme que lamento que esté lejos (en realidad ambas estamos a la misma distancia la una de la otra), porque estar lejos es sólo una actitud mental, no de la métrica. No puedo lamentarme porque lo que veo es cuánto la quiero. Y lo que me alegra el día es saber que vive en mi ese sentimiento.

Entonces, en esa otra porción que no podemos o creemos que no podemos modificar, tenemos que descubrirle el lado amable, el lado que tiene sentido para nosotros, porque lo tiene. Si te quiero y no estás conmigo, rescato el «querer» y no la ausencia. El querer depende de mi. Y la ausencia, en definitiva, no siempre es ausencia. Alguien que haya pasado por la muerte de alguien muy amado sabe que ni así la ausencia es tal. Los objetos de amor se introyectan, se incorporan a nosotros, son parte nuestra. Por eso el duelo puede hacernos superar la ausencia física, pero no siempre nos hace dejar de querer.

La resignación es una actitud pasiva, de derrota. La aceptación es una actitud activa, donde nos involucramos con las circunstancias más allá de lo que en el momento entendemos como bueno o malo, y trascendemos la valoración. La resignación deriva en tristeza y desgano, y es la excusa perfecta para no hacer nada (si nos resignamos creyendo que nada podemos hacer, ya no tenemos la «obligación» de hacer algo, ¿no?). La aceptación nos abre puertas y posibilidades. Y es la base para proyectar los cambios.

Gracias Andre, por la charla de hoy. Yo también me quedé con cara de feliz cumpleaños.

«El que es sabio,

sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor -respondió él.»

A orillas del río Piedra me senté y lloré. P. Coelho

El canto del grillo

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El canto de los grillos es, para mi, una música que me evoca noches de luna, de campo, de paz y de verano.

Los grillos son insectos que están emparentados con las langostas, pero no saltan tanto como sus primas, sino que se dedican a corren por el suelo con rapidez. Son buenos excavadores: necesitan un hogar que ofrecer a su pareja de apareamiento, para lo cual forman una galería o túnel en el suelo, de más de medio metro, y que termina en una habitación esférica. La entrada a su madriguera la mantienen limpia ya que la utilizan para zona de «canto» y así atraer a las hembras.

Solo los grillos machos cantan. La música que escuchamos en esas noches cálidas de luna y de sosiego, es el canto de amor de los grillos. Los machos levantan las alas y las frotan, una contra otra, y así hacen su música. Compositores e instrumentos a la vez, comunicadores de sus ganas de procrear, necesitan que del otro lado haya alguien, una hembra, dispuesta a escuchar y decodificar el canto, la propuesta.

La música del grillo debe cautivar, de lo contrario, fracasa.

El grillo sabe qué hacer. Hace lo que se tiene que hacer en el mundo de los grillos para atraer a su pareja. El grillo no le recita una poesía, ni le lleva bombones, ni la invita a pasear. El grillo hace lo que se espera que un grillo haga, canta su canción, hace la música que sabe que la hembra quiere escuchar. La hembra del grillo no acepta cualquier canción: elegirá la música que más la seduzca, que le diga mejor quien es el grillo que canta. La hembra del grillo tiene a su cargo la selección del mejor especimen. El grillo cantará, entonces, la mejor canción que pueda cantar.

En el mundo de los humanos, muchas veces las personas decimos lo que queremos, pero pocas veces nos detenemos a pensar en el otro para descubrir cual es la canción que queremos escuchar, y cual es la canción que queremos ofrecer. Nos conformamos con decir «esta es la canción que puedo cantar». Amores narcisistas y sin-descendientes. Y si bien lo que uno puede y lo que no, puede ser cierto y ser una verdad, el reconocimiento de las propias impotencias, debe implicar poder aceptar hasta donde queremos integrar al otro y tenerlo en cuenta. No hay otra forma de crear una melodía eficaz para dos. Sino, solo queda el azar, lo solitario y la casualidad.

Pero hay algo más sobre los grillos: una investigación realizada con apoyo de unas cámaras infrarrojas demuestra que los grillos pueden expresar una aparente caballerosidad al tratar a sus parejas de apareamiento. Por ejemplo, en ocasiones de peligro inminente, los machos pueden dar preferencia a sus parejas permitiendo que ellas ingresen primero a su refugio. La revista Current Biology publicó los resultados de la investigación de tal comportamiento y expresó que no es cierto que los grillos machos protegen a sus parejas después de haberse apareado con ellas para evitar que se apareen con otros machos (como algunos sostenían) sino que se trata de que “la protección en pareja evolucionó en un contexto de cooperación”.

Los grillos son sabios. Si no tocan la música adecuada, no procrean. Y además, cuidan y protegen.

Las hembras de los grillos también son sabias. Son las que eligen.

En las investigaciones efectuadas, no se detectaron traumas, ni en unos, ni en otras. Cada uno acepta su rol. Y se esfuerza en llevarlo adelante.

En cierta forma, el canto del grillo, es el canto del amor.

Cuando de golpe nos creemos con derecho a juzgar en ausencia… #juzgarenausencia

Esto no es un artículo jurídico, aunque me voy a valer de esta figura, el juicio en ausencia, para hacer referencia a algunas situaciones muy conflictivas que vivimos con frecuencia.

En nuestro sistema procesal penal existe una prohibición constitucional del juicio en ausencia, considerada como un mecanismo para garantizar el derecho al debido proceso y a la defensa del imputado en la causa penal.

¿Qué significa esto? Que la presencia del acusado es indispensable en el momento de ser juzgado para que así se respete su derecho al debido proceso y a la posibilidad de ejercer su derecho a la defensa.

Pero no siempre hacemos esto en la vida diaria. Alejándonos de los procesos penales y de las causas donde se ventilan delitos, en el día a día nos encontramos como actores principales de nuestras propias novelas, donde a veces somos el acusado, el procesado, el condenado y otras veces somos el fiscal. A veces somos el juez, a veces somos el perito oficial, el perito de parte y a veces simplemente somos espectadores.

La vida es tensión y lucha, la vida es toma permanente de decisiones en base a elegir. La vida será muy fácil para aquel que mira desde lejos y no interviene, para aquel que flota como un corcho o para aquel que delega las decisiones en otros (lo cual también es, en si mismo. una decisión, la decisión de no dirigir la propia vida). Pero a veces nos cagamos olímpicamente en los derechos de los demás de ser escuchados. Y juzgamos en ausencia. Y lo relato en tercera persona del plural porque seguramente en algún momento yo cometí exactamente la misma aberración. Algún acontecimiento llega a nuestro conocimiento, nos involucramos, con derecho o no a hacerlo, escuchamos a una sola de las partes, sacamos nuestras conclusiones, acusamos, y dictamos una sentencia. Y todo sin haber oído al acusado. Y todo sin haber siquiera dado la oportunidad de que del otro lado alguien se exprese.

¿Con qué derecho nos convertimos en fiscales, jueces y verdugos? ¿Con qué clase de soberbia maldita nos permitimos erigirnos en los dueños de la verdad y determinar que alguien se equivocó, tomó decisiones erradas, hizo mal tal o cual cosa y lo condenamos? ¿Cómo podemos condenar a alguien en ausencia, sin siquiera escuchar su defensa?

La vida es muy compleja. Las circunstancias por las que las personas vivimos muchas veces no dejan mucho margen de movimiento. Hay vidas color de rosa, hay vidas grises y hay vidas con muchas complicaciones. Y hay vidas que transitan por diversos períodos. Y a veces, tomar una decisión implica tener que elegir entre opciones que son todas disvaliosas. Y a veces es difícil elegir entre opciones donde no se vislumbra “lo mejor” sino simplemente “lo menos malo”. Y nunca sabemos por adelantado como va a ser el devenir de los acontecimientos. Son muchos los factores que influyen en un acontecimiento para ir evolucionando y produciendo consecuencias, son muchos y desconocidos, y sería bueno revisar la teoría del caos para recordar que el batir de alas de una mariposa en Japón puede terminar transformándose en un tsunami en Chile. O no.

Las sentencias de valor que pronunciamos contra alguien que no fue escuchado son injustas por la forma en que se llegó a la conclusión. El resultado puede ser el mismo si se lo escucha (o si estamos decididos a condenarlo a como de lugar), pero primero, antes de juzgar a alguien, hay que escucharlo. Y hay que conocer las circunstancias. Y hay que conocer lo que sintieron todos. Hay que tener todos los elementos de convicción necesarios para insistir en la creencia de que tenemos derecho a dictar sentencias. Si es así, que al menos se respete el debido proceso. Y más cuando hay una relación afectiva vinculante. Pero siempre hay que recordar que en la vida todo fluye, que nada es permanente, que el día sigue a la noche y que somos actores en una novela donde a veces nos creemos que podemos interpretar al juez de la historia simplemente por tener legitimación activa para hablar, porque entendemos que somos parte o porque tenemos derecho a opinar. Pero otras veces el director nos va a poner en el banquillo de los acusados. Y quizás así logremos entender que eligiendo, decidiendo y haciendo siempre corremos el riesgo de equivocarnos. Y que desde afuera las cosas se ven muy simples y fáciles, cuando para quienes las viven pueden ser complejas, dolorosas e ingratas.

Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos. Pero antes de condenar a alguien, escuchémoslo. Quizás llegamos a la misma conclusión, quizás que no lo entendemos y quizás no compartimos. Quizás pensamos que alguien actuó mal, que podría haber hecho algo distinto y que se equivocó. Pero escuchemos primero. No es tan difícil preguntar “¿por qué hiciste esto?”. Lo que es difícil es bajarse de la propia soberbia y de la propia creencia que tenemos derecho a juzgar a todos sin escucharlos, sin saber, y sin haber siquiera intervenido ni aportado nada en una situación concreta. Yo ni siquiera creo tener derecho a juzgar a nadie.

A vos, que te toca hoy estar del lado de los condenados en ausencia, no te quedes con las sentencias ajenas, revisá cómo actuaste, qué hiciste y tené en cuenta que no siempre es posible controlar todas las variables, ni predecir todas las consecuencias. Asumí tu responsabilidad y si sentís que además de injusta la sentencia es ingrata, ampliá tu cabeza y aceptá la diversidad que hay en la vía láctea, incluso a los que se creen con derecho a condenarte sin haberte escuchado.

A vos, que hoy te crees con derecho a juzgar a los demás, sin siquiera haber intervenido, olvidándote de escuchar, de preguntar y con soberbia le bajás el martillo a alguien, tené en cuenta que hay veces que se hace mucho daño con una sentencia injusta, cuando en realidad, si tanto te preocupa un tema, lo mejor que podés hacer es involucrarte, escuchar a todos los que puedas, y proponer soluciones para mejorar todo lo que estás condenando y que te parece tan equivocado. Podés considerarte con derecho a ser juez, pero si sos un buen juez, no vas a condenar en ausencia.

Sueños

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Es cierto, habría que hacer un juicio de responsabilidad, de rendición de cuentas a la vida, por ponernos delante sueños y después sacarnos la lengua o decirnos «que la inocencia te valga»…

Pero eso si, solo podríamos ser titulares de la acción después de haber dejado todo por nuestros sueños, de haber luchado, de habernos jugado, de haber puesto el corazón y el alma en el intento…