“El que es sabio,

sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor -respondió él.”

A orillas del río Piedra me senté y lloré. P. Coelho

El canto del grillo

20121129-124542.jpg

El canto de los grillos es, para mi, una música que me evoca noches de luna, de campo, de paz y de verano.

Los grillos son insectos que están emparentados con las langostas, pero no saltan tanto como sus primas, sino que se dedican a corren por el suelo con rapidez. Son buenos excavadores: necesitan un hogar que ofrecer a su pareja de apareamiento, para lo cual forman una galería o túnel en el suelo, de más de medio metro, y que termina en una habitación esférica. La entrada a su madriguera la mantienen limpia ya que la utilizan para zona de “canto” y así atraer a las hembras.

Solo los grillos machos cantan. La música que escuchamos en esas noches cálidas de luna y de sosiego, es el canto de amor de los grillos. Los machos levantan las alas y las frotan, una contra otra, y así hacen su música. Compositores e instrumentos a la vez, comunicadores de sus ganas de procrear, necesitan que del otro lado haya alguien, una hembra, dispuesta a escuchar y decodificar el canto, la propuesta.

La música del grillo debe cautivar, de lo contrario, fracasa.

El grillo sabe qué hacer. Hace lo que se tiene que hacer en el mundo de los grillos para atraer a su pareja. El grillo no le recita una poesía, ni le lleva bombones, ni la invita a pasear. El grillo hace lo que se espera que un grillo haga, canta su canción, hace la música que sabe que la hembra quiere escuchar. La hembra del grillo no acepta cualquier canción: elegirá la música que más la seduzca, que le diga mejor quien es el grillo que canta. La hembra del grillo tiene a su cargo la selección del mejor especimen. El grillo cantará, entonces, la mejor canción que pueda cantar.

En el mundo de los humanos, muchas veces las personas decimos lo que queremos, pero pocas veces nos detenemos a pensar en el otro para descubrir cual es la canción que queremos escuchar, y cual es la canción que queremos ofrecer. Nos conformamos con decir “esta es la canción que puedo cantar”. Amores narcisistas y sin-descendientes. Y si bien lo que uno puede y lo que no, puede ser cierto y ser una verdad, el reconocimiento de las propias impotencias, debe implicar poder aceptar hasta donde queremos integrar al otro y tenerlo en cuenta. No hay otra forma de crear una melodía eficaz para dos. Sino, solo queda el azar, lo solitario y la casualidad.

Pero hay algo más sobre los grillos: una investigación realizada con apoyo de unas cámaras infrarrojas demuestra que los grillos pueden expresar una aparente caballerosidad al tratar a sus parejas de apareamiento. Por ejemplo, en ocasiones de peligro inminente, los machos pueden dar preferencia a sus parejas permitiendo que ellas ingresen primero a su refugio. La revista Current Biology publicó los resultados de la investigación de tal comportamiento y expresó que no es cierto que los grillos machos protegen a sus parejas después de haberse apareado con ellas para evitar que se apareen con otros machos (como algunos sostenían) sino que se trata de que “la protección en pareja evolucionó en un contexto de cooperación”.

Los grillos son sabios. Si no tocan la música adecuada, no procrean. Y además, cuidan y protegen.

Las hembras de los grillos también son sabias. Son las que eligen.

En las investigaciones efectuadas, no se detectaron traumas, ni en unos, ni en otras. Cada uno acepta su rol. Y se esfuerza en llevarlo adelante.

En cierta forma, el canto del grillo, es el canto del amor.

Cuando de golpe nos creemos con derecho a juzgar en ausencia… #juzgarenausencia

Esto no es un artículo jurídico, aunque me voy a valer de esta figura, el juicio en ausencia, para hacer referencia a algunas situaciones muy conflictivas que vivimos con frecuencia.

En nuestro sistema procesal penal existe una prohibición constitucional del juicio en ausencia, considerada como un mecanismo para garantizar el derecho al debido proceso y a la defensa del imputado en la causa penal.

¿Qué significa esto? Que la presencia del acusado es indispensable en el momento de ser juzgado para que así se respete su derecho al debido proceso y a la posibilidad de ejercer su derecho a la defensa.

Pero no siempre hacemos esto en la vida diaria. Alejándonos de los procesos penales y de las causas donde se ventilan delitos, en el día a día nos encontramos como actores principales de nuestras propias novelas, donde a veces somos el acusado, el procesado, el condenado y otras veces somos el fiscal. A veces somos el juez, a veces somos el perito oficial, el perito de parte y a veces simplemente somos espectadores.

La vida es tensión y lucha, la vida es toma permanente de decisiones en base a elegir. La vida será muy fácil para aquel que mira desde lejos y no interviene, para aquel que flota como un corcho o para aquel que delega las decisiones en otros (lo cual también es, en si mismo. una decisión, la decisión de no dirigir la propia vida). Pero a veces nos cagamos olímpicamente en los derechos de los demás de ser escuchados. Y juzgamos en ausencia. Y lo relato en tercera persona del plural porque seguramente en algún momento yo cometí exactamente la misma aberración. Algún acontecimiento llega a nuestro conocimiento, nos involucramos, con derecho o no a hacerlo, escuchamos a una sola de las partes, sacamos nuestras conclusiones, acusamos, y dictamos una sentencia. Y todo sin haber oído al acusado. Y todo sin haber siquiera dado la oportunidad de que del otro lado alguien se exprese.

¿Con qué derecho nos convertimos en fiscales, jueces y verdugos? ¿Con qué clase de soberbia maldita nos permitimos erigirnos en los dueños de la verdad y determinar que alguien se equivocó, tomó decisiones erradas, hizo mal tal o cual cosa y lo condenamos? ¿Cómo podemos condenar a alguien en ausencia, sin siquiera escuchar su defensa?

La vida es muy compleja. Las circunstancias por las que las personas vivimos muchas veces no dejan mucho margen de movimiento. Hay vidas color de rosa, hay vidas grises y hay vidas con muchas complicaciones. Y hay vidas que transitan por diversos períodos. Y a veces, tomar una decisión implica tener que elegir entre opciones que son todas disvaliosas. Y a veces es difícil elegir entre opciones donde no se vislumbra “lo mejor” sino simplemente “lo menos malo”. Y nunca sabemos por adelantado como va a ser el devenir de los acontecimientos. Son muchos los factores que influyen en un acontecimiento para ir evolucionando y produciendo consecuencias, son muchos y desconocidos, y sería bueno revisar la teoría del caos para recordar que el batir de alas de una mariposa en Japón puede terminar transformándose en un tsunami en Chile. O no.

Las sentencias de valor que pronunciamos contra alguien que no fue escuchado son injustas por la forma en que se llegó a la conclusión. El resultado puede ser el mismo si se lo escucha (o si estamos decididos a condenarlo a como de lugar), pero primero, antes de juzgar a alguien, hay que escucharlo. Y hay que conocer las circunstancias. Y hay que conocer lo que sintieron todos. Hay que tener todos los elementos de convicción necesarios para insistir en la creencia de que tenemos derecho a dictar sentencias. Si es así, que al menos se respete el debido proceso. Y más cuando hay una relación afectiva vinculante. Pero siempre hay que recordar que en la vida todo fluye, que nada es permanente, que el día sigue a la noche y que somos actores en una novela donde a veces nos creemos que podemos interpretar al juez de la historia simplemente por tener legitimación activa para hablar, porque entendemos que somos parte o porque tenemos derecho a opinar. Pero otras veces el director nos va a poner en el banquillo de los acusados. Y quizás así logremos entender que eligiendo, decidiendo y haciendo siempre corremos el riesgo de equivocarnos. Y que desde afuera las cosas se ven muy simples y fáciles, cuando para quienes las viven pueden ser complejas, dolorosas e ingratas.

Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos. Pero antes de condenar a alguien, escuchémoslo. Quizás llegamos a la misma conclusión, quizás que no lo entendemos y quizás no compartimos. Quizás pensamos que alguien actuó mal, que podría haber hecho algo distinto y que se equivocó. Pero escuchemos primero. No es tan difícil preguntar “¿por qué hiciste esto?”. Lo que es difícil es bajarse de la propia soberbia y de la propia creencia que tenemos derecho a juzgar a todos sin escucharlos, sin saber, y sin haber siquiera intervenido ni aportado nada en una situación concreta. Yo ni siquiera creo tener derecho a juzgar a nadie.

A vos, que te toca hoy estar del lado de los condenados en ausencia, no te quedes con las sentencias ajenas, revisá cómo actuaste, qué hiciste y tené en cuenta que no siempre es posible controlar todas las variables, ni predecir todas las consecuencias. Asumí tu responsabilidad y si sentís que además de injusta la sentencia es ingrata, ampliá tu cabeza y aceptá la diversidad que hay en la vía láctea, incluso a los que se creen con derecho a condenarte sin haberte escuchado.

A vos, que hoy te crees con derecho a juzgar a los demás, sin siquiera haber intervenido, olvidándote de escuchar, de preguntar y con soberbia le bajás el martillo a alguien, tené en cuenta que hay veces que se hace mucho daño con una sentencia injusta, cuando en realidad, si tanto te preocupa un tema, lo mejor que podés hacer es involucrarte, escuchar a todos los que puedas, y proponer soluciones para mejorar todo lo que estás condenando y que te parece tan equivocado. Podés considerarte con derecho a ser juez, pero si sos un buen juez, no vas a condenar en ausencia.

Sueños

20120829-130026.jpg

Es cierto, habría que hacer un juicio de responsabilidad, de rendición de cuentas a la vida, por ponernos delante sueños y después sacarnos la lengua o decirnos “que la inocencia te valga”…

Pero eso si, solo podríamos ser titulares de la acción después de haber dejado todo por nuestros sueños, de haber luchado, de habernos jugado, de haber puesto el corazón y el alma en el intento…

La crisis según Albert Einstein

Que cerremos los ojos no quiere decir que desaparezca el paisaje… Lo único que importa es lo que está en nuestro corazón.

Podés mirar para otro lado.

Podés cerrar los ojos y no mirar.

Podés no escuchar, podés anestesiarte, podés fingir, podés seguir sufriendo…

Pero el corazón siempre habla, hagas lo que hagas…

Cuando no lo escuchás, no estás abandonando a nadie… sólo te estás abandonando a vos mismo.

Final abierto

La vida siempre tiene un final abierto. Por suerte, no tenemos certeza ni siquiera de lo que puede pasar en un rato. Planificamos, organizamos, agendamos… Y nada, un cuarto de giro en el camino y todo el recorrido cambia.

Y pedimos señales. A Dios, a Alá, a Jehová, a Budha, al Universo, a nosotros mismos, a quien sea. Y las señales llegan, porque siempre llegan. Pero la mayoría de las veces no nos gustan. Y miramos para otro lado. Y cuando toda la vida se empeña en hablarnos, mostrarnos, decirnos… nada, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, nos ponemos guantes y nos apretamos la nariz bien fuerte…

Por eso, porque la vida siempre tiene un final abierto, porque el destino no está escrito, porque construimos nuestra realidad a partir de nuestras elecciones, somos los únicos responsables de lo que nos pasa. No podemos culpar a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos… Porque no se trata de culpas, sino de responsabilidades. De hacerse cargo, de no mentirse, de no engañarse. Yo NO tengo la culpa de lo que me pasa: yo SOY RESPONSABLE de lo que me pasa… Y seguramente también soy responsable de lo que le pasa a quienes están a mi alrededor.

Y no me refiero a los sufrimientos. Cada uno elige sufrir o no, el sufrimiento definitivamente es una opción personal y no algo que otra persona nos genera.

Me refiero a los efectos de nuestras acciones o inacciones sobre las personas que nos rodean y que tienen una consecuencia directa en sus vidas: el efecto de mentir, de ocultar, de abandonar, de descuidar y también el efecto de cuidar, de querer, de amar, de proteger.

Cada uno tiene la vida que se construye. Cada uno elige. Cada uno -si, Sigmund, una vez más te doy la razón- tiene uno o más beneficios secundarios de sus padecimientos y de sus quejas. Por eso no los abandonan. Por eso disfrutan padeciendo.

Que cada uno se quede con su vida, entonces, y elija vivirla o morirla como más le guste.

El anuncio

Cuando se despertó todavía era de noche. Hacía frío. Sentía un placer inexplicable en levantarse de la cama en pleno invierno con apenas un short y una remerita de verano y buscar el saco colgado en su placard… Nunca lo dejaba cerca, porque nunca sabía si lo iba a usar o no.

Su vida estaba en las antípodas de lo que podía considerarse una vida rutinaria. Se levantaba casi siempre a la misma hora, pero nunca ponía el despertador a la misma hora. Aunque sea por llevarle la contra a la rutina, siempre había una modificación de más-menos cinco minutos. Era muy poco, pero era su lucha personalizada por no hacer todos los días lo mismo. Su situación laboral le permitía llegar a su trabajo sin un horario fijo, por lo tanto nunca nadie sabía a qué hora exacta llegaría. A veces abría el despacho ella misma, encendía las luces, y organizaba el día. Algunas pocas reuniones y entrevistas para tener mojones en la ruta era lo más estructurado que resistía.

Nunca pudo organizar un menú semanal, pero siempre se las había ingeniado para que su familia siguiera una dieta absolutamente equilibrada de proteínas, hidratos, fibras y grasas. Pero no existía un “día de pastas”, “día de pizza”, “día de carne”. Era una persona que salía a la calle a comprar un cuaderno para su hijo y podía volver con el cuaderno y dos latas de pintura, porque se le había ocurrido que quería cambiar el color de su dormitorio. Se alegraba de que, en definitiva, nunca sabía bien como iba a discurrir su día, salvo su vida laboral…

Pero cuando se levantó ese día sabía que todo estaba bastante armado. La planificación le gustaba, eran todas cosas que tenía muchas ganas de hacer. Pero algo en su interior había pasado, porque se levantó con una angustia terrible que le oprimía el pecho. Sentía ganas de hacer algo que hacía mucho tiempo había dejado de hacer: llorar. Se dió cuenta, incluso, que ya no tenía práctica y que las lágrimas, que la hubieran aliviado, no salían.

Fue al dormitorio de su hija y la vió dormir. Era sábado, podía dejarla un rato más hasta arrancar con las actividades proyectadas, muy poco usuales para un sábado, y que tanto las ilusionaron a ambas cuando las organizaron. Su hija necesitaba un padre, hacía mucho que lo venía pidiendo con sus actos, pero últimamente había comenzado a decirlo con palabras. Se preguntó si habría un lugar donde uno pudiera poner un anuncio y describir al tipo de persona que necesitaba: “busco hombre, fundamental que sea buena persona, que no sea mentiroso, que ame los chicos, los animales y las plantas, preferentemente deportista, que le guste el campo y la montaña, compañero, que no hable mucho pero que sea demostrativo en sus afectos, sensual, y sobre todo, libre de alma”.

Se rió de si misma, como hacía todo el tiempo. Su descripción no tenía ni requisitos físicos ni de cuestiones económicas y financieras… Por suerte ese lugar no existía, el solo hecho de entrevistar a los pocos tipos que cumplieran con esos requisitos y a los muchos mentirosos que se podían presentar, le sacaba las ganas.

La angustia crecía. Mientras tomaba un café negro, largo y demasiado fuerte para su estómago, recordó la conversación con una amiga, el día anterior. “Te exigís mucho, permitite equivocarte, tal vez te llegó la hora de admitir que todo eso fue un error”, le había dicho. Era cierto, hacía mucho que no se daba permiso para cambiar de opinión. Creía que luchar hasta las últimas consecuencias por todo era su destino inevitable y que la palabra “renunciar” no existía en su diccionario.

Sin darse cuenta las lágrimas empezaron a salir. Primero una. Era doloroso, sentía que se desarmaba, que una sutil desesperación comenzaba a invadirla. Después fue otra, y así empezaron a sucederse, como si una grieta hubiera comenzado a abrirse en su alma y todo eso que la desbordaba no cesaba de brotar.

La gran contradicción de su vida se había vuelto de agua y no paraba de arrastrarse por sus ojos, como si en eso se le escapara la vida. Tenía que dejar salir toda esa gran contradicción y liberarse también de eso. Era tremendamente agotador vivir como alguien fuerte, sosteniendo a todos a su alrededor, cuando en realidad, era ella quien, después de todo lo vivido, necesitaba un poco de sostén. ¿Por qué seguir insistiendo en ser una mujer con capacidad para entender al resto del mundo, cuando en realidad lo único que quería era que la entendieran un poco a ella y que le dieran exactamente lo que necesitaba? ¿Pedía mucho, era demasiado?

¿Y qué necesitaba? ¿Seguir creyendo en las libertades personales de los demás cuando la única libertad que nadie tenía en cuenta era la suya propia? ¿Seguir esperando de la vida definiciones que no iban a llegar nunca? Tal vez su amiga tenía razón: había puesto todo en un sentimiento que era una quimera, y esa mañana sentía que esos sentimientos habían entrado en terapia intensiva. Pensó que tal vez necesitaba un poco de cuidados, algo así como esos que ella vivía prodigando a quienes la rodeaban. Pensó que tal vez no era tan sano dejar que los demás hicieran lo que quisieran sin importarles nada, y que necesitaba exigirle un poco, al menos, a la vida. Pensó que tal vez tendría que reconocerse a si misma que no era tan fuerte como creía y que necesitaba que la cuidaran, que le dijeran que la querían, que le demostraran cuántas ganas tenían de estar con ella y que estuvieran.

Lo que estaba en terapia intensiva era una forma de comportarse ante el mundo. Había una fortaleza construida a lo largo de los años que se había agrietado. Se sintió triste por todo lo que iba a perder si intentaba cambiar algunas cosas. Pero tal vez existiera la posibilidad de encontrar algo mejor. Pensó en el anuncio y sonrió. Quizás no estuviera tan mal que existiera un lugar donde publicar un anuncio así. Seguramente en todo el mundo existiría alguien que también estuviera dispuesto a disfrutar la vida con intensidad, como merece ser disfrutada, y no viviendo en la mediocridad.

Podía poner en terapia intensiva todo, menos sus ganas de vivir.

 

Alas

El amor te da alas.

Alas para volar donde quieras.

Alas para cerrarlas y quedarte donde estás.

Alas para refugiar y dar calor.

Alas para alejarte cuando ya no querés dar combate.

Alas para volver cuando así lo necesitás.

Alas para crecer y sentirte fuerte.

Alas para meter la cabeza y esconderla.

Alas para planear por un cielo limpio y llenarte el alma de viento y de libertad.

Alas fuertes como las de un cóndor, o frágiles como las de una mariposa.

Alas para colgarlas y renunciar a todo, incluso al amor.

Vos elegís como usarlas.

 
 
Fuente imágen

Nenas buenas

Cuento cortísimo. Se lo dedico a mi amiga Adriana (aunque ninguna de las dos ya fumemos ni seamos tan buenas).

Se levantó y se miró al espejo. No se gustó. Hacía varios días que se miraba y no se gustaba. Algo andaba mal, era un ruido molesto que sentía en la cabeza, pero no tenía ganas de saber qué era exactamente.

Fue a la cocina, encendió un cigarrillo y puso a calentar agua. Preparó el mate como todos los días. Era domingo, estaba sola. Música de fondo y mucho, mucho fastidio.

Se había pasado toda una vida, la suya, siendo la nena buena que papá y mamá le habían pedido. Buena en el colegio, buena en la facultad, buena en cada trabajo que tuvo. Ahora ya no era una nena, pero seguía siendo buena. Había sido una buena esposa, buena empleada, buena profesional, buena amiga, buena madre, buena ciudadana.

Pero lejos de sentirse bien por eso, se sentía una completa imbécil.

En el fondo sabía por dónde venía el malestar, y no tenía ganas de indagar más al respecto. Pero el ruido en la cabeza no paraba.

En el trabajo siempre elogiaban su desempeño… “qué bien qué hiciste esto”, “qué bien que manejaste tal tema”. Pero el ascenso se lo llevó otra persona. Así con todo. Recibía elogios, muchos elogios, pero el primer premio se lo daban a otro. Ella venía conformándose con ser buena, linda, genial, etc, etc, etc, pero no entendía bien por qué, todavía, no alcanzaba.

Al final, ese domingo, entre mate y humo, se preguntó si el problema no sería que se había esforzado demasiado por ser una nena buena, mientras que el mundo pertenecía a los seres comunes y corrientes, egoístas, humanos.

Se levantó y fue a mirarse otra vez al espejo. Seguía sin gustarse, sin verse ni linda ni nada parecido. Es más, se miró un poco más y se dijo que claramente tendría que verse aún peor, que definitivamente tenía que borrar esa expresión de idiota buena y dejar salir a la bruja que en algún lado de su alma debía anidar. Ser una fucking bitch, una jodida, como era la mayor parte de la gente que conocía.

Quizás así las cosas le fueran mejor. Las brujas y las jodidas tienen más suerte.

En definitiva, pensó, ella no buscaba elogios. No quería ser la mejor madre del mundo, sólo quería que sus hijos la amaran. No quería que le dijeran que era excelente en algo, quería que reconocieran su trabajo y le dieran lo que le correspondía. No quería que le dijeran que era una buena mina y que era linda, quería que estuvieran a su lado.

Ella ya había aprendido que detrás del elogio venía siempre un “… pero…”, y creía que no podría soportar ni uno más sin estallar.

Tenía que buscar. En algún lugar, en algún momento de su vida había perdido el egoísmo. Ese egoísmo fundamental para sobrevivir. Así no iba a poder resistir mucho más. Pero ¿dónde lo había dejado?

¿Por dónde empezar? ¿Qué tablero patear? ¿A quién le iba a apuntar primero? No tenía ganas de convertirse en Michael Douglas en Un día de furia, pero sabía que algo tenía que hacer urgente para que no fuera ella misma quien se quebrara internamente.

Lo sentía. Sabía que tenía que abrirle la puerta al enojo. Sabía que tenía que dejarlo salir. Sabía, ella sabía en el fondo qué la estaba enojando. Sabía que estaba siendo buena con todo el mundo y no estaba siendo buena con ella. Sabía que no reclamar, no preguntar, no saber, no hacer lo que debía hacer por ella misma, tenía más que ver con su miedo que con su bondad. Sabía que no preguntar y no exigir no era por su mentalidad zen, ni por sus creencias filosóficas, sino porque tenía miedo, mucho miedo.

Sabía, no podía seguir ocultándolo, donde estaban cada uno de sus pensamientos y de sus sentimientos. Sabía la frustración que su trabajo le generaba, el malestar que los problemas económicos le traían, el cansancio y el agotamiento de luchar todos los días por sus hijos, la angustia del no saber en qué iba a terminar esa apuesta al corazón en la que se había metido.

Se miró de nuevo al espejo y supo con claridad qué era lo que no le gustaba: no le gustaba su propia cobardía. Su cobardía disfrazada de bondad y de comprensión. Las piernas se le doblaban.

No era buena, era una cobarde. No era comprensiva, estaba aterrorizada. No era que tuviera una paz interior que la sostuviera, que estaba centrada y en contacto con su propia verdad. Era que las incognitas, la incertidumbre, el no saber, la habían paralizado, la habían dejado suspendida y con cara de espanto. Se tuvo que admitir que todo lo que ignoraba era tanto que no era posible sostenerse en el medio de esa nada.

En definitiva, era una cuestión de valentía. De ser valiente para enfrentarse con las cosas que tanto la asustaban. De ser valiente para admitir que tal vez con alguno de sus hijos estaba fracasando en su misión, de entender que en el trabajo el mejor puesto se lo queda el que mejor palanca tiene, de admitir que fue una imbécil al comprar su libertad en lugar de exigirla por la fuerza y de admitir que a veces tenía que dejar de ser una nena buena y ser una mujer exigente y respetarse a si misma.

Encendió otro cigarrillo. No estaba segura de lograrlo. Venía de una generación de nenas buenas. Pero sabía que por algún lado iba a empezar, que algún tablero iba a patear. Aunque todavía no supiera bien cual.