¿+ o -?

Se que a muchas personas les sirve la práctica del pensamiento positivo. Pero algunos lo llevan a un extremo tal que coquetea con la negación.

Las personas “fuertes” no son las que sólo tienen pensamientos positivos y que se convencen que “todo” va a salir bien. La vida no es así, las cosas a veces no salen como queremos.

Una persona “positiva” aprendió a reconocer sus pensamientos y emociones “negativas” (permítanme relativizar los términos), mirarlas cara a cara y resolver qué hacer con ellos.

La tristeza y sus compañeros tienen funciones claves en nuestra vida. Nos ayudan a interrogarnos, a “darnos cuenta”, sirven para la reflexión y para resolver qué hacer con eso.

Después de todo se trata de pasarla lo mejor posible todo lo que se puede y sin drama innecesario. Pero cuando la tristeza tiene una razón, hay que hacerle un lugar. Vivirla nos dejará no sólo la enseñanza sino también la posibilidad de valorar los momentos de alegría.

Creer en tomar el control y entrenarnos a ser personas “positivas” le saca mucho al “personas” y le asigna un valor holliwoodense a lo “positivo”. Si la evolución nos permitió ocupar la cúspide de la pirámide zoológica, no es para que nos entrenemos para una competencia de agility humano, sino para que usemos el cerebro y desarrollemos nuestra creatividad en función de nuestra libertad. En especial, la libertad para romper con todos esos conceptos cliché que pretenden engatuzarnos y hacernos creer que si no respondemos a los modelos y a los mandatos no somos todo lo “buenos” que deberíamos.

Seamos libres para, también, dejarnos estar tristes, felices, enojados, ansiosos, malhumorados, esperanzados, enamorados, de duelo, o como sea que queramos estar. Rompamos un poco o mucho con la película y banquémonos la insoportable levedad de ser.

¿Somos como nos dibujan los ojos que nos miran?

La belleza es algo cultural y a la vez subjetivo. Desde los griegos, para quienes lo bello era lo bueno, pasando por los cultores de las proporciones, hasta los patrones de hoy que imponen qué es lo bello, todas las variables posibles del cuerpo humano han subido y bajado en el pedestal de lo que se considera el “deber ser” para ser bello, deseable y atractivo. Es tan cultural y subjetivo como relativo, así que no me voy a referir a ningún patrón de belleza en particular, ni pasado ni actual.
No importa entonces cuál sea el patrón de belleza, lo que parece que no es facil es escapar a querer sabernos bellos, deseables y atractivos. Pero: ¿para quién? Es decir: ¿quién nos dice si somos bellos?
Queremos ser bellos para un otro, reminiscencia de un Otro. Para un otro con ojos que nos mira y que en esa mirada nos captura, nos estructura y nos objetiva o nos subjetiva. ¿Cómo escapar, entonces, de la mirada de ese otro que parece dibujarnos y decirnos quienes somos?
No es simple escapar a la mirada del otro, o de los otros que dicen qué es la belleza. Y no es que se me ocurra a mi, que ya lo dijo Immanuel Kant: que si todas las moscas comen caca, la caca ha de estar buena, por aquello del principio de universalidad. En realidad, no creo que Kant haya pensado jamás y menos dicho el ejemplo de las moscas, pero en nuestro aquí y ahora, la universalidad nos va marcando qué fue la belleza ayer y qué es la belleza hoy. 
Que hoy sea esto y ayer haya sido aquello, poco importa. La cuestión es que las personas, en general, salvo un gran gran esfuerzo y trabajo personal, nos sentimos más lindos, o más feos, a partir de una mirada. Y esa mirada no suele ser la propia, ni la imagen que nos devuelve el espejo, sino la mirada de otro.
Entonces en esa mirada, ¿hay un otro que nos dibuja? ¿Hay algunos quienes nos dibujan lindos y otros no tanto? Hasta donde me animo a sostener, hay un otro, un otro cualquiera, un otro que ni siquiera importa quien sea, salvo en un nanosegundo en el que se destaca en nuestro fondo como figura de algo, ese otro que con su mirada nos mira y provoca algo, un otro relevante. Y habemus una mente que resuena con esa mirada y nos dispara emociones que nos dicen cómo sentirnos. Y nos dicen cómo sentirnos en base a toda la información que tenemos archivada en nuestra mente de todos esos Otros que nos han mirado y nos han estructurado. Freud llamó “Superyo” a ese reservorio (no porque indicara un espacio concreto del cerebro, sino como una figura simbólica a la cual recurrir para explicar su teoría del funcionamiento del aparato psíquico), a esa voz interna que, como pájaro carpintero nos sopla al oido, a partir de la mirada del otro: “sos gorda”, “sos fea”, “sos hermosa” o lo que sea.
Porque, para ser claros, la mirada nos mira, y no nos dice nada. Y a veces ni siquiera está, como ojos, físicamente. A veces es sólo una mirada figurada.
La que nos dice a partir de esa mirada, es nuestra mente.

Y a quien ponemos en lugar de ser un otro relevante, en realidad, tampoco importa mucho quien sea. Como objeto de la pulsión que es, da lo mismo que sea cualquiera. 

Las que dibujan, entonces, son nuestras emociones. A veces, a pesar nuestro. Y a veces, haciéndonos pesar.
Hay un ser portador de belleza y un ser que se siente bello. El primero depende de las moscas, de lo que aquí y ahora se defina como “belleza”. El segundo, el que se siente bello, depende de su mismidad. 
Y hay todavía un tercero, el que trasciende y suma la química del cuerpo con las cualidades de la mente y de las emociones. A ese lo miramos desde el Amor. Seamos nosotros mismos o miremos a otro. 
Desde un Amor genuino a nosotros mismos podemos trascender la tiranía del patrón de belleza, sea cual sea, impuesto por muchas moscas. Desde un Amor genuino a otros, podemos mirar a una persona y sumar cuerpo, mente y emociones, y trascenderlo como un mero hecho biológico y elevarlo a la condición de sujeto. Sujeto de deseo. Sujeto del inconsciente. Sujeto del uno a uno. Persona, y no una mosca mas comiendo caca.

Amistad, Eros y leyes #diadelamigo

mafaldaamigos

Linda forma de despertarme escuchando los mensajes de mis amigos! No me gusta la asignación de días especiales para conmemorar lo que deberíamos celebrar todos los días, pero el día del amigo es como un cumpleaños, hay que festejarlo por el hecho de estar vivos y de tener cerca (cerca espiritual, que no siempre es cerca físico) a quienes amamos.

Amistad y amor son especies del mismo género, con diferencias de grado. Ambos se originan en la libido. ¿Todavía quedan personas que se escandalizan cuando se dice que en la vida todo es de origen sexual? Y si, la vida es sexualidad, o mejor dicho, sin sexualidad no hay vida, porque Eros es precisamente la pulsión que nos empuja a mantenernos con vida, y si renunciamos a esa pulsión de vida, sexualidad en su más pura esencia, simplemente, morimos.

Morir no sólo es convertirse en cadáver. Hay muchos cadáveres caminando y respirando por la calle ¡qué desprecio por la vida, respirar estando muertos! Pero es una mera cuestión de tiempo. Donde no hay Eros, se termina muriendo también en el cuerpo.

Freud señalaba la amistad como una aspiración sexual de meta inhibida, una declinación de la satisfacción que permite construir y mantener un vínculo que puede ser fijo y duradero.

Mi versión pagana de los dichos del Maestro es que las parejas (fugaces, ocasionales, duraderas, clandestinas, legales o imaginarias) pasan, pero los amigos y los hijos quedan.

Por eso fue un gran avance llevar esa realidad al ordenamiento jurídico, ya que permitió no sólo establecer un vínculo contractual entre dos personas que se aman (matrimonio), sino también entre personas que se aman pero que no comparten su vida sexual. La unión convivencial le da la posibilidad no sólo a quienes son pareja a unir sus vidas en lo jurídico, con las consecuencias que eso implica, sino también a quienes comparten su vida desde la amistad.

No me puse a investigar si los legisladores tuvieron en cuenta esta alternativa al momento de discutir la ley, pero me parece una opción interesante. Al menos, con mucho acierto, el Título III del nuevo Código Civil no dice nada (del art. 509 al 528) respecto a la vida sexual de las partes. Y conozco a muchas personas que por valederas razones preferirían establecer una unión convivencial con un amigo o amiga, que contraer matrimonio.

Siguiendo con la celebración de la amistad, me alegra haber aprendido a decir “te quiero” a los que quiero, y hacerlo todos los días. Me alegra que hoy no sea un día especial en el cual le digo a mis amigos “te quiero”, porque se los digo cada vez que hablamos y nos vemos.

Y me siento orgullosa de los amigos que tengo y por tenerlos, pero también me siento orgullosa por los que ya no tengo. Me alegra haber dejado atrás a las personas que viven en la mentira, no me llevo bien con la mentira.

A todos, amigos y no amigos, amor y paz. A celebrar!

Caroline, la luz y la oscuridad

monos-sabiosHace unos años tuve una paciente que voy a llamar Caroline, por Caroline Ingalls. Caroline había sido criada dentro mandatos sociales muy claros: la mujer debe casarse, tener hijos, cerrar los ojos, y poner cara de felicidad. Caroline había aprendido muy bien eso y tenía una familia Ingalls que, vista desde afuera, era la familia perfecta: un marido trabajador y proveedor, hijos estudiosos, hijas que no se ponían botas negras y minifalda porque creían que eso era para chicas “indecentes”, casa, auto, jardín, iglesia y vacaciones.

Pero algo la trajo a la consulta, la trajo todo lo que no podía decir y que costó mucho esfuerzo que pudiera siquiera animarse a enfrentarlo.

Caroline era la Sra Ingalls en la ideología, pero no tenía nada que ver con el aspecto de la actriz. Caroline, sin importar su descripción física en lo más mínimo (porque acá no es cuestión ni de gordura, ni de falta de cintura, ni de cabellos deslucidos, ni de joggineta como religión), impresionaba abandono. Borrados sus caracteres sexuales secundarios, parecía que había eliminado de su vida todo rastro de sensualidad. Caroline era puro “Demeter”, pura madre, The Big Mother, y una mujer que se pone en esa posición en forma exclusiva, amordaza a su Afrodita interior y nos transmite esa imagen desexualizada a años luz de todo lo que las mujeres hacemos para seducir, desde que nos miramos al espejo e intentamos seducirnos a nosotras mismas, hasta aquellas que van por la vida seduciendo hasta a las piedras. Tenga 5, 15, 30, 50 u 80 años.

La sexualidad nace y muere con nosotros. Somos seres sexuales y, como decían Freud y Dr. House, siempre se trata de sexo.

Caroline no podía poner en palabras muchas cosas. No tenía tampoco bien en claro por qué había decidido iniciar terapia, pero estaba sentada frente a mi en la primera entrevista con una gran sonrisa que no coincidía con la expresión de sus ojos. Años de lectura de las enseñanzas de Paul Ekman y de observar personas y lo que dicen sus cuerpos me dieron suficiente background para dividir mentalmente una cara y darme cuenta cuando la sonrisa camina para Marquez y la mirada va en tren rumbo a Tigre. Llevó mucho tiempo que Caroline se animara a contar sobre sus frustraciones, sobre lo que había detrás de las apariencias, sobre su paupérrima vida sexual con su marido, sobre el impacto de haber perdido a sus padres. Caroline era una estructura de apariencias con un gran sufrimiento interno.

Caroline hablaba y hablaba, pero no decía nada. Su tema de conversación preferido eran sus hijos. Pura palabra vacía, bla bla bla, tuve que medir con mucho cuidado mis intervenciones. Todo indicaba que ella internamente sospechaba que su marido tenía un affair con otra mujer, pero Caroline cerraba bien fuerte los ojos, la boca y los oidos. Y más fuerte cerraba todavía la nariz y la piel, porque si hay un lugar donde las personas perciben estas cosas son a través de la nariz y la piel. Y esto no es poesía, es química de hormonas, neurotransmisores y feromonas. Las feromonas se respiran, el mensaje llega al cerebro, y ahí se decodifica y se mandan las señales de alerta. Me da gracia cuando alguien dice que el último en enterarse es el o la “víctima” del engaño, porque siempre, en realidad, fueron los primeros en saberlo.

Una situación así en una pareja no es algo irremontable. Con la estructura familiar de contención (nota al pie: familia no es lo mismo que pareja, son sistemas superpuestos pero no son lo mismo), con un buen pasar económico y con alguien al lado dispuesto a perpetuar la mentira, Caroline tenía todo a su favor. Con mucho cuidado empezamos a sumergirnos un poco en esa relación. De a poco pude enterarme cuáles eran las cosas que Caroline quería de su marido: era buen padre (respuesta básica primaria si lo miramos desde la Psicología Evolutiva), buen proveedor, no era una persona violenta, se ocupaba de todo y sobre todo, era una persona honesta y sincera, dos características que siempre se encargaba de destacar sobre todas las cosas. Tenían algunas discusiones propias de la convivencia, tenía “quejas” como cualquier persona que convive con otra, y cada uno con sus caracteres que eran absolutamente irrelevantes a la hora de entender la dinámica de esa pareja. Pero eso era, básicamente, lo que Caroline quería de él.

Caroline se había enamorado en algún momento del ideal del Yo de su marido.

Una de las preguntas que algunos psicólogos nos hacemos -al menos los psicólogos que entendemos que siempre estamos hablando de Amor dentro del consultorio- es qué nos enamora de una persona. Buscamos en estudios como los de la antropóloga Helen Fisher, buscamos en el Psicoanálisis, buscamos en la Psicología Evolutiva, buscamos en los relatos de nuestros pacientes, buscamos en nuestras vidas, buscamos en la vida en general. Todo va conformando un mosaico para que podamos armar un plexo teórico que nos de herramientas para entender a ese dolor con forma de humano que tenemos delante.

Caroline amaba lo que seguramente era el ideal del Yo de su marido. Que coincidía con su propio ideal de Sra Ingalls criada bajo mandatos ancestrales y pétreos. Siempre el entrelíneas dejaba ver que Caroline sabía del engaño y la mentira con la que convivía. Pero no podía ponerlo en palabras. Eso le acarreaba un sufrimiento y un desgaste de energía psíquica puesta al servicio de mantener las apariencias, propiciado por algún rasgo masoquista. La pregunta era ¿por qué elegir vivir así?

Llevó más tiempo todavía que Caroline recordara que había habido un engaño confesado hacía muchos muchos años. Caroline, por las circunstancias, por la vida, por los mandatos, por el amor, por lo que fuera, había perdonado. O eso decía.

Pero Caroline se había armado una estructura tal donde podía obtener el beneficio secundario (entendido en el alcance que le da Freud cuando habla del síntoma) a diario: detrás de todo rasgo masoquista, hay uno sádico, son binomios, y Caroline se aseguraba de llevar adelante su castigo con una sonrisa fingida en los labios y con una habilidad increíble en el manejo de las culpas ajenas. Caroline castigaba duro ofreciendo una apariencia desexualizada y deserotizada, desganada totalmente a la hora del intercambio de fluidos, una pura convocatoria a la frustración, no ya propia sino a la frustración de su marido. Una invitación a la huida. ¿Su beneficio secundario de tener una vida sexual así? Castigar, castigar y castigar. Caracteres maternos exacerbados (que ahuyentan el erotismo de un hombre que ha llevado a pique a su complejo de Edipo), Caroline en privado y en público se ponía un cartelito de neon que decía “no quiero sexo con vos” y seguía acumulando abandono en su apariencia física. Pero no estaba dispuesta a soltar a la presa. Precisamente porque su libido estaba puesta al servicio del castigo de lo que nunca había podido perdonar ni superar. Ese era su premio.

A veces nos preguntamos en charlas entre psicólogos por qué la gente elige y decide tener vidas de mierda en una actualidad que nos da todo como para ser sinceros y felices.

Lo que Caroline no podía decir era lo que realmente saltaba a la vista respecto a su marido. De sus sueños (única forma a través de la cual pude entender algo) lo que surgía era siempre la presencia de un hombre hipócrita, insincero, mentiroso y egoista. Las sesiones terminaron abruptamente cuando intenté vincular al hombre de sus sueños (vaya frase) con el hombre de su realidad de todos los días.

Caroline simplemente no podía ver la oscuridad en su marido. Sólo quería ver la luz. Y no podía poner esto en palabras. Ella no quería al ser de luz y de sombras. Ella quería al ser de luz. Y las personas no somos sólo luz, somos luz, sombra, blanco, grises y con suerte, colores y música. Caroline cerraba los ojos, la nariz y su piel porque no podía darse el lujo de tener a su lado un ser humano normal, con aciertos y desaciertos, ni podía poner en palabras lo que sentía respecto a todo eso. No podía destronar a Charles Ingalls, sino a costa de denigrarlo de tal forma que se transformara en Jack el Destripador, destructor de la familia, mal padre, hipócrita que los había engañado a todos y condenarlo a los fuegos eternos. La lucha de Caroline estaba centrada en mantener la apariencia de lo que no era y a perpetuar a su familia en la mentira más rotunda. Para eso tenía un marido que le era absolutamente funcional y cedía siempre.

Así, su falta de herramientas para afrontar una vida real en vez de una vida de mandatos y novelas, no la hacía infeliz a ella sola, sino que hacía infelices a todos, ya que lo no dicho convive en el aire que respiramos y se filtra como el agua hasta los cimientos.

Aunque hice todo lo posible en aquellos tiempos por ser cauta en mis intervenciones, me equivoqué y eso terminó abruptamente con las sesiones. La excusa tonta que puso ya ni la recuerdo.

Esta semana me sorprendió que Caroline pidiera volver. Lo primero que me contó es que hacía unos días había tenido relaciones con su marido y eso la había dejado totalmente angustiada. Habiendo aprendido la lección, sólo callé. No pude dejar de fijarme en su pelo en toda la sesión: lo tenía peinado con raya al medio y con dos hebillitas a los costados, como si fuera una nena de siete años. Su sonrisa le hacía juego. Tenía tanta angustia contenida encima y que no podía expresar que la pude sentir en mi propio cuerpo. Preferí no preguntarle nada. Ella tampoco me dijo si quería volver.

Cuando amamos sólo una parte de una persona, corremos estos riesgos. Cuando no podemos aceptar que delante nuestro tenemos un ser humano integral, cuando no entendemos que todos tenemos luz y sombra, que todos podemos mentir, que todos podemos ser “buenos” y “malos”, que todos tenemos cosas de nosotros mismos que no nos gustan, que todos cometemos aciertos y errores, que no somos perfectos y que simplemente somos -tal vez- el escalón superior de la pirámide biológica, mezcla de animal y cultura, llenos de hormonas y neurotransmisores que nos gobiernan, no podemos ser felices.

Y la vida es muy corta para no intentar ser felices.

Caroline es feliz a su manera, por eso no se si le interesa estar en un proceso terapéutico. Perpetuar el engaño en el que vive le da el poder de castigar y de ahí saca su felicidad. Me pregunto si ella estará dispuesta también a ver su propio lado oscuro.

We are like quarks. Quarks, the adorably named building blocks of protons and neutrons, come only in groups, never alone. Apparently, the force that binds quarks together increases with distance, so the farther one tries to pry a lone quark away, the harder it will pull back. Therefore, free quarks never exist in nature. So, the farther any force tries to keep us apart, even me, even you, the harder we will be together. This is what Stephen Hawking basically says in The Grand Design, and, as he said too, we don’t need a gook to explain this. 

Jofie, la perra de #Freud, Catalina y la terapia

JVmbDdd0wp2n8lchyd1Iph8Oo1_400Freud, siendo ya el padre del Psicoanálisis y un hombre grande en muchos aspectos, tuvo, en sus últimos años, un espacio en su vida también para los perros. Si bien algunos mal pensados dicen que el primer perro que Freud llevó a su hogar (Wolf, un ovejero alemán que regaló a su hija Anna) tenía el secreto propósito de fastidiar a su esposa quien no soportaba a los perros (¿cómo no sospechaste de ella, Sigmund?), Herr Professor encontró en su perra Jofie una aliada a la hora de entenderse con algunos pacientes.

Jofie era una perra de raza Chow Chow. Adquirió algunos hábitos muy particulares de los permisos que le otorgaba Freud para participar en algunas sesiones. Jofie leía tan bien a Freud que incluso se adelantaba al final de la sesión, levantándose instantes antes del momento justo en el cual el doctor iba a dar por concluido el encuentro. Cuando un paciente no le caía bien, gruñía y se ponía debajo del sillón, lo que siempre despertaba las sospechas de Freud quien terminaba diciendo, con el tiempo, que la perra no se había equivocado en su diagnóstico.

En algunos casos, Freud le reconoció rango de coterapeuta a Jofie y llegó a decir que los perros eran como las personas, pero mejores. Anna, su hija, al recordar el afecto de su padre por los perros que tuvo, sostenía que Freud dijo: “Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos, a diferencia de los seres humanos, que son incapaces de sentir amor puro y siempre se ven obligados a mezclar el amor y el odio en sus relaciones de objeto”.

Una de las mayores virtudes que reconocía Freud en la relación entre un humano y un perro, es esa característica propia del perro de brindar a su humano un amor sin ambigüedades. La muerte de Jofie le generó al doctor un duelo genuino, que lo llevó a reconocer que una relación de siete años con su perra habían dejado en él “una huella innegable”. Quienes tenemos perros y mascotas en general, y los terapeutas, compartimos ese conocimiento sensible sobre el dolor genuino y el vacío que la partida de un compañero incondicional deja en nuestras vidas y en la vida de nuestros pacientes.

ac8118c8e893b687a64cb23254dced99La ciencia en los últimos años nos ha dado la posibilidad de estudiar el cerebro humano. Todo lo que ocurre en el cerebro, se puede expresar en términos químicos, en intercambio de neurotransmisores (química), en actividad eléctrica (química), etc, y esa actividad que enciende y apaga ciertas zonas, se puede examinar con diversos escáneres, como los tomógrafos y los resonadores. Pero a algunos científicos también han decidido investigar el cerebro de nuestros mejores amigos, no en momentos de anestesia sino en plena actividad, siendo necesario para ello entrenar a los cuadrúpedos chumbadores a quedarse inmóviles mientras duran los estudios.

Algunas de las conclusiones son interesantes. Los estudios realizados en diversas universidades revelaron “semejanzas importantes entre la forma en que los cerebros de los perros y los humanos procesan sonidos vocálicos emocionalmente cargados. Los investigadores descubrieron que, en particular, los sonidos felices encienden la corteza auditiva en ambas especies. Este denominador común habla del sistema de comunicación especialmente fuerte que subyace entre el lazo perro-humano. En resumen: Los perros no solo parecen captar nuestros sutiles cambios de ánimo –sino que, de hecho, están físicamente capacitados para captarlos–”.

“Es muy interesante el comprender el set de herramientas que ayuda a la comunicación vocal exitosa entre dos especies”, dijo a Mic Attila Andics, neurocientífico y autor principal de uno de los estudios. “No necesitábamos imágenes neuronales para ver que la comunicación funcionaba [entre perros y personas], pero sin ellas, no entendíamos por qué funcionaba. Ahora estamos comenzando a hacerlo“.

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Catalina

Hoy mi perra Catalina participó por primera vez de una sesión, y fue un pedido conjunto entre mi paciente y ella, con mi aprobación. Pude apreciar los efectos benéficos que implicó la interacción entre un humano que lidia con sus angustias, y el consuelo sincero y simple que da un perro. No cualquier perro puede participar en psicoterapia, sin dudas debe tener algunas características que lo hagan especial en varios sentidos, ya que estamos dentro de un dispositivo donde trabajamos con un encuadre, y debe ser un perro que pueda manejarse dentro de ese encuadre. Catalina es una perra especial en muchos sentidos, y supo dar lo que de ella se necesitaba. Esto es simple verlo en el día a día e incluso en el trabajo en zooterapia específica. Pero no es usual verlo en una consulta individual, clínica, con una visión psicoanalítica. A veces hay que permitirse algunas excepciones. Y hoy creo que mi perra hizo, sin ningún esfuerzo, un buen trabajo.

Fuentes: Escáneres cerebrales en perros – enlace

Sigmund Freud y los Chow Chow – enlace

¿Por qué es “azul” el príncipe?

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Para Fabiana P. y Fernando C., gracias!

Hoy los poetas y los faunos nos agitamos alterados, entonces sin importar donde estemos, nos hablamos y nos consolamos este vivir en un mundo que reniega del Amor y de la Poesía.

Una amiga de varias vidas (si esto de las varias vidas existiera, seguramente lo seríamos desde Egipto hasta muchas vidas futuras) hoy hablaba de príncipes y princesas, de Bellas Durmientes, de Blancas Nieves, de Cenicientas y de historias de mujeres que esperan y esperan, durmiendo en el sueño del edipo eterno, que llegue el caballero en un caballo blanco y matando dragones y madrastras las rescate y se haga cargo de sus vidas.

Eso es lo mismo que hablar de caballeros que creen que la vida es hacerse cargo de las princesas.

Me acordé de Diotima, del Banquete de Platón, de Freud y de Lacan, de Edipo, de Persefone, de Eros y de Tánatos. Me acordé lo bien que sabe en los labios el alma humana. Pensé en varios ejemplos y lo vi, ahí sentado, mirándome fijo, al famoso Príncipe Azul, que supuestamente todas esperan para convertirse ellas mismas en Princesas.

Se que no soy una princesa, así que mirándolo a los ojos le pregunte: “¿por qué sos azul?”.

Obviamente el Príncipe, que será príncipe pero es hombre, no tiene ni la más remota idea de por qué es azul, ni que pasa tampoco después del “felices para siempre”, ni quien inventó esto de ser el valiente caballero.

Un poeta como pocos, desde una isla llena de sol, me regaló hoy la mejor respuesta a una pregunta que me molesta desde hace una eternidad:

“Sencillo mi querida Inés. El día que una mente estrecha decidió crear al príncipe, solo tenía tinta azul para el maleficio. Decidió así dibujar al príncipe exponiendo en el papel su alma monocromática. Lo que ese ser no sabía era que las diosas se revuelcan en infinitos óleos. Son los colores de la vida los que el príncipe es incapaz de ver, ya que sus azules ojos carecen de las partículas pigmentadas con los sabores que los locos y lunáticos disfrutan en la mañana. Por eso cuando aparece el príncipe, y en consecuencia la princesa, es importante preguntarle -¿A qué te saben los colores? Si su respuesta es monocromática, ya sabes que estás ante la nefasta presencia de un príncipe azul”.

El problema del príncipe azul es su monocromía. Una monocromía que le impide ver los colores del mundo. Una monocromía que lo resguarda y lo pone a salvo de tentarse con los sabores infinitos en los cuales las diosas se revuelcan, óleos de texturas y de formas, colores de vida, aromas de piel y de mar.

La monocromía lo preserva de asomarse al mundo de una mujer, de la diosa, y lo deja en el de la pobre princesa desvalida que lo necesita para subsistir.

Ya lo dijo Bettelheim en su “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”: “El padre real de la princesa cautiva se describe como una persona bondadosa pero incapaz de rescatar a su hija. En “Nabiza” es una promesa lo que se lo impide, mientras que en la “Cenicienta” y “Blancanieves” parece incapaz de tomar sus propias decisiones en contra de la todopoderosa madrastra”

Se que no soy una princesa, ya lo dije, y no me gustaron nunca los príncipes azules. Me quedo del lado de la luna. Me quedo con la policromía de sabores, de texturas, de colores, de Amor, de música y de vida. Sin torre, sin rejas y sin esperas. Bien despierta, colorida y con los pies en la cocina sólo para crear.

Sigmund Freud

Sigmund Freud

El 23 de septiembre de 1939 moría Sigmund Freud, en la Londres que lo recibió cuando debió huir de su Viena invadida por los nazis.

Quemaron sus libros, declararon su ciencia infalsable, lo expulsaron de la Sociedad Médica de Viena y muchos se sintieron molestos al conocer sus investigaciones a lo largo de su vida. A más de cien años de La interpretación de los sueños, de Tres Ensayos sobre teoría sexual, del sueño de la Gradiva y tantos otros, a cien años exactos de que escribiera Introducción al Narcisismo (más vigente que nunca) y con una obra fecunda, prolífica, perfeccionista, visionaria y fabulosa, Freud nos sigue asombrando a quienes nos dedicamos a seguir estudiando su legado y a quienes, desde diversas ramas de la ciencia y la cultura, acceden a su obra.

Incansable en su búsqueda de los por qué y de los como de la cura, se revisaba a si mismo y no tenía ningún problema en admitir errores en sus investigaciones. Atendió su consultorio y escribió hasta pocos días antes de morir.

Hoy Viena volverá a escuchar su voz. En el 75º aniversario de su muerte, se realizará una conmemoración especial en la ciudad que vivió desde los 17 hasta los 82 años.

“Vos que sos psicóloga…”

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Hay personas que siempre saben “aprovechar” la circunstancia de cruzarse con un conocido o amigo que ejerce una profesión determinada para hacer una consulta inoportuna. Así, para los médicos es tedioso estar en una reunión, almuerzo, cena y que venga alguien a decirles: “vos que sos médico, sabés lo que me pasó? Resulta que el otro día…”. Claro, la pretensión es que ahí, en la reunión, almuerzo, cena o lo que sea, el discípulo de Galeno lo escuche como si tuviera su guardapolvo blanco puesto, lo diagnostique y lo cure. A veces la consulta es sobre traumatología, y el médico en cuestión es ginecólogo, así de desubicadas somos las personas.

A todos los profesionales o expertos en algo nos pasa eso. Pero a los psicólogos en particular nos pasa más seguido, porque ahí ya no importa qué tan amigo o conocido sea el interpelador, ahí cualquiera se larga y te espeta el famoso “vos que sos psicóloga….” o “te lo pregunto porque vos sos psicóloga”…

Los psicólogos muchas veces nos cuidamos bien en las reuniones de decir que somos psicólogos. Hace un tiempo adopté la costumbre de, al ser preguntada sobre qué hago (la gente generalmente te pregunta “qué sos?” para referirse a qué estudiaste, cosas bien distintas, pero esa es otra cuestión) tomé la costumbre de decir “cocinera”. Costumbre que voy a mantener, por cierto.

Pero, con los amigos, es difícil mantenerse al margen, porque te llaman a cualquier hora y pretenden que les des el diagnóstico profesional de la situación y además la opinión de amiga. Y es un planteo más complejo de lo que ellos mismos piensan, no por lo que vengan a contar, sino por los lugares que pretenden que ocupemos simultáneamente. (Por supuesto, hay excepciones, cuando la consulta es de una urgencia o una gravedad que amerita una conversación o una intervención de emergencia, si hay una vida involucrada. En todos estos años me pasó sólo una vez.)

Creo que esto pasa por responsabilidad de los propios psicólogos, que no hemos sabido explicar bien nuestro rol.

Más allá de las distintas psicoterapias que se puedan llevar adelante en un consultorio (tomando un consultorio como uno de los dispositivos posibles en la práctica terapéutica) una de las cosas que habría que dejar en claro es que los psicólogos no somos consejeros. Dar consejos no es una actividad principal del psicólogo, sino que únicamente se puede echar mano a ese recurso en situaciones muy particulares que la ameriten o en forma genérica al público sobre temas particulares. Obviamente si viene un paciente en una fase maníaca que pretende casarse con alguien que conoció hace tres días, vamos a aconsejar que no lo haga, porque sabemos cómo opera ese mecanismo en él, pero estos son casos excepcionales. O quizás no sean tan excepcionales, pero si debe tenerse en claro que no deben ser la regla general. Freud ha dado ejemplos concretos al respecto.

Los psicólogos no damos opiniones personales durante la consulta. En el momento de la consulta, nuestro ego no debe participar de la sesión, debe quedar afuera. Y esto debería ser así aún en el caso que el terapeuta siga una terapia cognitivo-conductual. El ego nuestro no es lo importante, sino siempre, sobre todas las cosas, es el sujeto que se esconde detrás del paciente a quien tratamos de convocar, para que él sepa qué quiere y dónde está puesto su deseo. Cuando un psicólogo da una opinión durante su consulta, generalmente se trata de una intervención, de la aplicación de un recurso en forma premeditada. La excepción es cuando debemos dar una opinión profesional sobre un tema, o cuando escribimos un artículo asumiendo una posición sobre un tema determinado, pero no es algo que hagamos para casos puntuales -salvo que estemos analizando una viñeta clínica- y siempre tratamos de llevar el caso puntual a lo genérico, al campo de las preguntas que podría hacerse quien nos hace una consulta. Siempre tratamos de llevar a la tierra de la reflexión, de que la persona que viene y nos dice “Qué te parece esto a vos, te lo pregunto porque sos psicóloga” pueda ella misma abrir un espacio donde interrogarse en lugar de interrogar a otro.

Los psicólogos no andamos por la vida interpretando a nadie. Sólo interpretamos a nuestros pacientes. Todo lo demás es un análisis salvaje e irresponsable. A veces, también es una fantasía, con un color un poco persecutorio, de quien se cree siempre el centro de atención de las interpretaciones de los demás. Siempre se presenta un “vos que sos psicóloga, cómo interpretas esto que soñé?” y aún pudiendo tener alguna percepción de qué se esconde detrás del sueño que nos relatan, debemos callar, porque la única persona con autoridad para hacer una interpretación de ese sueño es el terapeuta del paciente. Y por favor, en ese caso, que sea un terapeuta con formación psicoanalítica.

Eso no significa que internamente a veces las cosas se nos presenten fosforescentes en una situación dada. Es cierto que tenemos una escucha absolutamente preparada para detectar las manifestaciones del inconsciente (una escucha y una mirada) y que a veces no podemos evitarlo simplemente porque nos pasa. Nuestras herramientas son escuchar y mirar. Pero en esos casos, si actuamos responsablemente, debemos callar.

Por eso, si  me llama una amiga para pedirme una opinión con el título “vos que sos psicóloga” le tengo que aclarar que en este caso va a ser más útil para ella que le de mi opinión de amiga. Porque entonces ahí le puedo hablar de valoraciones, oportunidades, estrategias y le puedo dar mi opinión, algo que no debo hacer como psicóloga.

Los psicólogos debemos siempre cuidar nuestra profesión. Las profesiones relacionadas con la salud en general, pero en especial con la salud mental, tienen que ser ejercidas por personas conscientes de la responsabilidad que implica. Y a veces no está de más aclararles los tantos a los amigos, a los conocidos, o a ese desubicado o desubicada que sin conocerte viene y te dice “vos que sos psicóloga…” y pretende que le demos una opinión sobre un caso concreto, decir con claridad que eso no nos está permitido. Al amigo le vamos a decir lo que pensamos desde nuestro lugar de amigo. Al conocido, evaluaremos una respuesta adecuada. Al desconocido, le negaremos la respuesta de la forma más amable que nuestro estado de ánimo nos permita.

El acceso a la mente y a sus complejidades, el acceso al conocimiento de las emociones, de los sentimientos, de los dolores, de los pesares, de las angustias de las personas, entre otras muchas cuestiones, no es algo ni simple ni que se pueda hacer a la ligera, ni que se aprenda en un ratito. Es por eso que los psicólogos debemos exigir el respeto de nuestra profesión, debemos defenderla contra la proliferación de nuevas capacitaciones que tienden a confundir al público ofreciendo servicios que nada tienen que ver con la salud  mental y que se presentan como “profesiones” (servicios de counselor, de coaching, etc) y que deben ser bien delimitadas y especificadas sus incumbencias y sus responsabilidades. Y que, sobre todo, debemos honrarla, con una capacitación permanente, con nuestro análisis y autoanálisis y revisando día a día como venimos en eso del deseo del analista, sea desde el marco teórico que sea, pero siempre ejerciéndolo con responsabilidad y con honestidad.

Divagues sobre la libertad, el amor y la #egosintonía

El tema de la libertad está siempre presente: que si somos libres, que no me siento libre, que estoy construyendo mi libertad, que tengo que conquistar mi libertad. Parecería que la libertad es “algo” que “descubrimos”, que “construimos”, que “nos permitimos”, o algo que podemos perder.

Sigo convencida que somos libres y que muchas veces hacemos todo lo posible para evitar darnos cuenta. Siempre por lo mismo. Darnos cuenta, tomar estado y noticia de nuestra libertad es dejar de hacernos los boludos y ponernos en situación de hacer algo, o nada, pero asumiendo que hagamos o no, es lo que REALMENTE QUEREMOS y, fundamentalmente, es NUESTRA ELECCIÓN.

Hoy me giraban varias ideas en la cabeza, no muy conectadas. Que la libertad, que el “amor imposible”, que la “posibilidad”, que el pasado, el presente, el futuro y los tiempos de verbo que utilizamos. Entre el tránsito insufrible de la mañana y los acordes de AC-DC, se formó un link entre la palabra “libertad” y la palabra “imposible”. Y venía a cuento a una construcción lingüística, dos signos, que leí ayer, vieja como el mundo a partir que los seres humanos decidieron complicar lo más natural y simple -el amor- (nota al pie: perdón, hay días que no coincido con Lacán). La construcción en cuestión era: “amor imposible”. (segunda nota al pie: amor imposible = ¿noamor?, me queda para pensarlo mucho más adelante).

Si dejo de lado toda la teoría acumulada me digo: cómo y cuánto seduce y tienta pensar en el “amor imposible”! Qué concepto más romántico! Y absurdo, porque a poco que me detengo a analizarlo se me ocurre que un “amor imposible” es sólo un disfraz. Vamos, que si algo nos deja el Psicoanálisis es este impedimento perpetuo y fastidioso de mentirnos (no es fácil dejar de lado la mochila teórica).

Una de las pocas -tal vez la única- intolerancia que tengo es creer que el amor siempre es posible casi por definición. Voy al caso de la construcción que traje a cuento, “amor imposible”, porque se dió dentro de un contexto, donde un hombre le declara a una mujer que ella es, precisamente, su “amor imposible”. Y el contexto es importante, siempre, ya que si pensamos una novela, enseguida podemos imaginar a un hombre enamorado de una mujer que no lo corresponde. Nada más alejado de la realidad: la víctima de la frase amó a ese hombre y estaba absolutamente dispuesta a construir un vínculo y una pareja con él.

Los hechos nos dicen que bajo una etiqueta romántica y declarativa (por más imposible que sea, no deja de ser amor), se disfraza la imposibilidad y se la deposita afuera. Una imposibilidad muy bien maquillada en falta de fuerza vital y desgano, pero que nos habla de una decisión personal debajo de todo ese maquillaje, que no se puede asumir rotundamente, que tal vez entristezca, pero decisión al fin, y personal, y rotunda.

Mientras esquivaba pozos y autos, los Stones me decían: Paint it black. Imposible, hoy es un día histórico por muchas razones. Y en el medio del recuento de varias situaciones felices se me filtró de nuevo el tema de la “conquista” de la libertad. Otro link, pensé, de la palabra libertad a la palabra “egosintonía”.

La egosintonía se entiende como la falta de malestar con las acciones que se realizan y con los pensamientos que se tienen, incluso con las emociones que se sienten. ¿Se entiende? Es una persona que está feliz consigo misma, que no se siente mal ni con lo que piensa ni con lo que hace y en muchos casos se siente muy bien con lo que siente. Es más: tiene una sensación de bienestar con sus propias características de personalidad.

Parece genial, ¿no? Voy a ampliar un poco el concepto: una persona egosintónica puede ser una persona que se siente muy a gusto con sí mismo, pero… su forma de actuar, sus conductas, lo que hace o lo que no hace, genera malestar en las otras personas. Y el egosintónico no sólo no se da cuenta sino que no asimila ni entiende ese malestar.

La egosintonía puede presentarse en formas muy leves, hasta casos patológicos y graves, que llegan a atentar contra la propia vida. Un ejemplo claro para entender el concepto es la anorexia: quien presenta un cuadro de anorexia tiene aspectos egosintónicos, se encuentra a gusto con la falta de ingesta y con la decisión de no comer.

La egosintonía también puede observarse en personalidades psicopáticas. Pero la egosintonía no es un cuadro sino un estado, y por lo tanto, modificable.

Por alguna razón, una persona que vive un período egosintónico, no abre en su vida un espacio para incluir no sólo a otros sino lo que esos otros sienten. No logran conectar con el otro. Detectan al otro como un objeto, pero falta la capacidad empática de detectar la subjetividad del otro, sus emociones y lo que las propias conductas generan en el otro.

En cierto sentido, pensar en alguien que está demasiado a gusto con si mismo, me recuerda esa etapa feliz de la infancia donde no había lugar ni para la espera, ni para el otro, ni para nada que no fuera la propia satisfacción. En el reino del egoísmo infantil (¿le sigue molestando todavía a alguien saber que los niños son perversos polimorfos?) la única ley válida es la del principio del placer. Y no por casualidad, algo de la ausencia de límites se adivina en los sujetos egosintónicos. Pero esto no es un jardín del Edén: los fantasmas que generan la falta de límites o los límites muy difusos pueden ser extremadamente aterradores. Y una de las consecuencias de la egosintonía puede ser la pérdida de los objetos de amor.

¿Por qué se generó este hipervínculo? Porque se me antoja que la libertad no es egosintónica. Ser libre y saberlo implica no sólo hacer lo que se quiere sino medir las consecuencias de los propios actos. Siempre somos libres, en cualquier aspecto de nuestras vidas. en una relación amorosa también. no hay rito ni contrato que ate in eternum a dos personas en el sentido de privarlos de su libertad de sentir, de hacer o de no hacer. La libertad es como el sonido: una experiencia absoluta y rotundamente subjetiva, algo que nos pasa internamente.

Acá es donde encuentro que la articulación de libertad, la imposibilidad y la egosintonía tienen una razón de ser, al menos en esta maraña de pensamientos que me ocupan mientras sigo varada en Lugones. Tanto en la postura de quien determina que algo es “imposible” como en la vivencia de una persona egosintónica, hay una ausencia, una huida, un escape de la asunción de la responsabilidad. A unos se les va a dar por la culpa (ay, Lacán, volvés con tu aguijón a recordarme que la culpa es señal de que el culposo tomó contacto y se le jugó algo de su deseo pero no está dispuesto a hacerse cargo y pagar) y a otros… bueno, con el egosintónico es un intríngulis, porque al vivir en bienestar con si mismo, las responsabilidades se perciben como ajenas, los hechos se despersonalizan, pasan a ser las circunstancias las protagonistas, no hay asunción de lo que los propios actos generan y mucho menos espacio para percibir la emoción, el sentir o el dolor ajeno. Hay una cierta escisión entre el mundo de los pensamientos y la posibilidad de relacionarse con el mundo real y vincular.

En los dos casos (al menos en los dos casos que tengo en mente, esto no es una generalización) el resultado parece ser el deseado (inconscientemente): no asumir los riesgos que implican seguir adelante con una relación amorosa o iniciarla. ¿Por qué digo “deseado”? Porque en los dos casos que me generaron estos divagues, se apuntó inconscientemente a destruir el surgimiento del deseo que llevaba a la constitución subjetiva. Si me pongo fastidiosa se me ocurre que al menos en uno de los casos se apuntó al objeto también, pero es una suposición salvaje. No es fácil hacerse cargo de uno mismo como sujeto. En especial por esta cuestión que nos queda como efecto secundario, o efecto indeseable, de que una vez que surge el sujeto va a ser muy difícil seguir con las mentiras. Me suena a “no quiero saber nada con eso”.

Puede ser que en el caso del caballero que le declaró su amor imposible a la princesa en la torre haya algo de la falta de recursos yoicos suficientes para afrontar el propio deseo. Así, es mejor no saber y creer que se vive en una novela donde las fichas cayeron de tal forma que nada es posible. En el caso de la egosintonía intuyo algo más del orden de la defensa, rígida y bastante tiránica, que anestesia al sujeto y lo mantiene distraído y concentrado en si mismo porque el contacto con el otro se le hace insostenible.

Como dijo Freud -hay que decirlo, Freud fue extremadamente antipático y se encargó de romperle el narcisismo a la mayoría- después de todo, en la pulsión, el objeto es reemplazable y siempre un sustituto. Las víctimas de los caballeros y de las princesas de las novelas y de los egosintónicos se reponen y encuentran siempre un nuevo objeto donde dirigir y depositar la libido. La vida fuera de esos mundos intrincados de las imposibilidades y de las complicaciones, continúa. Simple, finita, feliz y sin vueltas. Sin marcha atrás. Los minutos se consumen y el sol sigue saliendo. Y el amor, siempre, sigue siendo posible. Entre dos que tengan ganas y se la banquen.

BlaBlaBla

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En un reino de palabras vacías, de metonimia insufrible, de un perpetuo bla bla bla, a veces un “nada” cae con todo su peso, como la palabra mas plena y llena de significados posible.

Que contradictorio: si tuviera que traducirlo en un código binario, a veces un “nada” es un 1 y no un 0, a pesar que esa nada es el cero más absoluto.

Un “nada” que pasa a ser un todo repleto de vacío.