Divagues sobre la libertad, el amor y la #egosintonía

El tema de la libertad está siempre presente: que si somos libres, que no me siento libre, que estoy construyendo mi libertad, que tengo que conquistar mi libertad. Parecería que la libertad es “algo” que “descubrimos”, que “construimos”, que “nos permitimos”, o algo que podemos perder.

Sigo convencida que somos libres y que muchas veces hacemos todo lo posible para evitar darnos cuenta. Siempre por lo mismo. Darnos cuenta, tomar estado y noticia de nuestra libertad es dejar de hacernos los boludos y ponernos en situación de hacer algo, o nada, pero asumiendo que hagamos o no, es lo que REALMENTE QUEREMOS y, fundamentalmente, es NUESTRA ELECCIÓN.

Hoy me giraban varias ideas en la cabeza, no muy conectadas. Que la libertad, que el “amor imposible”, que la “posibilidad”, que el pasado, el presente, el futuro y los tiempos de verbo que utilizamos. Entre el tránsito insufrible de la mañana y los acordes de AC-DC, se formó un link entre la palabra “libertad” y la palabra “imposible”. Y venía a cuento a una construcción lingüística, dos signos, que leí ayer, vieja como el mundo a partir que los seres humanos decidieron complicar lo más natural y simple -el amor- (nota al pie: perdón, hay días que no coincido con Lacán). La construcción en cuestión era: “amor imposible”. (segunda nota al pie: amor imposible = ¿noamor?, me queda para pensarlo mucho más adelante).

Si dejo de lado toda la teoría acumulada me digo: cómo y cuánto seduce y tienta pensar en el “amor imposible”! Qué concepto más romántico! Y absurdo, porque a poco que me detengo a analizarlo se me ocurre que un “amor imposible” es sólo un disfraz. Vamos, que si algo nos deja el Psicoanálisis es este impedimento perpetuo y fastidioso de mentirnos (no es fácil dejar de lado la mochila teórica).

Una de las pocas -tal vez la única- intolerancia que tengo es creer que el amor siempre es posible casi por definición. Voy al caso de la construcción que traje a cuento, “amor imposible”, porque se dió dentro de un contexto, donde un hombre le declara a una mujer que ella es, precisamente, su “amor imposible”. Y el contexto es importante, siempre, ya que si pensamos una novela, enseguida podemos imaginar a un hombre enamorado de una mujer que no lo corresponde. Nada más alejado de la realidad: la víctima de la frase amó a ese hombre y estaba absolutamente dispuesta a construir un vínculo y una pareja con él.

Los hechos nos dicen que bajo una etiqueta romántica y declarativa (por más imposible que sea, no deja de ser amor), se disfraza la imposibilidad y se la deposita afuera. Una imposibilidad muy bien maquillada en falta de fuerza vital y desgano, pero que nos habla de una decisión personal debajo de todo ese maquillaje, que no se puede asumir rotundamente, que tal vez entristezca, pero decisión al fin, y personal, y rotunda.

Mientras esquivaba pozos y autos, los Stones me decían: Paint it black. Imposible, hoy es un día histórico por muchas razones. Y en el medio del recuento de varias situaciones felices se me filtró de nuevo el tema de la “conquista” de la libertad. Otro link, pensé, de la palabra libertad a la palabra “egosintonía”.

La egosintonía se entiende como la falta de malestar con las acciones que se realizan y con los pensamientos que se tienen, incluso con las emociones que se sienten. ¿Se entiende? Es una persona que está feliz consigo misma, que no se siente mal ni con lo que piensa ni con lo que hace y en muchos casos se siente muy bien con lo que siente. Es más: tiene una sensación de bienestar con sus propias características de personalidad.

Parece genial, ¿no? Voy a ampliar un poco el concepto: una persona egosintónica puede ser una persona que se siente muy a gusto con sí mismo, pero… su forma de actuar, sus conductas, lo que hace o lo que no hace, genera malestar en las otras personas. Y el egosintónico no sólo no se da cuenta sino que no asimila ni entiende ese malestar.

La egosintonía puede presentarse en formas muy leves, hasta casos patológicos y graves, que llegan a atentar contra la propia vida. Un ejemplo claro para entender el concepto es la anorexia: quien presenta un cuadro de anorexia tiene aspectos egosintónicos, se encuentra a gusto con la falta de ingesta y con la decisión de no comer.

La egosintonía también puede observarse en personalidades psicopáticas. Pero la egosintonía no es un cuadro sino un estado, y por lo tanto, modificable.

Por alguna razón, una persona que vive un período egosintónico, no abre en su vida un espacio para incluir no sólo a otros sino lo que esos otros sienten. No logran conectar con el otro. Detectan al otro como un objeto, pero falta la capacidad empática de detectar la subjetividad del otro, sus emociones y lo que las propias conductas generan en el otro.

En cierto sentido, pensar en alguien que está demasiado a gusto con si mismo, me recuerda esa etapa feliz de la infancia donde no había lugar ni para la espera, ni para el otro, ni para nada que no fuera la propia satisfacción. En el reino del egoísmo infantil (¿le sigue molestando todavía a alguien saber que los niños son perversos polimorfos?) la única ley válida es la del principio del placer. Y no por casualidad, algo de la ausencia de límites se adivina en los sujetos egosintónicos. Pero esto no es un jardín del Edén: los fantasmas que generan la falta de límites o los límites muy difusos pueden ser extremadamente aterradores. Y una de las consecuencias de la egosintonía puede ser la pérdida de los objetos de amor.

¿Por qué se generó este hipervínculo? Porque se me antoja que la libertad no es egosintónica. Ser libre y saberlo implica no sólo hacer lo que se quiere sino medir las consecuencias de los propios actos. Siempre somos libres, en cualquier aspecto de nuestras vidas. en una relación amorosa también. no hay rito ni contrato que ate in eternum a dos personas en el sentido de privarlos de su libertad de sentir, de hacer o de no hacer. La libertad es como el sonido: una experiencia absoluta y rotundamente subjetiva, algo que nos pasa internamente.

Acá es donde encuentro que la articulación de libertad, la imposibilidad y la egosintonía tienen una razón de ser, al menos en esta maraña de pensamientos que me ocupan mientras sigo varada en Lugones. Tanto en la postura de quien determina que algo es “imposible” como en la vivencia de una persona egosintónica, hay una ausencia, una huida, un escape de la asunción de la responsabilidad. A unos se les va a dar por la culpa (ay, Lacán, volvés con tu aguijón a recordarme que la culpa es señal de que el culposo tomó contacto y se le jugó algo de su deseo pero no está dispuesto a hacerse cargo y pagar) y a otros… bueno, con el egosintónico es un intríngulis, porque al vivir en bienestar con si mismo, las responsabilidades se perciben como ajenas, los hechos se despersonalizan, pasan a ser las circunstancias las protagonistas, no hay asunción de lo que los propios actos generan y mucho menos espacio para percibir la emoción, el sentir o el dolor ajeno. Hay una cierta escisión entre el mundo de los pensamientos y la posibilidad de relacionarse con el mundo real y vincular.

En los dos casos (al menos en los dos casos que tengo en mente, esto no es una generalización) el resultado parece ser el deseado (inconscientemente): no asumir los riesgos que implican seguir adelante con una relación amorosa o iniciarla. ¿Por qué digo “deseado”? Porque en los dos casos que me generaron estos divagues, se apuntó inconscientemente a destruir el surgimiento del deseo que llevaba a la constitución subjetiva. Si me pongo fastidiosa se me ocurre que al menos en uno de los casos se apuntó al objeto también, pero es una suposición salvaje. No es fácil hacerse cargo de uno mismo como sujeto. En especial por esta cuestión que nos queda como efecto secundario, o efecto indeseable, de que una vez que surge el sujeto va a ser muy difícil seguir con las mentiras. Me suena a “no quiero saber nada con eso”.

Puede ser que en el caso del caballero que le declaró su amor imposible a la princesa en la torre haya algo de la falta de recursos yoicos suficientes para afrontar el propio deseo. Así, es mejor no saber y creer que se vive en una novela donde las fichas cayeron de tal forma que nada es posible. En el caso de la egosintonía intuyo algo más del orden de la defensa, rígida y bastante tiránica, que anestesia al sujeto y lo mantiene distraído y concentrado en si mismo porque el contacto con el otro se le hace insostenible.

Como dijo Freud -hay que decirlo, Freud fue extremadamente antipático y se encargó de romperle el narcisismo a la mayoría- después de todo, en la pulsión, el objeto es reemplazable y siempre un sustituto. Las víctimas de los caballeros y de las princesas de las novelas y de los egosintónicos se reponen y encuentran siempre un nuevo objeto donde dirigir y depositar la libido. La vida fuera de esos mundos intrincados de las imposibilidades y de las complicaciones, continúa. Simple, finita, feliz y sin vueltas. Sin marcha atrás. Los minutos se consumen y el sol sigue saliendo. Y el amor, siempre, sigue siendo posible. Entre dos que tengan ganas y se la banquen.

BlaBlaBla

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En un reino de palabras vacías, de metonimia insufrible, de un perpetuo bla bla bla, a veces un “nada” cae con todo su peso, como la palabra mas plena y llena de significados posible.

Que contradictorio: si tuviera que traducirlo en un código binario, a veces un “nada” es un 1 y no un 0, a pesar que esa nada es el cero más absoluto.

Un “nada” que pasa a ser un todo repleto de vacío.

 

Carta de Freud a Einstein: sobre la guerra

Y la respuesta a la carta de Einstein a Freud no se hizo esperar.  Un recorrido por el Derecho, la Antropología y el Psicoanálisis digno del Gran Maestro.

“Viena, setiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados.

Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas.

Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial.

Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros.

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Carta de Einstein a Freud: sobre la guerra

Hace unos días se cumplieron 80 años del inicio de un intercambio de correspondencia que dejaría huellas en la historia. En 1932, y a instancia de una propuesta que la Liga de las Naciones le formulara a Albert Einstein, el gran científico eligió a Sigmund Freud para aportar luz sobre las razones de la guerra y la forma de evitarla. Einstein, padre de la exociencia -la ciencia que explica el Universo-  y Freud, padre del Psicoanálisis -la ciencia que explica al Hombre-, representan dos paradigmas aparentemente enfrentados, pero que pudieron legarnos estas enseñanzas sobre algunos de los por qué de la guerra.

“Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932

Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.

Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.

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Psi

ImagenTengo una orgía de palabras

que se enroscan

y se funden

en mi mente.

Son, según Lacán,

mi síntoma.

Siguen, como en “Encore”,

dando lo que no tengo,

a alguien que no lo es.

Se pueden ir

todas mis palabras

al infierno.

Sólo necesito una

y es la única

que no puedo pronunciar.

Un nombre,

impronunciable,

es mi sinthome.

Poesía, amor y cocina

Escribir poesía y cocinar parecen dos actividades bien distintas. Pero no lo son. En definitiva, son distintas formas de hacerle el amor a la vida.

A través de la poesía tratamos de poner en palabras lo indecible, lo que es imposible de expresar. Buscamos y buscamos, combinamos, con más o menos música, con sentido o sin sentido; escribir es intentar gastar con palabras lo que anida en el alma.

Siempre hay un Otro a quien le escribimos. Para el Psicoanálisis va a ser el Gran Otro, el A… pero la verdad, no importa mucho. Siempre hay un otro para quien escribimos, aunque no sepamos todavía quien es… (Claro, a veces lo encontramos…)

Cocinar también puede ser un acto de amor. Alimentar no es solo cubrir una necesidad fisiológica. Alimentamos a nuestros hijos desde que nacen, pero… cuando ese acto sólo cubre la necesidad del cuerpo, cuando está despojada de amor, vamos a encontrar esos cuadros donde el niño rechaza el alimento de forma aparentemente inexplicable. Son los casos de anorexia en lactantes.

Es que alimentar a un humano no es sólo satisfacer un acto fisiológico; alimentar tiene que ir, necesaria e imprescindiblemente unido a la transmisión del amor. La madre que amamanta mira a su hijo y en esa mirada el hijo va construyendo su psiquismo. La madre que amamanta o que alimenta a través de una mamadera acaricia a su hijo y lo mira, y a través de esas caricias el niño va conociendo los confines de un cuerpo que todavía desconoce, que todavía no sabe donde comienza y donde termina con el de su madre.

No es de pan que sólo vive el hombre…

Por eso, cocinar también puede ser un acto de amor. Cocinar para quienes amamos, imbrincando junto con los sabores, con los condimentos, esos sentimientos que nos hacen nacer nuestros amores, transforma un hecho químico en un acto de amor.

La pura satisfacción de las necesidades orgánicas no aquieta nunca la angustia originaria…

Así que hoy, en vez de una poesía, voy a dejar una receta. Seguramente a quien la practique no le va a dar el mismo resultado que me dio hoy a mi. Porque el ingrediente extra no se ve y es absolutamente subjetivo. Para hacerla, pensá en quien amás y dejate llevar pensando que estás cocinando para esa persona, que vas a alimentar no sólo su estómago, sino que vas a darle amor.

Carne rellena al curry y limón

Corte de carne para rellenar (peceto, colita, etc)

Jamón

Muzzarella

Ajo

Mostaza

Curry (de buena calidad, imprescindible!)

Limón en rodajas

Sal, pimienta y romero

Mechar la carne, rellenarla con el ajo picado, el jamón y la muzzarella. Coser la abertura para evitar que se derrame el queso.

Untar el corte de carne en mostaza en forma generosa y ¡¡¡con las manos!!! Espolvorear el curry de a cuerdo a las preferencias personales, salpimentar a gusto (pimienta en grano molida preferentemente) y cubrir con algunas rodajas de limón y con agujas de romero fresco.

Cocinar en horno a temperatura media.

Se puede servir con papas, arroz o ensalada verde.

Bon appetit!

 

Carta de Friedrich Nietzsche a Lou Salomé, diciembre de 1882

Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú:

ignorante pero con mucho ingenio
capaz de aprovechar al máximo lo que conoce
sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia
sincera y justa en minucias, por tozudez en general

En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida:
insincera
sin la menor sensibilidad para dar o recibir
carente de espíritu e incapaz de amar
en afectos, siempre enferma y al borde de la locura
sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…

en particular
nada fiable
de mal comportamiento
grosera en cuestiones de honor…
un cerebro con incipientes indicios de alma
el carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico
nobleza como reminiscencia, del trato con personas más nobles
fuerte voluntad, pero no un gran objeto
sin diligencia ni pureza
sensualidad cruelmente desplazada
egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual
sin amor por las personas pero enamorada de Dios con necesidad de expansión
astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina

Friedrich Nietzsche

El origen del término “forclusión”

La noción de «forclusión» ha sido estudiada por Damourette y Pichon, en su obra Des Mots à la Pensée. Essai de Grammaire de la langue française, en oposición al modo «discordancial». El idioma francés, señalan estos autores, «dispone de una negación en dos partes»: «nepas, ne-jamais, ne-rien» (no, nunca, nada). La primera de esas partes se denomina «discordancial». Se emplea en las proposiciones completivas regidas por verbos que expresan temor, precaución o impedimento. En el temor, por ejemplo, hay discordancia entre el deseo del sujeto de la principal y la posibilidad que encara; en el impedimento, hay discordancia entre el fenómeno que debería producirse y la fuerza que lo impide. «La segunda parte de la negación francesa, constituida por palabras como rien, jamais, aucun, personne, plus, guére, se aplica a los hechos que el locutor no encara como formando parte de la realidad. Esos hechos están de alguna manera forcluidos, de modo que a esa segunda parte de la negación le damos el «nombre de forclusiva». «Con los verbos défier, défendre, prévenir, désespérer, garder -continúan los autores-, el forclusivo excluye el hecho subordinado de las posibilidades futuras, pero la lengua sabe dar un giro aún más audaz y particularmente interesante desde el punto de vista psicológico: un hecho que ha existido en realidad es efectivamente excluido de pasado.

El siguiente ejemplo ha sido tomado de un libro cuyo título es Esterhazy est mort: «”Para mí -dijo-, el affaire Dreyfus es desde ahora un libro cerrado”. Hasta la hora de su muerte tuvo que arrepentirse de haberlo abierto alguna vez.» Desde esa época, los autores tuvieron la presciencia de que esta noción de forclusión tenía la vocación de insertarse en el aparato conceptual del psicoanálisis; esa presciencia se basaba, no sólo en consideraciones generales, sino también en su propia elaboración del proceso de la «escotomización». «El lenguaje -escriben- es un mavarilloso espejo de las profundidades del inconsciente para quien sabe descifrar sus imágenes. El arrepentimiento es el deseo de que una cosa pasada, y por lo tanto irreparable, no haya existido nunca; la lengua francesa, mediante el forclusivo, expresa ese deseo de escotomización, traduciendo así el fenómeno normal del que la escotomización -descrita en la patología mental por Laforgue y uno de nosotros- es la exageración patológica» (cf. E. Pichon y R. Laforgue, «La notion de Schizonoya», en le Rêve et la Psychanalyse ). Siguen una serie de empleos, y los ejemplos son entonces comentados en términos que convergen en la idea de una exclusión de la realidad. «En todos estos ejemplos se puede descubrir la forclusión. Thérése piensa que experimentar la embriaguez soñada está fuera de las posibilidades de este mundo. Hablar de otra cosa que no sea la muerte de Mallarmé es imposible para el señor A. Gide en el momento en que escribe. Está excluido que las criaturas de los bosques tengan el prurito de tomar prestada la razón del hombre. Platón puede ver que la exageración es extraña al decir de Germain Nouveau. Finalmente, la señora A. cree que el fenómeno del que habla ha sido siempre tan excesivo.» Ahora bien, el uso francés del término «forclore» [forcluir] coincide con el comentario desarrollado por Brentano en su Psychologie du point de vue empirique con respecto a la función de la Verwerfung en su aplicación al juicio. En efecto, el capítulo VII del libro II de la obra, «la representación y el juicio considerados como cláusulas fundamentales distintas», se refiere en particular al reconocimiento (Anerkennung) y el rechazo (Verwerfung), en tanto que posicionamientos existenciales distintos de la ligazón predicativa. Ahora bien, en 1915 y 1920 varios textos de Freud nos confirman, por el empleo que él hace de esos términos, la influencia profunda que ejerció sobre el desarrollo de su pensamiento su asistencia asidua a los cursos de Brentano. En 1915, en el artículo sobre la represión, se tratará de situar la noción de Verwerfung con relación a ese proceso. En 1917, las Conferencias de introducción al psicoanálisis retoman su interpretación en la exploración general de la resistencia y la regresión. Esos primeros enfoques reciben el respaldo del artículo sobre la negación en 1921. El problema consiste entonces en captar en qué medida resultó determinante para la cuestión el desplazamiento del centro de la teoría, desde la interpretación de las neurosis a la interpretación de las psicosis. La noción de Verwerfung fue introducida en 1915 en el artículo dedicado a la represión, sobre la base de una distinción entre las reacciones respectivamente oponibles a las estimulaciones internas y externas. Mientras que estas últimas se pueden eludir por medio de la fuga, las primeras (estimulaciones pulsionales que provienen del interior del organismo) no son susceptibles de una evitación de ese tipo. Por lo tanto, Freud buscará con empeño un equivalente, y lo encontrará en ese repudio por el yo que es la Verwerfung. El análisis más sugerente será realizado en las Conferencias de introducción al psicoanálisis, y es especialmente significativo por cuanto se desarrolla en el capítulo sobre la regresión, anunciando así la interpretación que propondrá Lacan de la regresión psicótica con el título de «forclusión del Nombre-del-Padre». Para Freud la forclusión, que se define como la incapacidad del yo para huir de sí mismo, entraña en efecto el repudio de la identificación, en cuanto ella se basa en la asunción del patronímico, tal como Freud lo enunciará explícitamente en Moisés y la religión monoteísta. «La represión -escribe Freud- es la condición preliminar de la formación de síntomas, pero es también algo de lo que no conocemos nada análogo. Tomemos un impulso, un proceso psíquico dotado de una tendencia a transformarse en acción: sabemos que ese impulso puede ser descartado, rechazado, condenado. De tal modo la energía de que dispone le es sustraída; se vuelve impotente, pero puede subsistir en calidad de recuerdo. Todas las decisiones cuyo objeto es ese impulso se toman bajo el control consciente del yo. Las cosas deberían suceder de otro modo cuando el mismo impulso sufre una represión. Conservaría su energía, pero sin dejar junto a ella ningún recuerdo. El proceso mismo de la represión se realizaría sin que el yo lo notase. Se advierte que esta comparación no nos acerca en absoluto a la comprensión de la naturaleza de la represión.» Así, el repudio al que se refiere la Verwerfung encontrará sus raíces en la expulsión de un contenido de experiencia fuera del yo, en función del principio de placer. Esto es lo que Freud recuerda en 1925, en su artículo sobre la negación. La existencia en la realidad encontraba negada su representación. «El estudio del juicio nos revela y quizá por vez primera nos permite penetrar en el modo en que se engendra una función intelectual a partir del juego de las mociones pulsionales primarias. El juzgar es el desarrollo ulterior, adecuado a un fin, de la inclusión en el yo o de la expulsión fuera del yo que, originalmente, se rigieron por el principio de placer. Su polaridad parece corresponder a la oposición de los dos grupos de pulsiones cuya hipótesis hemos aceptado, La afirmación -como sustituto de la unión- pertenece al Eros; la negación -sucesora de la expulsión- pertenece a la pulsión de destrucción. Es verosímil que el gusto generalizado por la negación, el negativismo de muchos psicóticos, tenga que comprenderse como indicio de la desmezcla de pulsiones por retiro de los componentes libidinales. Pero la operación de la función del juicio sólo resulta posible por la creación del símbolo de la negación que le ha permitido al pensamiento un primer grado de independencia con respecto a las consecuencias de la represión y, por ello, con respecto a la coacción del principio de placer.» Antes de haber sido ilustrado por Lacan con la expresión «forclusión del Nombre-del-Padre» en la teoría de la psicosis, el alcance operatorio de esta noción se puso de manifiesto en Moisés y la religión monoteísta, por la extensión que allí recibe al orden del desarrollo histórico.

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Lic. Inés Tornabene

Psicóloga