Fluir

Una de las cosas que aprendí es a no forzar los acontecimientos. Si tenés que forzar amistad, amor, atención, una conversación, lo que sea, no vale la pena. Las cosas tienen que fluir, el dolor a veces enseña, otras veces es inútil.

Nutrámonos

Me intereso en el tema Nutrición y soy voluntaria de la UBA en el programa Nutrición CBC+Vos que trabaja en temas sociales. Hoy recibí un mensaje por Instagram de un usuario que con el nombre “nutricionguiada” promociona suplementos dietarios. No se si quien me escribe es nutricionista o simplemente una persona haciendo marketing para vender productos. Pero automáticamente me acordé de muchos de mis pacientes y su padecimiento y malestar por no responder (y sentirse presionados a responder) a un standard de belleza y de delgadez y de tipo de cuerpo que nos impone la moda de la sociedad actual. La buena nutrición apunta a la salud del cuerpo, y eso incluye a la salud de la mente. La salud de la mente tiene que ver con desprenderse de determinados mandatos, como los que nos dicen que para ser exitosos tenemos que ser jóvenes, delgados, lindos y un millón de etc. Llevar una dieta saludable, hacer actividad física, descansar, hidratarse y tener momentos de diversión tiene que ver con cuidarse. Cuidarnos para sentirnos bien. Cuidarnos es querernos. Cuidarnos es prestar atención a las trampas que a cada rato nos tienden o que a cada rato nos dejamos tender. 

Exámenes

Vivir conformando a todos y tratando de ser alguien distinto a quienes somos es agotador. La mente se cansa y se cansa el cuerpo. Nos enfermamos. Es un esfuerzo titánico. Tenemos que poner el esfuerzo en abrir un espacio para preguntarnos si vale la pena o si estamos pagando un precio muy muy alto.

Ni bueno ni malo

Solemos apresurarnos en calificar los hechos de nuestra vida como “buenos” o “malos”. Y al visualizarlos como “buenos” o “malos”, nuestros estados de ánimo cambian. Si pensamos que algo es “malo” vamos a tender a sentirnos “mal” y lo mismo pasa cuando miramos algo como “bueno”. Y sin embargo hay que tomarse un tiempo, poner una pausa, y dejar que las cosas vayan evolucionando hasta observar sus efectos. Algunos hechos “malos” pueden terminar siendo disparadores de grandes procesos de cambio que traen cosas “buenas”. Podemos elegir sentirnos mal o podemos elegir aceptar el desafío de ser actores protagonistas de nuestra vida y transformadores de cualquier situación en algo mejor.

buenomalo

¿Somos como nos dibujan los ojos que nos miran?

La belleza es algo cultural y a la vez subjetivo. Desde los griegos, para quienes lo bello era lo bueno, pasando por los cultores de las proporciones, hasta los patrones de hoy que imponen qué es lo bello, todas las variables posibles del cuerpo humano han subido y bajado en el pedestal de lo que se considera el “deber ser” para ser bello, deseable y atractivo. Es tan cultural y subjetivo como relativo, así que no me voy a referir a ningún patrón de belleza en particular, ni pasado ni actual.
No importa entonces cuál sea el patrón de belleza, lo que parece que no es facil es escapar a querer sabernos bellos, deseables y atractivos. Pero: ¿para quién? Es decir: ¿quién nos dice si somos bellos?
Queremos ser bellos para un otro, reminiscencia de un Otro. Para un otro con ojos que nos mira y que en esa mirada nos captura, nos estructura y nos objetiva o nos subjetiva. ¿Cómo escapar, entonces, de la mirada de ese otro que parece dibujarnos y decirnos quienes somos?
No es simple escapar a la mirada del otro, o de los otros que dicen qué es la belleza. Y no es que se me ocurra a mi, que ya lo dijo Immanuel Kant: que si todas las moscas comen caca, la caca ha de estar buena, por aquello del principio de universalidad. En realidad, no creo que Kant haya pensado jamás y menos dicho el ejemplo de las moscas, pero en nuestro aquí y ahora, la universalidad nos va marcando qué fue la belleza ayer y qué es la belleza hoy. 
Que hoy sea esto y ayer haya sido aquello, poco importa. La cuestión es que las personas, en general, salvo un gran gran esfuerzo y trabajo personal, nos sentimos más lindos, o más feos, a partir de una mirada. Y esa mirada no suele ser la propia, ni la imagen que nos devuelve el espejo, sino la mirada de otro.
Entonces en esa mirada, ¿hay un otro que nos dibuja? ¿Hay algunos quienes nos dibujan lindos y otros no tanto? Hasta donde me animo a sostener, hay un otro, un otro cualquiera, un otro que ni siquiera importa quien sea, salvo en un nanosegundo en el que se destaca en nuestro fondo como figura de algo, ese otro que con su mirada nos mira y provoca algo, un otro relevante. Y habemus una mente que resuena con esa mirada y nos dispara emociones que nos dicen cómo sentirnos. Y nos dicen cómo sentirnos en base a toda la información que tenemos archivada en nuestra mente de todos esos Otros que nos han mirado y nos han estructurado. Freud llamó “Superyo” a ese reservorio (no porque indicara un espacio concreto del cerebro, sino como una figura simbólica a la cual recurrir para explicar su teoría del funcionamiento del aparato psíquico), a esa voz interna que, como pájaro carpintero nos sopla al oido, a partir de la mirada del otro: “sos gorda”, “sos fea”, “sos hermosa” o lo que sea.
Porque, para ser claros, la mirada nos mira, y no nos dice nada. Y a veces ni siquiera está, como ojos, físicamente. A veces es sólo una mirada figurada.
La que nos dice a partir de esa mirada, es nuestra mente.

Y a quien ponemos en lugar de ser un otro relevante, en realidad, tampoco importa mucho quien sea. Como objeto de la pulsión que es, da lo mismo que sea cualquiera. 

Las que dibujan, entonces, son nuestras emociones. A veces, a pesar nuestro. Y a veces, haciéndonos pesar.
Hay un ser portador de belleza y un ser que se siente bello. El primero depende de las moscas, de lo que aquí y ahora se defina como “belleza”. El segundo, el que se siente bello, depende de su mismidad. 
Y hay todavía un tercero, el que trasciende y suma la química del cuerpo con las cualidades de la mente y de las emociones. A ese lo miramos desde el Amor. Seamos nosotros mismos o miremos a otro. 
Desde un Amor genuino a nosotros mismos podemos trascender la tiranía del patrón de belleza, sea cual sea, impuesto por muchas moscas. Desde un Amor genuino a otros, podemos mirar a una persona y sumar cuerpo, mente y emociones, y trascenderlo como un mero hecho biológico y elevarlo a la condición de sujeto. Sujeto de deseo. Sujeto del inconsciente. Sujeto del uno a uno. Persona, y no una mosca mas comiendo caca.

Sigue al conejo blanco: resignación, aceptación, asunción y superación

matrix_rabbittatoo_02Seguir al conejo blanco es seguir el camino del inconsciente, como hizo Alicia en el País de las Maravillas, como hizo Neo en Matrix. Para seguir al conejo blanco hay que animarse, animarse a entrar en si mismo y encontrarse con el deseo propio, con lo que de verdad mueve nuestros hilos. Salir del “como si” no es sencillo, y a veces es desgarrador. Pero implica salir de la mentira, y eso, eso si que es el mejor alivio que podemos encontrar en nuestras vidas. 

Hace un tiempo participé de un panel sobre cuidados paliativos, en un congreso de psicología y psiquiatría. Por cuidados paliativos se entienden todos los recursos que se pueden ofrecer a una persona que padece una enfermedad terminal y en especial, en la o las última/s fase/s de su enfermedad.

El objetivo, desde la visión médica, es aliviar al máximo el sufrimiento en materia de dolor físico, brindando todos los tratamientos que cuente la Medicina para mejorar la calidad de vida del paciente en los momentos finales de la misma.

Desde la Psicología, al trabajar en cuidados paliativos se habla de dos conceptos: la resignación y la aceptación ante el hecho de la propia e inminente muerte. Se intenta que el paciente acepte que la muerte es una parte de un ciclo natural que comienza con la concepción y pueda, desde lo anímico, aprovechar de la forma más positiva, sus últimos momentos.

Que todos vamos a morir no es una novedad y es el destino por todos compartidos. Pero como no resulta posible ni sostenible la angustia que esta realidad genera en el día a día, las personas interponemos entre nuestro hoy y ese día que generalmente no sabemos cuando llegará, distintas soluciones que nos permiten dejar de pensar constantemente en el final. Los proyectos son uno de los grandes impulsores de nuestra vida, y se erigen como barreras dinámicas que nos permiten ocupar el aquí y ahora de forma productiva, ya sea para los momentos del desarrollo de un proyecto, o para el momento en que se concreta y se vive lo planificado. Puede tratarse de un viaje, de una actividad de fin de semana, del inicio de un curso o de un desarrollo laboral o de cualquier cosa que nos involucre, nos mueva hacia adelante, nos apasione.

Los proyectos no son lo único, pero eso es otro tema.

¿Por qué se hace una distinción entre “resignación” y “aceptación”? Porque la resignación implica una connotación negativa, en cualquiera de sus tres acepciones (siguiendo al Diccionario de la Real Academia Española). Tenemos una primera acepción, que nos habla de la entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona. En una segunda acepción se refiere a una renuncia de un beneficio eclesiástico. Y en la tercera, encontramos la conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades.

En la resignación siempre tenemos algo que entregamos, pero no en una actitud activa; es algo a lo cual renunciamos o con lo que nos conformamos y toleramos.

La resignación es bajar los brazos, es no oponer resistencia, es no luchar. Un paciente resignado es un paciente que se deja morir. Una persona resignada, aunque no sea un paciente terminal, también es una persona que se está dejando transcurrir.

En cambio, si se hace una distinción con el término “aceptación” es porque implican significados distintos. La aceptación es una acción positiva, no es un dejar ser sino un hacer. En su segunda acepción, es una aprobación o un aplauso. Incluso, el Diccionario de la RAE nos habla de la aceptación en el mundo del Derecho, refiriéndose a un acto o negocio mediante el que se asume la orden de pago contenida en una letra de cambio o en un cheque, o de la aceptación de la herencia, que se refiere al acto expreso o tácito por el que el heredero asume los bienes, derechos y cargas de la herencia.

No es lo mismo resignarse a algo, que aceptarlo. En el primer caso, la situación es pasiva, de entrega, pero no de una entrega pensada como del que da algo o que se da a si mismo con intención y participación, sino del que ya no tiene nada para dar. En la aceptación, hay un análisis de una situación que se presenta de una determinada manera y que se abraza como parte de algo que es parte de la vida.

Y ahí es donde entra a jugar la parte de la asunción.

La palabra asunción deriva del latín, assumptio. Da idea de algo que se eleva y se emparenta con cuestiones religiosas. Pero, curiosamente, en el Derecho y en la Psicología tiene significados claramente similares: jurídicamente, asumir es el acto de hacerse cargo de una deuda, en Psicología, asumir es hacerse cargo de lo que debamos hacernos cargo. Básicamente, igual que en el Derecho, hacerse cargo de una responsabilidad.

Cada vez que pienso en responsabilidad, la entiendo como la contracara de la culpa, de la culpa lacaniana. La culpa desplaza con sus aguijones la posibilidad que alguien asuma la responsabilidad por lo que es, quiere ser, hace, hizo o quiere hacer. La culpa paraliza y aleja la asunción de la vida.

Pero en el título aparece una última integrante: la superación. La superación es una acción positiva, aquella destinada precisamente a vencer los obstáculos o las dificultades.

De acuerdo al tipo de circunstancia que enfrentemos podremos llegar o no a la superación. Si entendemos que la muerte es el obstáculo a vencer, podremos ganar batallas, pero estamos condenados a no superarla. Pero ahí es donde importa si nos enfrentamos -no a la muerte sino a la vida- con una actitud de resignación, de aceptación o de asunción. En el caso del paciente terminal, la aceptación y la asunción de su estado le va a permitir la valoración de cada minuto como un verdadero tesoro, para poder utilizarlos en la mejor forma posible. La resignación en cambio es la entrega sin la resignificación necesaria para entender que todo comienza y todo termina.

¿Qué hubiera sido del mundo si los guerreros, los sometidos, los luchadores, los científicos, los artistas, si todos aquellos que cambiaron el mundo se hubieran resignado? ¿Si Einstein se hubiera quedado con la sentencia de su profesor de Matemática? ¿Si Stephen Hawking se hubiera resignado a su enfermedad? ¿Si Freud se hubiera resignado a lo que su padre le decía “nunca vas a ser nadie”? Se me ocurren una gran cantidad de ejemplos, en las ciencias, en el arte, en la política, en la lucha de todos los días, de personas que no bajaron los brazos y que su voluntad cambió la historia del mundo o de su propio mundo.

Si pensamos que las cosas no pueden cambiar, ya estamos derrotados antes de empezar. Eso es la resignación. Emanuel Ginobili fue retirado de la selección de cadetes a los 15 años por su baja estatura… nacido en una familia de basquetbolistas, si “Manu” se hubiera resignado, no hubiera llegado nunca a ser el mejor jugador argentino de basquet de todos los tiempos. En lugar de eso, se fue de Bahia Blanca a La Rioja y siguió construyéndose a si mismo.

Pero… Para poder aceptar, hace falta saber. Y saber es poder enfrentar las cosas como son. Con la verdad. La resignación me hace pensar en una actitud de “no quiero saber nada de esto”. ¿Qué puedo aceptar? Lo que se, lo que conozco. La “verdad”, siempre relativa y subjetiva.

Como en la película Matrix, muchas veces nos gusta vivir metidos en un “como si”… Si voy reduciendo las razones, casi siempre llego a la misma: por comodidad. Fuera de la Matrix las cosas no son tan lindas, hay que trabajar, mucho y con resultados inciertos. El “como si” es muy tentador.

Y no es cuestión de valorar, no es cuestión de hacer un juicio o decir si algo está bien o mal. Cada uno hace de su vida lo que quiere. La píldora azul no es mejor ni peor que la pildora roja. Es una simple cuestión de opciones.

Todos podemos optar y elegir ser Neo, Trinity, el Agente Smith o simplemente no despertar.

La resignación nos resuelve el problema de optar. El “como si”, también. Resignados, no hacemos nada. 

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Caroline, la luz y la oscuridad

monos-sabiosHace unos años tuve una paciente que voy a llamar Caroline, por Caroline Ingalls. Caroline había sido criada dentro mandatos sociales muy claros: la mujer debe casarse, tener hijos, cerrar los ojos, y poner cara de felicidad. Caroline había aprendido muy bien eso y tenía una familia Ingalls que, vista desde afuera, era la familia perfecta: un marido trabajador y proveedor, hijos estudiosos, hijas que no se ponían botas negras y minifalda porque creían que eso era para chicas “indecentes”, casa, auto, jardín, iglesia y vacaciones.

Pero algo la trajo a la consulta, la trajo todo lo que no podía decir y que costó mucho esfuerzo que pudiera siquiera animarse a enfrentarlo.

Caroline era la Sra Ingalls en la ideología, pero no tenía nada que ver con el aspecto de la actriz. Caroline, sin importar su descripción física en lo más mínimo (porque acá no es cuestión ni de gordura, ni de falta de cintura, ni de cabellos deslucidos, ni de joggineta como religión), impresionaba abandono. Borrados sus caracteres sexuales secundarios, parecía que había eliminado de su vida todo rastro de sensualidad. Caroline era puro “Demeter”, pura madre, The Big Mother, y una mujer que se pone en esa posición en forma exclusiva, amordaza a su Afrodita interior y nos transmite esa imagen desexualizada a años luz de todo lo que las mujeres hacemos para seducir, desde que nos miramos al espejo e intentamos seducirnos a nosotras mismas, hasta aquellas que van por la vida seduciendo hasta a las piedras. Tenga 5, 15, 30, 50 u 80 años.

La sexualidad nace y muere con nosotros. Somos seres sexuales y, como decían Freud y Dr. House, siempre se trata de sexo.

Caroline no podía poner en palabras muchas cosas. No tenía tampoco bien en claro por qué había decidido iniciar terapia, pero estaba sentada frente a mi en la primera entrevista con una gran sonrisa que no coincidía con la expresión de sus ojos. Años de lectura de las enseñanzas de Paul Ekman y de observar personas y lo que dicen sus cuerpos me dieron suficiente background para dividir mentalmente una cara y darme cuenta cuando la sonrisa camina para Marquez y la mirada va en tren rumbo a Tigre. Llevó mucho tiempo que Caroline se animara a contar sobre sus frustraciones, sobre lo que había detrás de las apariencias, sobre su paupérrima vida sexual con su marido, sobre el impacto de haber perdido a sus padres. Caroline era una estructura de apariencias con un gran sufrimiento interno.

Caroline hablaba y hablaba, pero no decía nada. Su tema de conversación preferido eran sus hijos. Pura palabra vacía, bla bla bla, tuve que medir con mucho cuidado mis intervenciones. Todo indicaba que ella internamente sospechaba que su marido tenía un affair con otra mujer, pero Caroline cerraba bien fuerte los ojos, la boca y los oidos. Y más fuerte cerraba todavía la nariz y la piel, porque si hay un lugar donde las personas perciben estas cosas son a través de la nariz y la piel. Y esto no es poesía, es química de hormonas, neurotransmisores y feromonas. Las feromonas se respiran, el mensaje llega al cerebro, y ahí se decodifica y se mandan las señales de alerta. Me da gracia cuando alguien dice que el último en enterarse es el o la “víctima” del engaño, porque siempre, en realidad, fueron los primeros en saberlo.

Una situación así en una pareja no es algo irremontable. Con la estructura familiar de contención (nota al pie: familia no es lo mismo que pareja, son sistemas superpuestos pero no son lo mismo), con un buen pasar económico y con alguien al lado dispuesto a perpetuar la mentira, Caroline tenía todo a su favor. Con mucho cuidado empezamos a sumergirnos un poco en esa relación. De a poco pude enterarme cuáles eran las cosas que Caroline quería de su marido: era buen padre (respuesta básica primaria si lo miramos desde la Psicología Evolutiva), buen proveedor, no era una persona violenta, se ocupaba de todo y sobre todo, era una persona honesta y sincera, dos características que siempre se encargaba de destacar sobre todas las cosas. Tenían algunas discusiones propias de la convivencia, tenía “quejas” como cualquier persona que convive con otra, y cada uno con sus caracteres que eran absolutamente irrelevantes a la hora de entender la dinámica de esa pareja. Pero eso era, básicamente, lo que Caroline quería de él.

Caroline se había enamorado en algún momento del ideal del Yo de su marido.

Una de las preguntas que algunos psicólogos nos hacemos -al menos los psicólogos que entendemos que siempre estamos hablando de Amor dentro del consultorio- es qué nos enamora de una persona. Buscamos en estudios como los de la antropóloga Helen Fisher, buscamos en el Psicoanálisis, buscamos en la Psicología Evolutiva, buscamos en los relatos de nuestros pacientes, buscamos en nuestras vidas, buscamos en la vida en general. Todo va conformando un mosaico para que podamos armar un plexo teórico que nos de herramientas para entender a ese dolor con forma de humano que tenemos delante.

Caroline amaba lo que seguramente era el ideal del Yo de su marido. Que coincidía con su propio ideal de Sra Ingalls criada bajo mandatos ancestrales y pétreos. Siempre el entrelíneas dejaba ver que Caroline sabía del engaño y la mentira con la que convivía. Pero no podía ponerlo en palabras. Eso le acarreaba un sufrimiento y un desgaste de energía psíquica puesta al servicio de mantener las apariencias, propiciado por algún rasgo masoquista. La pregunta era ¿por qué elegir vivir así?

Llevó más tiempo todavía que Caroline recordara que había habido un engaño confesado hacía muchos muchos años. Caroline, por las circunstancias, por la vida, por los mandatos, por el amor, por lo que fuera, había perdonado. O eso decía.

Pero Caroline se había armado una estructura tal donde podía obtener el beneficio secundario (entendido en el alcance que le da Freud cuando habla del síntoma) a diario: detrás de todo rasgo masoquista, hay uno sádico, son binomios, y Caroline se aseguraba de llevar adelante su castigo con una sonrisa fingida en los labios y con una habilidad increíble en el manejo de las culpas ajenas. Caroline castigaba duro ofreciendo una apariencia desexualizada y deserotizada, desganada totalmente a la hora del intercambio de fluidos, una pura convocatoria a la frustración, no ya propia sino a la frustración de su marido. Una invitación a la huida. ¿Su beneficio secundario de tener una vida sexual así? Castigar, castigar y castigar. Caracteres maternos exacerbados (que ahuyentan el erotismo de un hombre que ha llevado a pique a su complejo de Edipo), Caroline en privado y en público se ponía un cartelito de neon que decía “no quiero sexo con vos” y seguía acumulando abandono en su apariencia física. Pero no estaba dispuesta a soltar a la presa. Precisamente porque su libido estaba puesta al servicio del castigo de lo que nunca había podido perdonar ni superar. Ese era su premio.

A veces nos preguntamos en charlas entre psicólogos por qué la gente elige y decide tener vidas de mierda en una actualidad que nos da todo como para ser sinceros y felices.

Lo que Caroline no podía decir era lo que realmente saltaba a la vista respecto a su marido. De sus sueños (única forma a través de la cual pude entender algo) lo que surgía era siempre la presencia de un hombre hipócrita, insincero, mentiroso y egoista. Las sesiones terminaron abruptamente cuando intenté vincular al hombre de sus sueños (vaya frase) con el hombre de su realidad de todos los días.

Caroline simplemente no podía ver la oscuridad en su marido. Sólo quería ver la luz. Y no podía poner esto en palabras. Ella no quería al ser de luz y de sombras. Ella quería al ser de luz. Y las personas no somos sólo luz, somos luz, sombra, blanco, grises y con suerte, colores y música. Caroline cerraba los ojos, la nariz y su piel porque no podía darse el lujo de tener a su lado un ser humano normal, con aciertos y desaciertos, ni podía poner en palabras lo que sentía respecto a todo eso. No podía destronar a Charles Ingalls, sino a costa de denigrarlo de tal forma que se transformara en Jack el Destripador, destructor de la familia, mal padre, hipócrita que los había engañado a todos y condenarlo a los fuegos eternos. La lucha de Caroline estaba centrada en mantener la apariencia de lo que no era y a perpetuar a su familia en la mentira más rotunda. Para eso tenía un marido que le era absolutamente funcional y cedía siempre.

Así, su falta de herramientas para afrontar una vida real en vez de una vida de mandatos y novelas, no la hacía infeliz a ella sola, sino que hacía infelices a todos, ya que lo no dicho convive en el aire que respiramos y se filtra como el agua hasta los cimientos.

Aunque hice todo lo posible en aquellos tiempos por ser cauta en mis intervenciones, me equivoqué y eso terminó abruptamente con las sesiones. La excusa tonta que puso ya ni la recuerdo.

Esta semana me sorprendió que Caroline pidiera volver. Lo primero que me contó es que hacía unos días había tenido relaciones con su marido y eso la había dejado totalmente angustiada. Habiendo aprendido la lección, sólo callé. No pude dejar de fijarme en su pelo en toda la sesión: lo tenía peinado con raya al medio y con dos hebillitas a los costados, como si fuera una nena de siete años. Su sonrisa le hacía juego. Tenía tanta angustia contenida encima y que no podía expresar que la pude sentir en mi propio cuerpo. Preferí no preguntarle nada. Ella tampoco me dijo si quería volver.

Cuando amamos sólo una parte de una persona, corremos estos riesgos. Cuando no podemos aceptar que delante nuestro tenemos un ser humano integral, cuando no entendemos que todos tenemos luz y sombra, que todos podemos mentir, que todos podemos ser “buenos” y “malos”, que todos tenemos cosas de nosotros mismos que no nos gustan, que todos cometemos aciertos y errores, que no somos perfectos y que simplemente somos -tal vez- el escalón superior de la pirámide biológica, mezcla de animal y cultura, llenos de hormonas y neurotransmisores que nos gobiernan, no podemos ser felices.

Y la vida es muy corta para no intentar ser felices.

Caroline es feliz a su manera, por eso no se si le interesa estar en un proceso terapéutico. Perpetuar el engaño en el que vive le da el poder de castigar y de ahí saca su felicidad. Me pregunto si ella estará dispuesta también a ver su propio lado oscuro.

We are like quarks. Quarks, the adorably named building blocks of protons and neutrons, come only in groups, never alone. Apparently, the force that binds quarks together increases with distance, so the farther one tries to pry a lone quark away, the harder it will pull back. Therefore, free quarks never exist in nature. So, the farther any force tries to keep us apart, even me, even you, the harder we will be together. This is what Stephen Hawking basically says in The Grand Design, and, as he said too, we don’t need a gook to explain this. 

“Vos que sos psicóloga…”

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Freud no fue psicólogo, fue neurólogo y psicoanalista.

Hay personas que siempre saben “aprovechar” la circunstancia de cruzarse con un conocido o amigo que ejerce una profesión determinada para hacer una consulta inoportuna. Así, para los médicos es tedioso estar en una reunión, almuerzo, cena y que venga alguien a decirles: “vos que sos médico, sabés lo que me pasó? Resulta que el otro día…”. Claro, la pretensión es que ahí, en la reunión, almuerzo, cena o lo que sea, el discípulo de Galeno lo escuche como si tuviera su guardapolvo blanco puesto, lo diagnostique y lo cure. A veces la consulta es sobre traumatología, y el médico en cuestión es ginecólogo, así de desubicadas somos las personas.

A todos los profesionales o expertos en algo nos pasa eso. Pero a los psicólogos en particular nos pasa más seguido, porque ahí ya no importa qué tan amigo o conocido sea el interpelador, ahí cualquiera se larga y te espeta el famoso “vos que sos psicóloga….” o “te lo pregunto porque vos sos psicóloga”…

Los psicólogos muchas veces nos cuidamos bien en las reuniones de decir que somos psicólogos. Hace un tiempo adopté la costumbre de, al ser preguntada sobre qué hago (la gente generalmente te pregunta “qué sos?” para referirse a qué estudiaste, cosas bien distintas, pero esa es otra cuestión) tomé la costumbre de decir “cocinera”. Costumbre que voy a mantener, por cierto.

Pero, con los amigos, es difícil mantenerse al margen, porque te llaman a cualquier hora y pretenden que les des el diagnóstico profesional de la situación y además la opinión de amiga. Y es un planteo más complejo de lo que ellos mismos piensan, no por lo que vengan a contar, sino por los lugares que pretenden que ocupemos simultáneamente. (Por supuesto, hay excepciones, cuando la consulta es de una urgencia o una gravedad que amerita una conversación o una intervención de emergencia, si hay una vida involucrada. En todos estos años me pasó sólo una vez.)

Creo que esto pasa por responsabilidad de los propios psicólogos, que no hemos sabido explicar bien nuestro rol.

Más allá de las distintas psicoterapias que se puedan llevar adelante en un consultorio (tomando un consultorio como uno de los dispositivos posibles en la práctica terapéutica) una de las cosas que habría que dejar en claro es que los psicólogos no somos consejeros. Dar consejos no es una actividad principal del psicólogo, sino que únicamente se puede echar mano a ese recurso en situaciones muy particulares que la ameriten o en forma genérica al público sobre temas particulares. Obviamente si viene un paciente en una fase maníaca que pretende casarse con alguien que conoció hace tres días, vamos a aconsejar que no lo haga, porque sabemos cómo opera ese mecanismo en él, pero estos son casos excepcionales. O quizás no sean tan excepcionales, pero si debe tenerse en claro que no deben ser la regla general. Freud ha dado ejemplos concretos al respecto.

Los psicólogos no damos opiniones personales durante la consulta. En el momento de la consulta, nuestro ego no debe participar de la sesión, debe quedar afuera. Y esto debería ser así aún en el caso que el terapeuta siga una terapia cognitivo-conductual. El ego nuestro no es lo importante, sino siempre, sobre todas las cosas, es el sujeto que se esconde detrás del paciente a quien tratamos de convocar, para que él sepa qué quiere y dónde está puesto su deseo. Cuando un psicólogo da una opinión durante su consulta, generalmente se trata de una intervención, de la aplicación de un recurso en forma premeditada. La excepción es cuando debemos dar una opinión profesional sobre un tema, o cuando escribimos un artículo asumiendo una posición sobre un tema determinado, pero no es algo que hagamos para casos puntuales -salvo que estemos analizando una viñeta clínica- y siempre tratamos de llevar el caso puntual a lo genérico, al campo de las preguntas que podría hacerse quien nos hace una consulta. Siempre tratamos de llevar a la tierra de la reflexión, de que la persona que viene y nos dice “Qué te parece esto a vos, te lo pregunto porque sos psicóloga” pueda ella misma abrir un espacio donde interrogarse en lugar de interrogar a otro.

Los psicólogos no andamos por la vida interpretando a nadie. Sólo interpretamos a nuestros pacientes. Todo lo demás es un análisis salvaje e irresponsable. A veces, también es una fantasía, con un color un poco persecutorio, de quien se cree siempre el centro de atención de las interpretaciones de los demás. Siempre se presenta un “vos que sos psicóloga, cómo interpretas esto que soñé?” y aún pudiendo tener alguna percepción de qué se esconde detrás del sueño que nos relatan, debemos callar, porque la única persona con autoridad para hacer una interpretación de ese sueño es el terapeuta del paciente. Y por favor, en ese caso, que sea un terapeuta con formación psicoanalítica.

Eso no significa que internamente a veces las cosas se nos presenten fosforescentes en una situación dada. Es cierto que tenemos una escucha absolutamente preparada para detectar las manifestaciones del inconsciente (una escucha y una mirada) y que a veces no podemos evitarlo simplemente porque nos pasa. Nuestras herramientas son escuchar y mirar. Pero en esos casos, si actuamos responsablemente, debemos callar.

Por eso, si  me llama una amiga para pedirme una opinión con el título “vos que sos psicóloga” le tengo que aclarar que en este caso va a ser más útil para ella que le de mi opinión de amiga. Porque entonces ahí le puedo hablar de valoraciones, oportunidades, estrategias y le puedo dar mi opinión, algo que no debo hacer como psicóloga.

Los psicólogos debemos siempre cuidar nuestra profesión. Las profesiones relacionadas con la salud en general, pero en especial con la salud mental, tienen que ser ejercidas por personas conscientes de la responsabilidad que implica. Y a veces no está de más aclararles los tantos a los amigos, a los conocidos, o a ese desubicado o desubicada que sin conocerte viene y te dice “vos que sos psicóloga…” y pretende que le demos una opinión sobre un caso concreto, decir con claridad que eso no nos está permitido. Al amigo le vamos a decir lo que pensamos desde nuestro lugar de amigo. Al conocido, evaluaremos una respuesta adecuada. Al desconocido, le negaremos la respuesta de la forma más amable que nuestro estado de ánimo nos permita.

El acceso a la mente y a sus complejidades, el acceso al conocimiento de las emociones, de los sentimientos, de los dolores, de los pesares, de las angustias de las personas, entre otras muchas cuestiones, no es algo ni simple ni que se pueda hacer a la ligera, ni que se aprenda en un ratito. Es por eso que los psicólogos debemos exigir el respeto de nuestra profesión, debemos defenderla contra la proliferación de nuevas capacitaciones que tienden a confundir al público ofreciendo servicios que nada tienen que ver con la salud  mental y que se presentan como “profesiones” (servicios de counselor, de coaching, etc) y que deben ser bien delimitadas y especificadas sus incumbencias y sus responsabilidades. Y que, sobre todo, debemos honrarla, con una capacitación permanente, con nuestro análisis y autoanálisis y revisando día a día como venimos en eso del deseo del analista, sea desde el marco teórico que sea, pero siempre ejerciéndolo con responsabilidad y con honestidad.

Todos somos #discapacitadosemocionales

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El próximo jueves voy a participar como psicóloga panelista en el Ciclo de Zabo Zamorano “Todos Somos Discapacitados Emocionales”. La primer sesión del ciclo va a abordar el tema de la inseguridad sentimental.

La grilla es muy interesante, con artistas e invitados reconocido en el ámbito cultural. También se podrán disfrutar de exposiciones fotográficas, pintura en vivo, monólogos, lecturas, música, proyecciones y más. El encuentro será en El Universal espacio cultural, de Pablo Soria 4940 (Plaza Serrano, Palermo, CABA) y la entrada será un bono contribución de $ 30. El lugar tiene barra & buffer económico, patio, microcine, bici friendly y la capacidad es limitada.

Les dejo el link del evento en Facebook para que puedan ir registrando su asistencia y los esperamos a todos a las 19 hs.

Admitir lo que sentimos, nos libera

Podemos silenciar lo que sentimos. Pero por mayor que sea el gasto psíquico, la verdad siempre empuja. La pulsión es verdad, viene del inconsciente, y es lo mas genuino que tenemos. La podemos disfrazar de culpa si se nos juega algo del deseo, la podemos disfrazar de odio si se nos dió vuelta la moneda, puede hacerse síntoma (o chiste, o acto fallido, o sueño u olvido), puede hacerse enfermedad, puede brotar en lágrimas o en arte, cuando las palabras no alcanzan, o en ternura y amor, si nos dejan. Pero en indiferencia, nunca.

Podemos fingir indiferencia, sabiendo que fingimos. La indiferencia genuina solo brota naturalmente cuando no hay nada. Es el sin-sentir, el sin-sentido. La indiferencia por alguien, la genuina, no angustia, no arremete, no llora, no sufre, no piensa, no recuerda, no siente. Es la nada misma, es cuando ese otro ya no existe.

Admitir, al menos ante nosotros mismos, lo que sentimos, nos libera.
La indiferencia no nos libera porque ya no hay nada que nos ate.