“Me hacés enojar”

Muchas veces escucho la frase: “tal persona me hace enojar” o “tal situación me hace enojar”. Realmente creemos que es otra persona o que es una situación la que “nos hace” enojar???

No son los acontecimientos externos ni las personas quienes “nos” enojan. Hay un momento en que nosotros nos permitimos perder el control de la situación y le damos rienda suelta a nuestro cerebro más primitivo en lugar de serenarnos y dejar que nuestro lóbulo frontal tome control de la situación y comience a analizar.

Si cuando descubrimos un disparador para nuestro enojo frenamos, respiramos profundo tres o cuatro veces, ponemos la mente en blanco y nos concentramos en nosotros mismos, vamos a permitir dejar de lado la emoción y permitir que llegue el pensamiento racional.

Si en cambio elegimos darle poder a las situaciones o personas entonces además de todo, perdemos el control.

Te propongo que te tomes dos minutos y recuerdes qué cosas y/o personas “te enojan” y lo anotes. Te pusiste a pensar por qué te generan esa emoción? Cuáles son los disparadores del enojo? Qué pasa cuando te ven enojado/a? 

Por un ratito, primero yo

Mis pacientes conocen un ejemplo que suelo dar: cuando viajás en avión hay indicaciones de seguridad en el momento del despegue. Ahora suele ser un video, antes era siempre una azafata quien te explicaba que, en caso de viajar con niños o personas que requieran asistencia y de producirse una emergencia, al caer las máscaras de oxígeno primero debemos usarlas nosotros y luego colocarla al otro.

Cada vez que pregunto “a quién le colocarías primero la máscara, a vos o a tu hijo?”, invariablemente la respuesta es “a mi hijo”. Si fuera así, la consecuencia sería que te quedarías sin suficiente oxígeno y te desmayarías, y no podrías cuidar a nadie.

En la vida de todos los días es igual. Cuando no guardamos una reserva para nosotros mismos, no podemos seguir sosteniendo a los demás. Hay un narcisismo bueno, un egoísmo bueno que nos protege para seguir sanos y con energía.

No podemos querer a los demás si no nos queremos. No podemos cuidar a nadie si primero no nos aseguramos estar bien nosotros. Ahí donde comienza el sufrimiento, el dolor, el malestar es el momento de preguntarse por qué razón nos ofrecemos para el sacrificio.

Para muchas personas esto es natural y también están las que no registran las necesidades de su entorno. Pero para algunos es muy difícil ponerse como prioridad porque comienzan a sentirse culpables. Cambiemos la palabra “culpa” por “respondabilidad”. Miremos si estamos asumiendo responsabilidades ajenas, pensemos que si cargamos de más nuestra mochila no sólo no la vamos a poder llevar sino que el dueño real de la carga no va a aprender nada.

Dediquémosle tiempo a cuidarnos y a querernos. Tenemos una sola vida y pasa demasiado rápido. Nos merecemos ratos de descanso, de alegría y de disfrutar. El buen amor comienza por nosotros.

¿+ o -?

Se que a muchas personas les sirve la práctica del pensamiento positivo. Pero algunos lo llevan a un extremo tal que coquetea con la negación.

Las personas “fuertes” no son las que sólo tienen pensamientos positivos y que se convencen que “todo” va a salir bien. La vida no es así, las cosas a veces no salen como queremos.

Una persona “positiva” aprendió a reconocer sus pensamientos y emociones “negativas” (permítanme relativizar los términos), mirarlas cara a cara y resolver qué hacer con ellos.

La tristeza y sus compañeros tienen funciones claves en nuestra vida. Nos ayudan a interrogarnos, a “darnos cuenta”, sirven para la reflexión y para resolver qué hacer con eso.

Después de todo se trata de pasarla lo mejor posible todo lo que se puede y sin drama innecesario. Pero cuando la tristeza tiene una razón, hay que hacerle un lugar. Vivirla nos dejará no sólo la enseñanza sino también la posibilidad de valorar los momentos de alegría.

Creer en tomar el control y entrenarnos a ser personas “positivas” le saca mucho al “personas” y le asigna un valor holliwoodense a lo “positivo”. Si la evolución nos permitió ocupar la cúspide de la pirámide zoológica, no es para que nos entrenemos para una competencia de agility humano, sino para que usemos el cerebro y desarrollemos nuestra creatividad en función de nuestra libertad. En especial, la libertad para romper con todos esos conceptos cliché que pretenden engatuzarnos y hacernos creer que si no respondemos a los modelos y a los mandatos no somos todo lo “buenos” que deberíamos.

Seamos libres para, también, dejarnos estar tristes, felices, enojados, ansiosos, malhumorados, esperanzados, enamorados, de duelo, o como sea que queramos estar. Rompamos un poco o mucho con la película y banquémonos la insoportable levedad de ser.

Fluir

Una de las cosas que aprendí es a no forzar los acontecimientos. Si tenés que forzar amistad, amor, atención, una conversación, lo que sea, no vale la pena. Las cosas tienen que fluir, el dolor a veces enseña, otras veces es inútil.

Madejando y desmadejando

A veces uso en el consultorio el ejemplo de las madejas de lana y los nudos, qué pasa cuando tiroteamos y tensamos los hilos de nuestra vida, en lugar de aflojar y dejar que se vaya descubriendo dónde están los nudos, las fijaciones, los “enrollamientos” que no nos dejan ver más allá de lo que tenemos frente nuestro. Hoy me llegó este video, oportuno, hermoso, poesía pura. Todos somos madejas, le podemos dar la forma que queramos, que podamos, que inventemos, madejando y desmadejándonos.

Gracias Majo! Disfrútenlo.

Limpiando

1496379_10202843470107357_634119207_oCuando se acercan los últimos días del año siento una poderosa necesidad de empezar a abrir cada rincón de mi casa y revisar todo. No me gusta que quede ni un centímetro sin dar vuelta. Hay un día, cualquiera, cerca del 29 de diciembre, donde pongo todo al revés.

Ese día cualquiera se transforma en el día de tirar todo lo acumulado durante el año y que no se usa durante un largo período de tiempo. No importa cuanto. Es tomar contacto con los objetos y sentir sus vibraciones. Hay cosas que están vivas y hay cosas que están muertas. Y esas cosas muertas hay que dejarlas ir en la forma que sea.

Amo esos días de limpieza.

Hago en mi casa lo que intento hacer en mi alma.

Mis balances anuales, en los últimos tiempos, se transformaron en días de dejar ir. Dejar ir sentimientos que no sirven para nada, emociones arrumbadas y que sólo oxidan el espíritu. Días de hacer espacio para todo lo bueno que viene, días de limpiar muebles y cajones, pero también de revisar a fondo los pensamientos y los sentimientos.

Días para dejar sólo lo que sirve y soltarle la mano al resto.

Hoy noté que este año no acumulé muchas cosas materiales inútiles en mi vida este año. Aumentaron mucho los utensilios de cocina, todas las herramientas que sirven para nutrir a los que amo. Se vaciaron bastante los roperos y dejaron solo lo indispensable. El escritorio está muy despojado después de la limpieza de esta mañana. Señal que se avecina un tiempo de mucho trabajo con las palabras.

Había algo que quería revisar bien en el alma. Busqué y rebusqué a ver si quedaba algo de rencor en mi. Me alivió profundamente no haber encontrado ni rastros.

El rencor es uno de los sentimientos que más nos envenenan el alma.

Es bueno ver que hay sentimientos que a la más leve brisa, desaparecieron.

Es bueno saber que hay sentimientos que siguen perdurando contra tifones y tormentas aunque los hayamos dejado en libertad de ir donde quieran hace rato.

En la búsqueda…

… de la paz interior, cada uno tiene que hacer su propio camino, su propio recorrido. A algunos les gusta el camino de montaña, las cuestas, las dificultades, porque no se permiten llegar al momento de sentir que se merecen paz y felicidad.
Otros prefieren la llanura, la playa tranquila, la brisa suave.
No podemos ayudar a nadie a encontrar ni el camino ni la paz interior sin empezar a reconocer qué camino elegimos nosotros mismos y sin haber empezado a encontrar nuestra paz y nuestra verdad.
Los “maestros” son sólo guías. Pero hasta que no ponemos realmente voluntad para ir a fondo, tampoco pueden ayudar de mucho. Porque muchas veces estamos dispuestos a no escucharlos.
La peor lucha es cuando no queremos escuchar a nuestro propio corazón.
Cada uno de nosotros tiene que trabajar en su propio camino, verlo, reconocerlo, y en su propia búsqueda. Con la verdad propia asumida, recién podemos tender una mano.

Entendiendo…

A veces creo que voy entendiendo algunas cosas. Hay porciones de la vida que dependen de mi, en un alto porcentaje (no olvidemos la teoría del caos, el efecto mariposa y los mundos alternativos de la mecánica cuántica por favor). Pero hay otras porciones en las cuales un alto porcentaje no depende de mi. Generalmente son las que quiero cambiar.

En esas solo puedo pensar, imaginar, desear. Verlas, nítidas, en mi mente. Sentirlas. A veces, recordarlas y proyectarlas hacia adelante. Pero sin sentirme nunca directora de cine, sino protagonista. Hay un cierto poder en saber que aún imaginando cómo nos gustaría que fuera algo seguimos siendo protagonistas.

El tema es no perder el humor. Ni la alegría. Ver “el medio vaso lleno”, porque siempre lo está. ¿Sólo aire? ¿Hacemos el análisis químico? El aire no es un sinónimo de la nada. Nunca hay una parte “medio vacía”, las dos partes contienen algo. El vaso está siempre lleno: una mitad agua, la otra mitad aire. No hay vacío. Lo que hacemos es elegir qué ver. Y confundirnos, creyendo que lo que no vemos no existe.

El árbol, muchas veces, tapa al bosque. En realidad, nosotros elegimos si ver el árbol o el bosque.

Cuando entramos a una habitación oscura luego de estar al sol, tenemos que acostumbrar la vista de a poco. En esto es lo mismo. Hay que acostumbrar los sentidos, el corazón, a descubrir de a poco, que nunca, nada de lo que vemos, es totalmente algo. Nada es totalmente bueno ni totalmente malo. Incluso puede variar el concepto a lo largo del tiempo. El árbol se conoce por sus frutos (el bosque, también).

Una persona que se fractura un pie puede pensar que le pasó algo malísimo, sufrir, lamentarse, quejarse. De pronto, la imposición de estar inmovilizada, le permite empezar a ver cosas que antes no veía. Y después, terminar descubriendo que fue una de las mejores cosas que le pudo pasar cuando, como consecuencia de eso, conoció al amor de su vida. Incluso dándose cuenta muchos años después.

Por eso, no hay que perder la conciencia que siempre que vemos algo, solo estamos viendo una parte. ¿Ying o Yang? No podemos verlos separados, porque perdemos la esencia!

La hija de mi amiga Andrea, que tiene seis años, dice: “lo que venga, venga con alegría”. Esperamos que las personas, los acontecimientos, las cosas materiales “nos hagan” felices, cuando los únicos que podemos sentirnos felices somos nosotros, internamente. Y cuando nos paramos del lado de la amargura es porque estamos viendo sólo una parte de las cosas, eligiendo el lado negativo, amargo, triste, sin sentido. Eligiendo verlo así.

Y de esa porción que depende de nosotros mismos, de ese porcentaje, hagamos lo que tenemos que hacer, lo que creamos que es lo mejor que podemos hacer, para nuestra propia tranquilidad. A veces es solo cuestión de ir encontrándole la vuelta a las cosas. Mi amiga Andrea está en Barcelona, hoy “charlamos” un rato largo por WhatsApp, y yo tenía muchas ganas de verla, abrazarla, estar con ella, allá o acá. Yo podría lamentarme y decir, que lástima, ella está taaaan lejos… Ninguna de las dos estábamos lejos hoy. Las dos estuvimos un rato juntas, charlando, y el abrazo que le mandé le llegó, porque los sentimientos se mueven en un plano distinto. No puedo mentirme y decirme que lamento que esté lejos (en realidad ambas estamos a la misma distancia la una de la otra), porque estar lejos es sólo una actitud mental, no de la métrica. No puedo lamentarme porque lo que veo es cuánto la quiero. Y lo que me alegra el día es saber que vive en mi ese sentimiento.

Entonces, en esa otra porción que no podemos o creemos que no podemos modificar, tenemos que descubrirle el lado amable, el lado que tiene sentido para nosotros, porque lo tiene. Si te quiero y no estás conmigo, rescato el “querer” y no la ausencia. El querer depende de mi. Y la ausencia, en definitiva, no siempre es ausencia. Alguien que haya pasado por la muerte de alguien muy amado sabe que ni así la ausencia es tal. Los objetos de amor se introyectan, se incorporan a nosotros, son parte nuestra. Por eso el duelo puede hacernos superar la ausencia física, pero no siempre nos hace dejar de querer.

La resignación es una actitud pasiva, de derrota. La aceptación es una actitud activa, donde nos involucramos con las circunstancias más allá de lo que en el momento entendemos como bueno o malo, y trascendemos la valoración. La resignación deriva en tristeza y desgano, y es la excusa perfecta para no hacer nada (si nos resignamos creyendo que nada podemos hacer, ya no tenemos la “obligación” de hacer algo, ¿no?). La aceptación nos abre puertas y posibilidades. Y es la base para proyectar los cambios.

Gracias Andre, por la charla de hoy. Yo también me quedé con cara de feliz cumpleaños.

Algo…

Pocos momentos hay en la vida tan serenos y livianos como el posterior a un duelo, ese instante donde nos damos cuenta que quedamos del lado de la vida, que la vida ríe sol por todas partes y que tenemos nuevamente una hoja en blanco para hacer lo que queramos…

Yo elijo ponerle colores y música, formas y sabores, aromas, texturas y caricias…

Hay quienes eligen morirse todos los días, de a poquito, en una lenta agonía de mediocridad.

Hay que desatar los fantasmas y dejarlos partir.

Yo elijo estar del lado de la vida… y que la vida siga sorprendiéndome.

Entre todas las canciones del mundo, esta es una de las que más me gusta. Hoy me la regalo.