Admitir lo que sentimos, nos libera

Podemos silenciar lo que sentimos. Pero por mayor que sea el gasto psíquico, la verdad siempre empuja. La pulsión es verdad, viene del inconsciente, y es lo mas genuino que tenemos. La podemos disfrazar de culpa si se nos juega algo del deseo, la podemos disfrazar de odio si se nos dió vuelta la moneda, puede hacerse síntoma (o chiste, o acto fallido, o sueño u olvido), puede hacerse enfermedad, puede brotar en lágrimas o en arte, cuando las palabras no alcanzan, o en ternura y amor, si nos dejan. Pero en indiferencia, nunca.

Podemos fingir indiferencia, sabiendo que fingimos. La indiferencia genuina solo brota naturalmente cuando no hay nada. Es el sin-sentir, el sin-sentido. La indiferencia por alguien, la genuina, no angustia, no arremete, no llora, no sufre, no piensa, no recuerda, no siente. Es la nada misma, es cuando ese otro ya no existe.

Admitir, al menos ante nosotros mismos, lo que sentimos, nos libera.
La indiferencia no nos libera porque ya no hay nada que nos ate.

Del maestro Miguel Hachen

A propósito del post “Freeeeeeedommmmmm”

Me dejaron este comentario: “No es facil decir SOY LIBRE”. Les comparto mi respuesta:

No importa si podés o no podés decir “soy libre”. Lo sos.
No importa si te sentís o no te sentís libre. Lo sos.
No importa si los demás se dan cuenta que sos libre. Lo sos.
El tema es que hagas lo que hagas, igual seguís siendo libre. No hay nada que pueda aprisionar tu esencia, tu espíritu.
Los límites los ponemos nosotros.
Las personas somos nosotras y nuestras circunstancias, si, pero las circunstancias son modificables. No pueden ser más fuerte que nosotros.
Elegimos, siempre elegimos, siempre decidimos. Ya sea dejándonos llevar, ya sea flotando como corchos, ya sea haciendo. Pero siempre somos nosotros los que estamos tomando una determinada posición.
Y puede parecernos que somos “víctimas” de las circunstancias, pero no, no es cierto. Aceptamos el papel porque es preferible eso. Ahí está nuestro poder de decisión.
Lo importante es ser consciente de que siempre vivimos ejerciendo esa libertad. Porque al ser conscientes, nos hacemos RESPONSABLES. Y al hacernos responsables, dejamos de quejarnos del destino, de la vida, de los hijos, de la pareja, del gobierno, de etc, etc, etc.
No importa si podés decir o no decir “soy libre”. SOS LIBRE.

Psi

ImagenTengo una orgía de palabras

que se enroscan

y se funden

en mi mente.

Son, según Lacán,

mi síntoma.

Siguen, como en “Encore”,

dando lo que no tengo,

a alguien que no lo es.

Se pueden ir

todas mis palabras

al infierno.

Sólo necesito una

y es la única

que no puedo pronunciar.

Un nombre,

impronunciable,

es mi sinthome.

Freeeeeeeeedoooooooommmmmmmmm

Siempre somos libres.

Sólo que a veces nos gusta creer que no lo somos, que no podemos, que las circunstancias nos condicionan, que los problemas económicos, que los hijos, que la pareja, que el trabajo, que los bla, bla, bla, bla, bla.

Cuando tomamos consciencia de nuestra libertad, nada es igual…

Fundamentalmente porque ya no podemos mentirnos más. Porque sabemos que siendo libres, siempre podemos. Porque tenemos que admitir, que en realidad, no queremos. Porque tenemos que reconocer que nadie puede aprisionarnos, ni presionarnos, ni condicionarnos. Sólo nosotros.

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Hay cosas (situaciones, circunstancias, sentimientos) que no podemos cambiar.

Hay cosas que no dependen de nosotros.

Hay cosas que no podemos superar.

Hay cosas que son una quimera.

Pero podemos aceptarlas.

Podemos aprender a vivir con ellas.

El camino de la menor resistencia es la no-resistencia.

Intentar olvidar es el camino de la máxima resistencia.

Hay que llevar con valentía los acontecimientos de la vida, sus desafíos.

Saberse no querido, dejado de lado, ignorado, no nos dice nada de nosotros, nos habla de preferencias de los demás.

Ahí quizás el desafío sea aprender a vivir sabiendo que, aunque no nos quieran, somos valiosos. Y que incluso así, tenemos que aprender a sostener lo que sentimos sin resistirnos, sólo abocándonos al duelo.

No se duelan solo a los muertos reales, a aquellas personas que dejaron de vivir. Los sentimientos, los sueños, las emociones, las ilusiones, los recuerdos, todo eso que alguna vez sentimos o que seguimos sintiendo, también deben ser duelados cuando llega el momento de confrontarnos con una verdad que nos dice que hicimos todo y que ya nada depende de nosotros.

Sólo así podemos reconciliarnos con nosotros mismos y curarnos.

Cuando nos engañamos, tendemos al fracaso, a repetir, sin recordar, sin elaborar.

No se trata de conformarmos. No se trata de dejar de luchar por nuestros sueños. Se trata de aceptar los límites que otras personas o que las circunstancias nos imponen, deponiendo así nuestra omnipotencia. A veces, cuando las cosas no dependen sólo de nosotros, tenemos que aceptar esos límites.

Duelar lo que fue es dificil. Duelar lo que sigue vivo en nuestro interior es más dificil todavía y doloroso, porque es una parte de nosotros mismos a lo que tenemos que renunciar, lo que tenemos que reconocer como algo que pereció o que necesita perecer. Cuesta desprenderse de alguien, pero más cuesta desprenderse y desapegarse de nuestros propios sentimientos, porque son parte de nosotros mismos, porque es algo de nosotros lo que está muriendo.

Pero sin un duelo las heridas que nosotros mismos nos causamos, no cierran.

Y es necesario cerrar heridas para seguir viviendo y creyendo.

Construir un futuro feliz, o un futuro mejor, no depende totalmente de nosotros, pero en gran parte sí. Evaluando nuestro presente podemos corregir el rumbo. Enfrentando el hoy e intentando que nuestro aquí y ahora sea lo mejor posible también construimos futuro. Y en realidad, lo único que tenemos es el hoy, el presente, ya que el futuro cuando llega es hoy.

Duelar lo que se muere, aunque sea doloroso, nos conduce a un presente mejor.

Aunque tengamos que gastar papel, tinta y palabras para convencernos…

Final abierto

La vida siempre tiene un final abierto. Por suerte, no tenemos certeza ni siquiera de lo que puede pasar en un rato. Planificamos, organizamos, agendamos… Y nada, un cuarto de giro en el camino y todo el recorrido cambia.

Y pedimos señales. A Dios, a Alá, a Jehová, a Budha, al Universo, a nosotros mismos, a quien sea. Y las señales llegan, porque siempre llegan. Pero la mayoría de las veces no nos gustan. Y miramos para otro lado. Y cuando toda la vida se empeña en hablarnos, mostrarnos, decirnos… nada, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, nos ponemos guantes y nos apretamos la nariz bien fuerte…

Por eso, porque la vida siempre tiene un final abierto, porque el destino no está escrito, porque construimos nuestra realidad a partir de nuestras elecciones, somos los únicos responsables de lo que nos pasa. No podemos culpar a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos… Porque no se trata de culpas, sino de responsabilidades. De hacerse cargo, de no mentirse, de no engañarse. Yo NO tengo la culpa de lo que me pasa: yo SOY RESPONSABLE de lo que me pasa… Y seguramente también soy responsable de lo que le pasa a quienes están a mi alrededor.

Y no me refiero a los sufrimientos. Cada uno elige sufrir o no, el sufrimiento definitivamente es una opción personal y no algo que otra persona nos genera.

Me refiero a los efectos de nuestras acciones o inacciones sobre las personas que nos rodean y que tienen una consecuencia directa en sus vidas: el efecto de mentir, de ocultar, de abandonar, de descuidar y también el efecto de cuidar, de querer, de amar, de proteger.

Cada uno tiene la vida que se construye. Cada uno elige. Cada uno -si, Sigmund, una vez más te doy la razón- tiene uno o más beneficios secundarios de sus padecimientos y de sus quejas. Por eso no los abandonan. Por eso disfrutan padeciendo.

Que cada uno se quede con su vida, entonces, y elija vivirla o morirla como más le guste.