Por un ratito, primero yo

Mis pacientes conocen un ejemplo que suelo dar: cuando viajás en avión hay indicaciones de seguridad en el momento del despegue. Ahora suele ser un video, antes era siempre una azafata quien te explicaba que, en caso de viajar con niños o personas que requieran asistencia y de producirse una emergencia, al caer las máscaras de oxígeno primero debemos usarlas nosotros y luego colocarla al otro.

Cada vez que pregunto “a quién le colocarías primero la máscara, a vos o a tu hijo?”, invariablemente la respuesta es “a mi hijo”. Si fuera así, la consecuencia sería que te quedarías sin suficiente oxígeno y te desmayarías, y no podrías cuidar a nadie.

En la vida de todos los días es igual. Cuando no guardamos una reserva para nosotros mismos, no podemos seguir sosteniendo a los demás. Hay un narcisismo bueno, un egoísmo bueno que nos protege para seguir sanos y con energía.

No podemos querer a los demás si no nos queremos. No podemos cuidar a nadie si primero no nos aseguramos estar bien nosotros. Ahí donde comienza el sufrimiento, el dolor, el malestar es el momento de preguntarse por qué razón nos ofrecemos para el sacrificio.

Para muchas personas esto es natural y también están las que no registran las necesidades de su entorno. Pero para algunos es muy difícil ponerse como prioridad porque comienzan a sentirse culpables. Cambiemos la palabra “culpa” por “respondabilidad”. Miremos si estamos asumiendo responsabilidades ajenas, pensemos que si cargamos de más nuestra mochila no sólo no la vamos a poder llevar sino que el dueño real de la carga no va a aprender nada.

Dediquémosle tiempo a cuidarnos y a querernos. Tenemos una sola vida y pasa demasiado rápido. Nos merecemos ratos de descanso, de alegría y de disfrutar. El buen amor comienza por nosotros.

¿+ o -?

Se que a muchas personas les sirve la práctica del pensamiento positivo. Pero algunos lo llevan a un extremo tal que coquetea con la negación.

Las personas “fuertes” no son las que sólo tienen pensamientos positivos y que se convencen que “todo” va a salir bien. La vida no es así, las cosas a veces no salen como queremos.

Una persona “positiva” aprendió a reconocer sus pensamientos y emociones “negativas” (permítanme relativizar los términos), mirarlas cara a cara y resolver qué hacer con ellos.

La tristeza y sus compañeros tienen funciones claves en nuestra vida. Nos ayudan a interrogarnos, a “darnos cuenta”, sirven para la reflexión y para resolver qué hacer con eso.

Después de todo se trata de pasarla lo mejor posible todo lo que se puede y sin drama innecesario. Pero cuando la tristeza tiene una razón, hay que hacerle un lugar. Vivirla nos dejará no sólo la enseñanza sino también la posibilidad de valorar los momentos de alegría.

Creer en tomar el control y entrenarnos a ser personas “positivas” le saca mucho al “personas” y le asigna un valor holliwoodense a lo “positivo”. Si la evolución nos permitió ocupar la cúspide de la pirámide zoológica, no es para que nos entrenemos para una competencia de agility humano, sino para que usemos el cerebro y desarrollemos nuestra creatividad en función de nuestra libertad. En especial, la libertad para romper con todos esos conceptos cliché que pretenden engatuzarnos y hacernos creer que si no respondemos a los modelos y a los mandatos no somos todo lo “buenos” que deberíamos.

Seamos libres para, también, dejarnos estar tristes, felices, enojados, ansiosos, malhumorados, esperanzados, enamorados, de duelo, o como sea que queramos estar. Rompamos un poco o mucho con la película y banquémonos la insoportable levedad de ser.

Fluir

Una de las cosas que aprendí es a no forzar los acontecimientos. Si tenés que forzar amistad, amor, atención, una conversación, lo que sea, no vale la pena. Las cosas tienen que fluir, el dolor a veces enseña, otras veces es inútil.

Sigue al conejo blanco: resignación, aceptación, asunción y superación

matrix_rabbittatoo_02Seguir al conejo blanco es seguir el camino del inconsciente, como hizo Alicia en el País de las Maravillas, como hizo Neo en Matrix. Para seguir al conejo blanco hay que animarse, animarse a entrar en si mismo y encontrarse con el deseo propio, con lo que de verdad mueve nuestros hilos. Salir del “como si” no es sencillo, y a veces es desgarrador. Pero implica salir de la mentira, y eso, eso si que es el mejor alivio que podemos encontrar en nuestras vidas. 

Hace un tiempo participé de un panel sobre cuidados paliativos, en un congreso de psicología y psiquiatría. Por cuidados paliativos se entienden todos los recursos que se pueden ofrecer a una persona que padece una enfermedad terminal y en especial, en la o las última/s fase/s de su enfermedad.

El objetivo, desde la visión médica, es aliviar al máximo el sufrimiento en materia de dolor físico, brindando todos los tratamientos que cuente la Medicina para mejorar la calidad de vida del paciente en los momentos finales de la misma.

Desde la Psicología, al trabajar en cuidados paliativos se habla de dos conceptos: la resignación y la aceptación ante el hecho de la propia e inminente muerte. Se intenta que el paciente acepte que la muerte es una parte de un ciclo natural que comienza con la concepción y pueda, desde lo anímico, aprovechar de la forma más positiva, sus últimos momentos.

Que todos vamos a morir no es una novedad y es el destino por todos compartidos. Pero como no resulta posible ni sostenible la angustia que esta realidad genera en el día a día, las personas interponemos entre nuestro hoy y ese día que generalmente no sabemos cuando llegará, distintas soluciones que nos permiten dejar de pensar constantemente en el final. Los proyectos son uno de los grandes impulsores de nuestra vida, y se erigen como barreras dinámicas que nos permiten ocupar el aquí y ahora de forma productiva, ya sea para los momentos del desarrollo de un proyecto, o para el momento en que se concreta y se vive lo planificado. Puede tratarse de un viaje, de una actividad de fin de semana, del inicio de un curso o de un desarrollo laboral o de cualquier cosa que nos involucre, nos mueva hacia adelante, nos apasione.

Los proyectos no son lo único, pero eso es otro tema.

¿Por qué se hace una distinción entre “resignación” y “aceptación”? Porque la resignación implica una connotación negativa, en cualquiera de sus tres acepciones (siguiendo al Diccionario de la Real Academia Española). Tenemos una primera acepción, que nos habla de la entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona. En una segunda acepción se refiere a una renuncia de un beneficio eclesiástico. Y en la tercera, encontramos la conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades.

En la resignación siempre tenemos algo que entregamos, pero no en una actitud activa; es algo a lo cual renunciamos o con lo que nos conformamos y toleramos.

La resignación es bajar los brazos, es no oponer resistencia, es no luchar. Un paciente resignado es un paciente que se deja morir. Una persona resignada, aunque no sea un paciente terminal, también es una persona que se está dejando transcurrir.

En cambio, si se hace una distinción con el término “aceptación” es porque implican significados distintos. La aceptación es una acción positiva, no es un dejar ser sino un hacer. En su segunda acepción, es una aprobación o un aplauso. Incluso, el Diccionario de la RAE nos habla de la aceptación en el mundo del Derecho, refiriéndose a un acto o negocio mediante el que se asume la orden de pago contenida en una letra de cambio o en un cheque, o de la aceptación de la herencia, que se refiere al acto expreso o tácito por el que el heredero asume los bienes, derechos y cargas de la herencia.

No es lo mismo resignarse a algo, que aceptarlo. En el primer caso, la situación es pasiva, de entrega, pero no de una entrega pensada como del que da algo o que se da a si mismo con intención y participación, sino del que ya no tiene nada para dar. En la aceptación, hay un análisis de una situación que se presenta de una determinada manera y que se abraza como parte de algo que es parte de la vida.

Y ahí es donde entra a jugar la parte de la asunción.

La palabra asunción deriva del latín, assumptio. Da idea de algo que se eleva y se emparenta con cuestiones religiosas. Pero, curiosamente, en el Derecho y en la Psicología tiene significados claramente similares: jurídicamente, asumir es el acto de hacerse cargo de una deuda, en Psicología, asumir es hacerse cargo de lo que debamos hacernos cargo. Básicamente, igual que en el Derecho, hacerse cargo de una responsabilidad.

Cada vez que pienso en responsabilidad, la entiendo como la contracara de la culpa, de la culpa lacaniana. La culpa desplaza con sus aguijones la posibilidad que alguien asuma la responsabilidad por lo que es, quiere ser, hace, hizo o quiere hacer. La culpa paraliza y aleja la asunción de la vida.

Pero en el título aparece una última integrante: la superación. La superación es una acción positiva, aquella destinada precisamente a vencer los obstáculos o las dificultades.

De acuerdo al tipo de circunstancia que enfrentemos podremos llegar o no a la superación. Si entendemos que la muerte es el obstáculo a vencer, podremos ganar batallas, pero estamos condenados a no superarla. Pero ahí es donde importa si nos enfrentamos -no a la muerte sino a la vida- con una actitud de resignación, de aceptación o de asunción. En el caso del paciente terminal, la aceptación y la asunción de su estado le va a permitir la valoración de cada minuto como un verdadero tesoro, para poder utilizarlos en la mejor forma posible. La resignación en cambio es la entrega sin la resignificación necesaria para entender que todo comienza y todo termina.

¿Qué hubiera sido del mundo si los guerreros, los sometidos, los luchadores, los científicos, los artistas, si todos aquellos que cambiaron el mundo se hubieran resignado? ¿Si Einstein se hubiera quedado con la sentencia de su profesor de Matemática? ¿Si Stephen Hawking se hubiera resignado a su enfermedad? ¿Si Freud se hubiera resignado a lo que su padre le decía “nunca vas a ser nadie”? Se me ocurren una gran cantidad de ejemplos, en las ciencias, en el arte, en la política, en la lucha de todos los días, de personas que no bajaron los brazos y que su voluntad cambió la historia del mundo o de su propio mundo.

Si pensamos que las cosas no pueden cambiar, ya estamos derrotados antes de empezar. Eso es la resignación. Emanuel Ginobili fue retirado de la selección de cadetes a los 15 años por su baja estatura… nacido en una familia de basquetbolistas, si “Manu” se hubiera resignado, no hubiera llegado nunca a ser el mejor jugador argentino de basquet de todos los tiempos. En lugar de eso, se fue de Bahia Blanca a La Rioja y siguió construyéndose a si mismo.

Pero… Para poder aceptar, hace falta saber. Y saber es poder enfrentar las cosas como son. Con la verdad. La resignación me hace pensar en una actitud de “no quiero saber nada de esto”. ¿Qué puedo aceptar? Lo que se, lo que conozco. La “verdad”, siempre relativa y subjetiva.

Como en la película Matrix, muchas veces nos gusta vivir metidos en un “como si”… Si voy reduciendo las razones, casi siempre llego a la misma: por comodidad. Fuera de la Matrix las cosas no son tan lindas, hay que trabajar, mucho y con resultados inciertos. El “como si” es muy tentador.

Y no es cuestión de valorar, no es cuestión de hacer un juicio o decir si algo está bien o mal. Cada uno hace de su vida lo que quiere. La píldora azul no es mejor ni peor que la pildora roja. Es una simple cuestión de opciones.

Todos podemos optar y elegir ser Neo, Trinity, el Agente Smith o simplemente no despertar.

La resignación nos resuelve el problema de optar. El “como si”, también. Resignados, no hacemos nada. 

250px-TheMatrix

Sigue al conejo blanco: resignación, aceptación, asunción y superación

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Seguir al conejo blanco es seguir el camino del inconsciente, como hizo Alicia en el País de las Maravillas, como hizo Neo en Matrix. Para seguir al conejo blanco hay que animarse, animarse a entrar en si mismo y encontrarse con el deseo propio, con lo que de verdad mueve nuestros hilos. Salir del “como si” no es sencillo, y a veces es desgarrador. Pero implica salir de la mentira, y eso, eso si que es el mejor alivio que podemos encontrar en nuestras vidas.

Hace un tiempo participé de un panel sobre cuidados paliativos, en un congreso de psicología y psiquiatría. Por cuidados paliativos se entienden todos los recursos que se pueden ofrecer a una persona que padece una enfermedad terminal y en especial, en la o las última/s fase/s de su enfermedad.

El objetivo, desde la visión médica, es aliviar al máximo el sufrimiento en materia de dolor físico, brindando todos los tratamientos que cuente la Medicina para mejorar la calidad de vida del paciente en los momentos finales de la misma.

Desde la Psicología, al trabajar en cuidados paliativos se habla de dos conceptos: la resignación y la aceptación ante el hecho de la propia e inminente muerte. Se intenta que el paciente acepte que la muerte es una parte de un ciclo natural que comienza con la concepción y pueda, desde lo anímico, aprovechar de la forma más positiva, sus últimos momentos.

Que todos vamos a morir no es una novedad y es el destino por todos compartidos. Pero como no resulta posible ni sostenible la angustia que esta realidad genera en el día a día, las personas interponemos entre nuestro hoy y ese día que generalmente no sabemos cuando llegará, distintas soluciones que nos permiten dejar de pensar constantemente en el final. Los proyectos son uno de los grandes impulsores de nuestra vida, y se erigen como barreras dinámicas que nos permiten ocupar el aquí y ahora de forma productiva, ya sea para los momentos del desarrollo de un proyecto, o para el momento en que se concreta y se vive lo planificado. Puede tratarse de un viaje, de una actividad de fin de semana, del inicio de un curso o de un desarrollo laboral o de cualquier cosa que nos involucre, nos mueva hacia adelante, nos apasione.

Los proyectos no son lo único, pero eso es otro tema.

¿Por qué se hace una distinción entre “resignación” y “aceptación”? Porque la resignación implica una connotación negativa, en cualquiera de sus tres acepciones (siguiendo al Diccionario de la Real Academia Española). Tenemos una primera acepción, que nos habla de la entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona. En una segunda acepción se refiere a una renuncia de un beneficio eclesiástico. Y en la tercera, encontramos la conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades.

En la resignación siempre tenemos algo que entregamos, pero no en una actitud activa; es algo a lo cual renunciamos o con lo que nos conformamos y toleramos.

La resignación es bajar los brazos, es no oponer resistencia, es no luchar. Un paciente resignado es un paciente que se deja morir. Una persona resignada, aunque no sea un paciente terminal, también es una persona que se está dejando transcurrir.

En cambio, si se hace una distinción con el término “aceptación” es porque implican significados distintos. La aceptación es una acción positiva, no es un dejar ser sino un hacer. En su segunda acepción, es una aprobación o un aplauso. Incluso, el Diccionario de la RAE nos habla de la aceptación en el mundo del Derecho, refiriéndose a un acto o negocio mediante el que se asume la orden de pago contenida en una letra de cambio o en un cheque, o de la aceptación de la herencia, que se refiere al acto expreso o tácito por el que el heredero asume los bienes, derechos y cargas de la herencia.

No es lo mismo resignarse a algo, que aceptarlo. En el primer caso, la situación es pasiva, de entrega, pero no de una entrega pensada como del que da algo o que se da a si mismo con intención y participación, sino del que ya no tiene nada para dar. En la aceptación, hay un análisis de una situación que se presenta de una determinada manera y que se abraza como parte de algo que es parte de la vida.

Y ahí es donde entra a jugar la parte de la asunción.

La palabra asunción deriva del latín, assumptio. Da idea de algo que se eleva y se emparenta con cuestiones religiosas. Pero, curiosamente, en el Derecho y en la Psicología tiene significados claramente similares: jurídicamente, asumir es el acto de hacerse cargo de una deuda, en Psicología, asumir es hacerse cargo de lo que debamos hacernos cargo. Básicamente, igual que en el Derecho, hacerse cargo de una responsabilidad.

Cada vez que pienso en responsabilidad, la entiendo como la contracara de la culpa, de la culpa lacaniana. La culpa desplaza con sus aguijones la posibilidad que alguien asuma la responsabilidad por lo que es, quiere ser, hace, hizo o quiere hacer. La culpa paraliza y aleja la asunción de la vida.

Pero en el título aparece una última integrante: la superación. La superación es una acción positiva, aquella destinada precisamente a vencer los obstáculos o las dificultades.

De acuerdo al tipo de circunstancia que enfrentemos podremos llegar o no a la superación. Si entendemos que la muerte es el obstáculo a vencer, podremos ganar batallas, pero estamos condenados a no superarla. Pero ahí es donde importa si nos enfrentamos -no a la muerte sino a la vida- con una actitud de resignación, de aceptación o de asunción. En el caso del paciente terminal, la aceptación y la asunción de su estado le va a permitir la valoración de cada minuto como un verdadero tesoro, para poder utilizarlos en la mejor forma posible. La resignación en cambio es la entrega sin la resignificación necesaria para entender que todo comienza y todo termina.

¿Qué hubiera sido del mundo si los guerreros, los sometidos, los luchadores, los científicos, los artistas, si todos aquellos que cambiaron el mundo se hubieran resignado? ¿Si Einstein se hubiera quedado con la sentencia de su profesor de Matemática? ¿Si Stephen Hawking se hubiera resignado a su enfermedad? ¿Si Freud se hubiera resignado a lo que su padre le decía “nunca vas a ser nadie”? Se me ocurren una gran cantidad de ejemplos, en las ciencias, en el arte, en la política, en la lucha de todos los días, de personas que no bajaron los brazos y que su voluntad cambió la historia del mundo o de su propio mundo.

Si pensamos que las cosas no pueden cambiar, ya estamos derrotados antes de empezar. Eso es la resignación. Emanuel Ginobili fue retirado de la selección de cadetes a los 15 años por su baja estatura… nacido en una familia de basquetbolistas, si “Manu” se hubiera resignado, no hubiera llegado nunca a ser el mejor jugador argentino de basquet de todos los tiempos. En lugar de eso, se fue de Bahia Blanca a La Rioja y siguió construyéndose a si mismo.

Pero… Para poder aceptar, hace falta saber. Y saber es poder enfrentar las cosas como son. Con la verdad. La resignación me hace pensar en una actitud de “no quiero saber nada de esto”. ¿Qué puedo aceptar? Lo que se, lo que conozco. La “verdad”, siempre relativa y subjetiva.

Como en la película Matrix, muchas veces nos gusta vivir metidos en un “como si”… Si voy reduciendo las razones, casi siempre llego a la misma: por comodidad. Fuera de la Matrix las cosas no son tan lindas, hay que trabajar, mucho y con resultados inciertos. El “como si” es muy tentador.

Y no es cuestión de valorar, no es cuestión de hacer un juicio o decir si algo está bien o mal. Cada uno hace de su vida lo que quiere. La píldora azul no es mejor ni peor que la pildora roja. Es una simple cuestión de opciones.

Todos podemos optar y elegir ser Neo, Trinity, el Agente Smith o simplemente no despertar.

La resignación nos resuelve el problema de optar. El “como si”, también. Resignados, no hacemos nada. 

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20120717-161413.jpg

Hay cosas (situaciones, circunstancias, sentimientos) que no podemos cambiar.

Hay cosas que no dependen de nosotros.

Hay cosas que no podemos superar.

Hay cosas que son una quimera.

Pero podemos aceptarlas.

Podemos aprender a vivir con ellas.

El camino de la menor resistencia es la no-resistencia.

Intentar olvidar es el camino de la máxima resistencia.

Hay que llevar con valentía los acontecimientos de la vida, sus desafíos.

Saberse no querido, dejado de lado, ignorado, no nos dice nada de nosotros, nos habla de preferencias de los demás.

Ahí quizás el desafío sea aprender a vivir sabiendo que, aunque no nos quieran, somos valiosos. Y que incluso así, tenemos que aprender a sostener lo que sentimos sin resistirnos, sólo abocándonos al duelo.

No se duelan solo a los muertos reales, a aquellas personas que dejaron de vivir. Los sentimientos, los sueños, las emociones, las ilusiones, los recuerdos, todo eso que alguna vez sentimos o que seguimos sintiendo, también deben ser duelados cuando llega el momento de confrontarnos con una verdad que nos dice que hicimos todo y que ya nada depende de nosotros.

Sólo así podemos reconciliarnos con nosotros mismos y curarnos.

Cuando nos engañamos, tendemos al fracaso, a repetir, sin recordar, sin elaborar.

No se trata de conformarmos. No se trata de dejar de luchar por nuestros sueños. Se trata de aceptar los límites que otras personas o que las circunstancias nos imponen, deponiendo así nuestra omnipotencia. A veces, cuando las cosas no dependen sólo de nosotros, tenemos que aceptar esos límites.

Duelar lo que fue es dificil. Duelar lo que sigue vivo en nuestro interior es más dificil todavía y doloroso, porque es una parte de nosotros mismos a lo que tenemos que renunciar, lo que tenemos que reconocer como algo que pereció o que necesita perecer. Cuesta desprenderse de alguien, pero más cuesta desprenderse y desapegarse de nuestros propios sentimientos, porque son parte de nosotros mismos, porque es algo de nosotros lo que está muriendo.

Pero sin un duelo las heridas que nosotros mismos nos causamos, no cierran.

Y es necesario cerrar heridas para seguir viviendo y creyendo.

Construir un futuro feliz, o un futuro mejor, no depende totalmente de nosotros, pero en gran parte sí. Evaluando nuestro presente podemos corregir el rumbo. Enfrentando el hoy e intentando que nuestro aquí y ahora sea lo mejor posible también construimos futuro. Y en realidad, lo único que tenemos es el hoy, el presente, ya que el futuro cuando llega es hoy.

Duelar lo que se muere, aunque sea doloroso, nos conduce a un presente mejor.

Aunque tengamos que gastar papel, tinta y palabras para convencernos…

La crisis según Albert Einstein