Por un ratito, primero yo

Mis pacientes conocen un ejemplo que suelo dar: cuando viajás en avión hay indicaciones de seguridad en el momento del despegue. Ahora suele ser un video, antes era siempre una azafata quien te explicaba que, en caso de viajar con niños o personas que requieran asistencia y de producirse una emergencia, al caer las máscaras de oxígeno primero debemos usarlas nosotros y luego colocarla al otro.

Cada vez que pregunto “a quién le colocarías primero la máscara, a vos o a tu hijo?”, invariablemente la respuesta es “a mi hijo”. Si fuera así, la consecuencia sería que te quedarías sin suficiente oxígeno y te desmayarías, y no podrías cuidar a nadie.

En la vida de todos los días es igual. Cuando no guardamos una reserva para nosotros mismos, no podemos seguir sosteniendo a los demás. Hay un narcisismo bueno, un egoísmo bueno que nos protege para seguir sanos y con energía.

No podemos querer a los demás si no nos queremos. No podemos cuidar a nadie si primero no nos aseguramos estar bien nosotros. Ahí donde comienza el sufrimiento, el dolor, el malestar es el momento de preguntarse por qué razón nos ofrecemos para el sacrificio.

Para muchas personas esto es natural y también están las que no registran las necesidades de su entorno. Pero para algunos es muy difícil ponerse como prioridad porque comienzan a sentirse culpables. Cambiemos la palabra “culpa” por “respondabilidad”. Miremos si estamos asumiendo responsabilidades ajenas, pensemos que si cargamos de más nuestra mochila no sólo no la vamos a poder llevar sino que el dueño real de la carga no va a aprender nada.

Dediquémosle tiempo a cuidarnos y a querernos. Tenemos una sola vida y pasa demasiado rápido. Nos merecemos ratos de descanso, de alegría y de disfrutar. El buen amor comienza por nosotros.

Fluir

Una de las cosas que aprendí es a no forzar los acontecimientos. Si tenés que forzar amistad, amor, atención, una conversación, lo que sea, no vale la pena. Las cosas tienen que fluir, el dolor a veces enseña, otras veces es inútil.

#Lacan. Hacen bien en saber que van a morir

Algo…

Pocos momentos hay en la vida tan serenos y livianos como el posterior a un duelo, ese instante donde nos damos cuenta que quedamos del lado de la vida, que la vida ríe sol por todas partes y que tenemos nuevamente una hoja en blanco para hacer lo que queramos…

Yo elijo ponerle colores y música, formas y sabores, aromas, texturas y caricias…

Hay quienes eligen morirse todos los días, de a poquito, en una lenta agonía de mediocridad.

Hay que desatar los fantasmas y dejarlos partir.

Yo elijo estar del lado de la vida… y que la vida siga sorprendiéndome.

Entre todas las canciones del mundo, esta es una de las que más me gusta. Hoy me la regalo.

Sueños

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Es cierto, habría que hacer un juicio de responsabilidad, de rendición de cuentas a la vida, por ponernos delante sueños y después sacarnos la lengua o decirnos “que la inocencia te valga”…

Pero eso si, solo podríamos ser titulares de la acción después de haber dejado todo por nuestros sueños, de haber luchado, de habernos jugado, de haber puesto el corazón y el alma en el intento…

La crisis según Albert Einstein

La “realidad” es eso que vamos construyendo segundo a segundo…

Algunos acontecimientos de la vida que nacen como hechos extraordinariamente positivos terminan siendo desastrosos. Otros, que parecen las siete plagas de Egipto, pueden llegar a generar frutos benéficos y al final, son valorados como verdaderas bendiciones.

No podemos adelantarnos a decretar cómo es algo, ni a valorarlo con un signo + o – hasta no verificar las consecuencias que trae consigo. Un mínimo cambio, un pequeño desplazamiento, termina produciendo alteraciones gigantescas… lo que generalmente se conoce como “efecto mariposa”: según J. Gleick, “si agita hoy, con su aleteo, el aire de Pekín una mariposa, puede modificar los sistemas climáticos de Nueva York el mes que viene”.

¿Cómo saber entonces en qué terminara algo y con qué consecuencias? Dentro del tablero de la vida hay muchas posibilidades. Lo que es seguro es que cuando elegimos algo, estamos desechando un montón de otras alternativas, y con ellas, muchas miles de variables que se van abriendo como abanicos. Un mínimo cambio, una “nimiedad”, puede generar consecuencias insospechadas.

No nos apresuremos a catalogar “esto es bueno” o “esto es malo”. Vivamos la vida teniendo en cuenta que la realidad siempre depende de la perspectiva desde la cual la miremos y que cuando modificamos un poquito nuestra posición, veremos las cosas de otra manera. Y si además, incluimos distintas variables, otros filtros, otros colores, la realidad parecerá también cambiar.

No hay verdades objetivas, la realidad la vamos creando paso a paso a medida que vivimos. Somos lo que pensamos y lo que sentimos. Por eso, es importante tratar de escuchar nuestras cuerdas interiores para tratar de que lo externo vibre en armonía. Hay que escuchar nuestro corazón, nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra conciencia o como queramos llamar a nuestra esencia, prestarle más atención, intentar determinar dónde nos sentimos más centrados y, fundamentalmente, tratar de no vivir ficciones innecesarias.

A veces vivir de acuerdo a los sentimientos y alejarnos de las ficciones es doloroso. Pero absolutamente necesario para crecer y acercarnos un poco más a ese sentimiento de bienestar interior y de tranquilidad que nos hace saber que estamos viviendo conforme a lo que verdaderamente sentimos y no siguiendo destinos ajenos. Esa independencia de espíritu tiene que ver con la capacidad de tomar decisiones por sí mismo y asumiendo la responsabilidad que se deriva. Nadie va a vivir nuestra vida por nosotros… y minuto a minuto avanzamos sin que haya posibilidad de volver atrás ni de recuperar cada instante que va pasando. A lo sumo podemos resignificar nuestro pasado, pero en definitiva, lo único que tenemos es el aquí y ahora y la posibilidad de tratar de transformar cada minuto  en algo valioso e irrepetible, sin dejar cuentas pendientes.